Verdad matemática. Julián Garrido Garrido. Colección Ciencia Abierta. Ed. Nivola. Madrid 2003.

 

Carlos Bermejo

 

Todos sabemos que la teoría de conjuntos no es de fácil acceso sin una base lógico-algébrica; este libro la hace accesible con un poco de esfuerzo por parte del lector siendo ésta su mejor virtud.

 

Por teoría de conjuntos entendemos la axiomatización de dicha teoría, y no tanto las operaciones que pueden hacerse con ellos: los problemas de existencia, formación e infinitización para que los conjuntos no sean simplemente colecciones. Esta teoría es la base de la formalización axiomática de la matemática moderna. Trascender los conceptos intuitivos de conjunto y clase supone un esfuerzo considerable para quien no está avezado en las disciplinas de la letra. Por el contrario, se supone que un psicoanalista, si sigue la vía lacaniana, debe ser ducho en dichas disciplinas. Decimos disciplinas de la letra en plural, puesto que hay varias escrituras que provienen del lenguaje, no sólo la teoría de conjuntos, aunque ésta sea esencial para rigorizar el objeto plus-de-goce y para cifrar el goce (cifrado que el inconsciente debe, mediante el trabajo del significante, descifrar). Es conocida la dificultad que existe en la disciplina psicoanalítica, y por ende en la obra lacaniana, para articular la letra soporte del significante, la letra epistolar, envoltura del significante Uno, con las letras efecto de escritura, o en su caso las letras de los objetos de goce.

 

Dada la dificultad con la letra, es legítimo preguntarnos si se debe sólo a un problema de complicación  de razonamiento. Creemos que no. El psicoanálisis nos enseña que la letra es goce y éste es a veces insoportable, sobre todo si no se aprendió en análisis a leer, y la teoría de conjuntos es la formalización más precisa y exquisita de la letra que existe en Occidente. Las letras hacen los conjuntos, nos indica Lacan, negándose a aceptar la definición, aún insuficientemente advertida, de los matemáticos que creen que las letras nombran los conjuntos. La diferencia brota de la articulación entre la letra y el significante, diferencia nada fácil de captar para los susodichos occidentales y que ya aparece en Lacan en un Escrito, “La instancia de la letra en el inconsciente”, en el que articula la letra[1] con el significante y sobre todo estipula las dos operaciones básicas: metáfora y metonimia.

 

Entre lo real y lo simbólico, el litoral, sólo la letra puede intermediar entre los dos registros, intermediación que Lacan define para el camino de lo real a lo simbólico con esta fórmula escrita: del litoral a lo literal; camino que, a diferencia de la ciencia y siguiendo a Freud, no puede recorrer la metáfora (condensación), sino la metonimia (traspaso) en su función de contabilidad del goce. Tampoco está de más recordar otra fórmula lacaniana: hay que tomar el deseo a la letra.

 

¿Por qué la letra? La ciencia utiliza como base de sus cálculos los números y su estructura: la topología de números; además los algebriza apoyándose en dos operaciones aritméticas: suma y producto. Por otro lado, la matemática moderna reduce los números a una articulación lógica basada en conjuntos; luego estos no son primeros, como se creyó en la antigüedad, sino segundos. Lo primero es la letra y la lógica. Los números no dejan de ser un caso particular de letras. Además, si la lógica es la disciplina que está como base de la matemática, pero también es una ciencia del lenguaje ¡cómo no iba a ser la disciplina princeps del psicoanálisis! ¿Es que alguien tiene un camino para avanzar en el inconsciente distinto y mejor? Dicho camino aún no ha aparecido, dejando de momento y hasta nueva orden (como le gustaba decir a Lacan) la lógica y la letra como las herramientas base de un futuro método para la rigorización de la disciplina.

 

Volvamos a nuestro lenguaje: la letra forma parte del lenguaje y también es un efecto del lenguaje: el que se refiere a la escritura y no a la palabra. Luego la letra está al menos en tres niveles:

 

- forma parte de la palabra (primera división que provoca el lenguaje) si ésta está articulada como función sobre un cuerpo[2] de lenguaje. Recordamos que la cadena significante tiene un soporte de letras.

 

- es efecto de un discurso si éste también está efectuado sobre un cuerpo de lenguaje cuando pasa a la escritura (segunda división que produce el lenguaje).

