Posiciones masculinas, sexualidad y pareja
Carlos Bermejo
Cuando me invitaron a esta intervención, me hice
rápidamente una pregunta: ¿qué explicar ante un auditorio de otra disciplina? Y
me puse dos condiciones: la primera, que debería ser una intervención amena; la
segunda, tenía que comentar algo en lo que estoy trabajando actualmente tanto
en mi clínica como en mi actividad como enseñante.
En los últimos años (100, por poner un número
redondo) hemos asistido a una de las revoluciones no-violentas más
extraordinarias que se conocen: lo que se ha llamado la liberación de la mujer
y que yo prefiero definir así: “el empuje a la existencia de las mujeres”. Digo
“no-violenta” porque la mayoría de los cambios que han tenido trascendencia
social han ido acompañados de violencia, en muchos casos extrema. Por contra,
la liberación de la mujer, al menos desde el punto de vista de grupos sociales,
no ha tenido ese componente, aunque sí tiene un efecto sobre lo que denominamos
violencia doméstica o de género, en la que no voy a entrar ahora.
Seguramente estamos inmersos en un cambio
social de colosales dimensiones y que podría ser equivalente al paso, hace unos
5.000 años, de la sociedad matriarcal a la patriarcal. Evidentemente, se hace difícil pensar que
dicho cambio o presión hacia la existencia de las mujeres no tenga ningún efecto
en las posiciones masculinas. Si algo nos enseña la doctrina psicoanalítica es
que no podemos hablar de lo femenino o lo masculino como elementos sueltos,
sino que el uno está ligado al otro en una dialéctica que ha producido todo
tipo de fenómenos a lo largo de la historia. Por ejemplo, si nos mantenemos en
lo social: obras de teatro, cine, música, pintura, etc. Pero que también es una
dialéctica dentro de las parejas, construyendo una historia que normalmente no
queda registrada en la historia escrita, sea ésta oficial u oficiosa.
Por contra, sí queda esta
historia registrada en el inconsciente de las generaciones (al menos 3
generaciones, pensaba el viejo Freud). Es la historia particular que los
sujetos tienden a contar, sea en la peluquería o el café, y que incluso está
durante mucho tiempo silenciada hasta que brota de la boca de los abuelos ya
mayores que se empeñan en transmitirla (distorsionada, por supuesto).Si sabemos
leer esta historia entre líneas, nos hará comprender algo de nuestro momento
actual. Es una lástima que dicha historia actualmente suela ser despreciada,
cuando no tachada de senilidad. Mal pronóstico para una sociedad que no quiere
saber mucho de su historia; quizá por ello aumenta la demanda de psicoterapia
(de lo actual) y baja la demanda de psicoanálisis, que siempre comienza por
historificar algo de lo escrito mediante el inconsciente en el pensamiento o en
el cuerpo de los sujetos.
Les decía que los dos sexos van íntimamente ligados; en consecuencia,
me hice la pregunta: ¿en qué están cambiando los varones masculinos actuales?
Sobre la feminización, el ser mujer, se han escrito desde todos los puntos de
vista ríos de tinta estos últimos años. ¿Y sobre la masculinidad de los
varones? Hay un cierto silencio que podría dar la impresión de que está todo
claro, y cuya tesis dominante es: “son machistas y hay que irlos cambiando”. La
verdad es que sí que van cambiando, pero ¿lo hacen hacia la masculinidad? O
mejor dicho, ¿es que tenemos claro lo que es la masculinidad? No decíamos hace
unos minutos que masculino y femenino van en juego dialéctico y que lo femenino
está cambiando? Entonces ¿hacia dónde va lo masculino? Les propongo la tesis
siguiente: debemos olvidarnos de que lo masculio es inmutable y sobre
todo debemos diferenciarlo de una posición masculina que, de momento, denomino
“machismo” de la misma forma que se ha tenido que diferenciar lo femenino de
las funciones maternas y de las funciones de ama de casa.
Evidentemente, desde la teoría de roles se ha
indicado que los varones están asumiendo roles que antes efectuaban las mujeres
y, aunque con las dificultades que todos concemos, se van adaptando. Pero los
psicoanalistas no confundimos los roles sociales adscritos con las posiciones
sexuadas que aparecen en el inconsciente. Les recuerdo que el inconsciente no es
un saco de problemas, sino el aparato simbolizador (superior al cognitivismo,
por supuesto) del que sólo los humanos disponen entre todas las especies.