 

- Es la única manera de simbolizar de alguna manera parte de lo que no pasa por el significante, pero como resto de sus operaciones.

 

Sin la lógica y sin la letra, el único camino posible a recorrer, para la doctrina y el practicante, es la psicología dinámica (dinámica lacaniana en este caso) en la que será muy bien recibido en las instituciones donde la psicoterapia, y no el psicoanálisis aplicado, es la norma.

 

En un número anterior de la revista a-NUDAMIENTOS hemos reseñado un texto sobre lógica del lenguaje. Presentamos ahora uno de lógica de la letra. Para indicarles dónde comienza Lacan a utilizar sistemáticamente la teoría de conjuntos les indicamos que es en el Seminario XVI. No es que no la hubiese utilizado antes, (Seminario XIV y XV, pero la utilizaba sólo en su aspecto lógico y no como escritura. Es difícil incluso en la obra de Lacan articular bien letra y significante, ya que él mismo duda muchas veces o es polisémico adrede; por ejemplo, en el Seminario XIV está tratado el significante como si fuese la letra, utilizando mucho las paradojas de la teoría de conjuntos para establecer los axiomas del significante. Al mismo tiempo, necesita la escritura para hacer aparecer el significante +1 como el que permitiría una especie de cierre en lo escrito de lo que no se pude significantizar, pero sí escribir; significante +1 que será aportado por otra cadena. En cualquier caso no hay que perder de vista que la diferencia primera entre la letra y el significante es que el significante no cumple la ley de la identidad (un significante no es igual a sí mismo nunca, puesto que es significante por el hecho mismo de ser la diferencia con otro significante, que es la primera definición de significante). Por el contrario, la letra de la teoría de conjuntos tiene como axioma principal la igualdad (identidad) de la letra consigo misma[3].

 

Creemos que estos temas necesitan establecerse con claridad y que deben ser leídos, en Lacan, como una investigación en marcha que poco a poco se va clarificando. Por ejemplo, en el Seminario XVI parece comprender mejor el problema al situar al objeto como el índice de las operaciones del significante que no puede sincronizarse. Creemos que las dificultades provienen del hecho de que se le superponen dos problemas distintos: el hecho de que el Otro esté barrado y los problemas que aparecen cuando se intenta dar una definición sincrónica del significante como batería; por eso necesita construir el concepto de discurso y la diferenciación entre un saber y unos significantes que estarían antes del lenguaje. Es un camino parecido al de la teoría de conjuntos en la que los ordinales incluyen la cardinalidad.

 

En el significante se recoge esa idea y se lleva al límite: lo que está de entrada es la cadena significante, y el Otro como sincronización que produciría un cardinal es temporal (al contrario de como Lacan lo plantea al principio de su obra en “Informe sobre… Lagache y su teoría de la personalidad”).

 

Es importante entender bien el hecho de erigir al Otro de forma temporal como una sincronización[4], ya que es lo que posibilita dirigir la cura de forma que no sólo se lo barre, sino que no se crea tanto en él. Otra forma de plantearlo es cuando Lacan se cuestiona su existencia (lógica; es decir, si hay un significante de él y no si tiene un correlato existencial ontológico que nos reintroduciría en una especie  de relación sexual con el Goce de dicho Otro si existiese, es decir, la neurosis o la perversión). Una especie de relación sexual con la A-chose. Este tema debe ser manejado con cuidado, ya que la no-existencia del Otro no supone que el Otro como lugar de la palabra no siga funcionando. Que siga funcionado significa que no haya derrumbe del Otro; el analista no debe devenir psicótico al final del análisis sino todo lo contrario, debe manejar bien la no-existencia del Otro tal como propone Lacan con el implicador material, sabiendo que no existe, pero que puede hacer uso de él para seguir teniendo palabra. Por eso Lacan propone ante este Otro barrado y no existente una nueva transferencia “de trabajo”, es decir, al trabajo del inconsciente y no al Otro. ¿Qué quiere decir con “de trabajo”? Pues, según mi lectura estructural con el resto de la doctrina, quiere decir que no es al S.s.S porque ya no hay que completar al Otro pero sí “trabajar con él”, único medio para pasar por los efectos de escritura[5].

 

Se trata de utilizar al Otro como mero aparato del que no se espera nada más que su uso para seguir avanzando en la doctrina. Si esto es mal dirigido en el final de la cura, justamente aparece el efecto contrarío: el Otro es barrado, pero se sigue creyendo tanto en él que es imposible usarlo en esa transferencia, lo que lleva al silencio analítico, por mucho parloteo[6] político que haya, incluso frenético. Un caso clarísimo de dicho silencio llevado hasta el límite, cuando aparece la barra en el Otro pero no cae su existencia, se dió en Tomás de Aquino, llegando a su sicut palea. Problema espinoso, si el pase se basa en erigir de nuevo un Otro al cual se va a demandar una nominación. Cuanto más se cree en dicho Otro, más debe ese Otro ser negarlo, lo que suele producir tres respuestas: a) cuestionarlo como Otro, o respuesta  neurótica: “¡El Otro se ha equivocado!”. b) el Otro no existe para nada y su palabra no sirve tampoco, simplemente es un grupo de colegas con intereses y unidos por Ideal del Otro, luego hay que engañarlo para ser reconocido, haciéndolo mediante el recurso de ser visto de forma amable; es la solución política: el sujeto va con la “chuleta teórica”. Ésta segunda suele fallar menos, pero hay que hacer bien el cálculo de los últimos textos del Ideal, no sea que llegue retrasado; así pues, hay que estar al tanto de lo que se cuece en las hojas parroquiales de la doxa. c)  Deshacer al Otro erigido e ir a erigirlo en otro lado con un grupo de colegas que hagan semblante de un Otro; nadie se lo cree, pero todos hacen ver que es verdad. Es la solución de los neuróticos que salen del análisis “perversamente”, es decir, queriendo recuperar un goce que habían perdido. Dicho de otra manera, ésta última se resume en que el Otro está barrado, pero goza todo lo que puede, de ahí que aparezca el analista que hace suya la locución castellana de “apuntarse a un bombardeo”. Frente a estas posibles salidas, nosotros seguimos pensando que avanzar en la disciplina de la letra nos irá despejando el camino.

 

En el capítulo 10 del libro encontrarán una muy buena exposición de la cardinalidad finita y en el 11 de la infinita, pero desgraciadamente el tratamiento de la ordinalidad (que nos interesa mucho más para el Seminario de un Otro al otro) sólo está punteada, pero no desarrollada. La ordinalidad está mucho más sencillamente y mejor explicada en un texto de Jesús Mosterín, Los lógicos (apartado dedicado a Von Neumman). Ed. Espasa.

 

¿Por qué es tan importante la cuestión de los ordinales para el psicoanálisis? Dos respuestas rápidas. Una, el decir ex-sistente al dicho sigue siempre un orden direccional, y la lógica que se establecerá en él será la de la retícula (lattice) mencionada por Lacan en el Seminario XIV. Dos, para dar respuesta al hecho de que la búsqueda de la identidad de percepción, que Freud sitúa como axioma temporalizado para el inconsciente, no puede ser indefinida y al mismo tiempo debe dar respuesta escrita a un goce que aparece siempre como infinito a fin de atemperarlo. Sea en la neurosis o la psicosis, toda visualización (habitualmente imaginarizada) de un goce infinito es traumática; son las escenas primarias que Freud plantea, y a la que el sujeto al final de la cura debe, mediante la castración y el objeto, limitar en algún sentido mediante subjetivizaciones distintas basadas en nuevas significaciones. Evidentemente no será igual la limitación si hay una nominación simbólica o imaginaria, pero, en las dos, una letra debe hacer de límite y condensación de goce. ¿Cómo manejamos el infinito del goce inescribible, habitualmente situado en lo femenino (en tanto Otro) en las dos estructuras y desde los dos seres de lenguaje? Cómo lo situamos desde los aparatos simbólicos si no es con una teoría del significante y/o la letra que maneje los infinitos, en particular la idea de los transfinitos, una manera de contar (contabilizar) dicho goce de forma que los límites aparezcan (por ejemplo el concepto no utilizado por Lacan de ordinal límite). Me podrán oponer que Lacan había resuelto el problema mediante la serie de Fibonacci del Seminario XVII, en la que, entre significante y significado, el objeto como número de oro aseguraba (al estilo de una geométrica proyectiva) la posibilidad de llegar a un fin convergente en el análisis. Pero, desde la tesis, la relación sexual no se puede escribir: es decir, desde el momento que el falo simbólico pasa a ser un semblante más y no un símbolo cerrado, el infinito aparece de nuevo. No hay final de la cura si no se produce un definitivo paso al límite en la serie infinita que la metonimia puede aportar. Es la diferencia del final de análisis freudiano (la castración) y el lacaniano: la letrificación del ser de goce incrustado en la nominación del sujeto. La castración simbólica es un medio, no un fin. Se puede comparar este final de análisis con el propuesto en la “Proposición del 9 de octubre”, en la que el ser del analista es -j, y en vez de nominación del ser de goce propone un simple atravesamiento “del fantasma”.

 

Volviendo a la axiomatización, sólo recordaremos del Seminario XIV el axioma de especificación que introduce para el significante: el significante no se puede significar a sí mismo. Es una seria dificultad que el Seminario XIV no haya podido ser establecido con un poco de rigor. Ello es debido a la dificultad de las herramientas que Lacan utiliza. ¿Cuáles son? Hemos indicado la teoría de conjuntos y añadimos la geometría proyectiva. No hablaremos de ésta última, ya que no es el caso del libro. Un libro que nos explique paso a paso dicha teoría es una pequeña joya y si además lo hace de una manera muy sencilla y utilizando el mínimo de álgebra es muy de agradecer.

 

Este libro nos explica axioma tras axioma el porqué de su necesidad y los problemas que resuelve frente a la teoría intuitiva de conjuntos y el paso a las teorías axiomatizadas, lo que hace comprender mejor los problemas comunes con el discurso analítico, al mismo tiempo que nos explicita los problemas o paradojas que evitan o generan algunas de ellas, tan aclaradoras para la clínica psicoanalítica. Hemos leído varios libros sobre el tema y ninguno es tan claro y sencillo; una vez más parece escrito para psicoanalistas. En cada capítulo iremos encontrando temas y discusiones que nos son conocidos a través de la enseñanza lacaniana y nos permitirá ver el rigor con el que los maneja Lacan y así mismo entender la lectura desde el discurso psicoanalítico para rigorizar nuestra práctica. Esta lectura lacaniana muchas veces produce modificaciones de las tesis matemáticas.

 

Evidentemente, el libro no es completo (ninguno lo es), pero al lector que desee profundizar en serio en el tema le recomendamos Logique, ensembles, catégories. Le point de vue constructif. Pierre Ageron. Ed. Ellipses. France. No hacemos resumen del libro, ya que él mismo lo es, y creemos que su lectura es la mejor descripción. Pero, sobre todo, el lector de Lacan (de Lacan, insistimos, y no intermediado por reducciones propedéuticas) encontrará ayuda para muchos de los textos que hasta ahora le resultaron enigmas en la obra lacaniana[7] (si el deseo del analista le lleva a interrogarse en la línea de los fundamentos del psicoanálisis[8]), y sobre todo, la dirección de la cura que se desprende del discurso analítico que nos propone Lacan tomará una dimensión mucho más sencilla y fructífera. Dicho de otra manera, se estará mejor a la altura de la función esperada del deseo del psicoanalista ya que éste se habrá puesto en juego y, aunque no articulable, se producirá mucho mejor en su dimensión de articulado.

 

Otro de los beneficios de proseguir la obra de Lacan en serio, es decir, tomando en serio el camino que propone, es que ayuda a salir de una alienación muy habitual: o volver a la psicología dinámica (lacaniana en este caso) o seguir en una vía analítica pseudo-lacaniana en nombre de Lacan; vía que nos propone una especie de nueva relación de objeto, no tanto en lo imaginario como en lo real, en este caso de goce. Una especie de elección entre un falso ser y un pacto con el discurso del inconsciente; Alienación de la que sólo se podría salir mediante una transferencia a un número finito y restringido de analistas soportes del S.s.S[9], pero que no deja ningún espacio para la operación verdad. La ley de la repetición también se cumple en la historia del movimiento analítico, y el lector sabrá efectuar la analogía, siniestra hasta el extremo, entre lo que ocurrió tras la muerte de Freud, bajo la guía de Jones, incluyendo sus adherencias, y lo ocurrido a la muerte de Lacan…bajo la guía orientada por  … y sus adherencias.

 

La última parte del libro se dedica a lo que denomina la crisis de fundamentos de la lógica-matemática, crisis y soluciones que Lacan utiliza para escribir, contra el no-éxito de la sutura de la matemática, uno de los significantes mayores de su álgebra: el Significante de una falta en el Otro, del que se desprende, si se entiende bien su función en el discurso analítico, una porción importantísima de la clínica: fantasmas y postulados amén de su relación con la infinitud y la posición femenina. De dicha crisis podremos obtener, como el mismo Lacan, otros beneficios para un discurso basado en el universo de la falta.

 

Se preguntarán, tal vez, por qué recomendarles otro libro seguramente inaccesible para muchos (para leerlo hay que estar habituado al modo de razonar en  álgebra); pues porque el libro que estamos reseñando tiene un déficit y deseamos marcarlo. Dicho déficit es que trabaja la axiomática de Zermelo-Frankel de forma formalista, que es la habitual, y no desde el punto de vista intuicionista[10] (constructivo). Ésta es la aportación del segundo libro, que utiliza los dos puntos de vista y entonces, teniendo en cuenta que para el psicoanálisis la teoría de conjuntos que nos interesa es la intuicionista, podemos ver una lógica y una teoría de la letra mucho más cercana a nuestra disciplina. Pero volvamos a la tierra: el primer libro es un excelente comienzo. ¡Buena lectura!

 

 

SUMARIO



[1] La letra como instancia, lo que nos lleva a recordar que “instancia” es un término de Peirce. En él se trata de que un signo dado es único, pero si en una novela o cálculo se repite muchas veces, debemos diferenciar cada repetición del signo original. Cada repetición de un signo será una instancia. Bien es verdad que la última letra lacaniana no es exactamente el signo de Peirce (incluso desde el seminario de la identificación existe una diferencia: la letra es un signo que ha perdido su objeto representado). Lacan mantiene de todas maneras para la letra el concepto de instancia, lo que nos lleva a la diferencia mayor explicitada entre significante y letra: cumplimiento o no del axioma de identidad.

[2] La traducción correcta de “Champ du langage” no es campo del lenguaje, es decir traducir por el sentido, sino cuerpo de lenguaje o sea traducir por la significación. Esto es debido a que en francés un campo es la traducción del inglés “a field” que es traducido en español por “un cuerpo”. Es un concepto matemático preciso que significa un conjunto y dos operaciones internas, que  son llamadas habitualmente suma y producto, y que cumplen una serie de propiedades. El cuerpo más habitual es el de los números reales con su suma y producto. Lacan denomina campo del lenguaje a un conjunto y dos operaciones, metáfora y metonimia. Hace pues, una analogía, al menos de momento. Además, sobre un cuerpo, y tomándolo como estructura de base, se construyen otras estructuras; de la misma forma, Lacan sitúa al principio de su obra la función de la palabra sobre dicho cuerpo de lenguaje. Al final de su obra, el cuerpo del lenguaje no será un concepto primero, sino de apoyo a la articulación entre la palabra y lo escrito: los cuatro discursos que serán la estructura mayor.

[3] Recuérdese el concepto de instancia.

[4] Es una de las respuestas al hecho de que no se puede escribir la relación sexual.

[5] Escritura analítica muy desaparecida últimamente y sustituida por “otras escrituras”.

[6] Una figura de dicho final mal orientado es lo que denominamos el analista “telepredicador”, un analista que comprende mucho la subjetividad de su tiempo y de ahí que su palabra vacía tenga mucho efecto -de seducción, por supuesto.

[7] Si le resultaron enigmas, el deseo analítico estaba en juego; si sólo pensó que eran ilustraciones icónicas… pues…..

[8] Teniendo en cuenta que los fundamentos son la base de la dirección de la cura y no algo esotérico para iniciados. ¿O es que la enseñanza lacaniana parte de un principio distinto?

[9] Con inmediato correlato en la política grupal.

[10] Cómo podía ser de otro modo, si sabemos que la verdad es a medias, y entonces es necesario que no se cumpla el principio del tertium non datur.