Posiciones que aparecen muchas veces abrupta y dolorosamente cuando existen
problemas con la sexualidad o la reproducción o directamente cuando no hay
manera de asumir la maternidad, o en nuestro caso la paternidad. ¿O es que
vamos a interpretar el descenso de natalidad espectacular en España y en
particular en Cataluña como un simple hecho económico o de dificultad de
coordinación de roles? ¿No contradice toda esta teoría el hecho de que sean los
inmigrantes los que, con muchas más dificultades en esos terrenos, sean los que
mayor tasa de natalidad sostienen? Por otro lado, ¿no nos están alertando los
andrólologos que el semen masculino empieza a estar estadísticamente por los
suelos? ¿Sólo es un problema de estrés e intoxicación, sea alimentaria o de
algún consumo de drogas? No digo que no influyan, pero cuando una generación
pasaba una guerra (hecho por antonomasia estresante) los niños venían despúes
como churros, y sin ayuda de la ciencia.
Bien es verdad que el
abordaje de la fecundidad se ha retrasado, y una serie de problemas vienen por
el hecho de intentarlo a una edad en que nuestros ancestros ya dejaban de
intentarlo; seguro que tiene mucha importancia, pero la pregunta que nos
hacemos es ¿desde qué punto abordamos la sexualidad, y sobre todo la
paternidad, en los varones? O mejor dicho: ¿Cuáles son las posiciones
masculinas (puesto que no tiene porqué haber una sola)?
Azul y rosa; se reirán ustedes de este par de
palabras que han inundado nuestra cultura escribiendo los dos lugares sexuados.
Podrían ser cualquier otro par, pero seguiría siendo un par. Es el mejor
ejemplo de una imaginarización de la diferencia sexual: lo importante es ser
diferentes. Al comienzo les indicaba que se trataba de una dialéctica entre los
sexos, pero realmente (el ejemplo es meridiano) la masculinidad y la femenidad
se definen por ser diferente la una del otro. Los humanos, a diferencia del
resto de animales, no sólo somos diferentes sexualmente, sino que nos nombramos
como diferentes, lo que lo cambia todo. En la biología se buscan los órganos
sexuales como diferenciadores de los sexos; son aquello que diferencia un sexo del
otro. En la etología se intenta también marcar los comportamientos definitorios
de cada uno de los dos sexos, es decir, una vez más marcar la diferencia. No me
entiendan mal, me refiero a marcar la diferencia entre justamente aquéllos que
son iguales en todo lo demás, por lo que quizá estaría mucho mejor decir marcar
la diferencia dentro de la igualdad.
¿Cómo lo hacemos los humanos? En cierta
manera, de la misma forma: marcamos la diferencia dentro de la igualdad y además
debemos construir una IDENTIDAD sexual, que es un paso más que supone
subjetivización. Volvamos de momento a la diferencia. ¿Cómo establecer la
diferencia dentro de una cultura, patriarcal como indicaba antes, en la que la
preponderancia es otorgada al varón? Quisiera desarrollar un poco esto: la
sociedad partriarcal no es exactamente la dominancia del varón sino la
dominancia del Padre; es éste último el que tiene el poder, y no sólo de
mandar, sino de nombrar. Hemos llegado a un punto crucial: el Padre tiene el
poder, es lo que se ha llamado la cultura falocéntrica, (y, por favor, no me
confundan el falo con el órgano que intenta infructuosamente hacer las veces).
La cultura falocéntrica es la que comienza con el levantamiento de los
menhires, y sigue con el palo (les recuerdo la excelente escena de la película 2001: una odisea del espacio), el cetro
y la espada, o la cruz si quieren; también el alfanje y la media luna.
Se preguntarán para qué les recuerdo esto que
seguramente saben. Por una sola cosa: en la cultura falocentrista hay un solo
símbolo, y no dos: el menhir. Este símbolo permite articular, y esto es lo
importante, el lenguaje con lo real. Dicho de otra manera, es el símbolo el que
articula las significaciones que, con el lenguaje, efectuamos sobre lo real,
siendo en nuestro caso ese real el sexo.
Esto les indica que no es suficiente la
teoría de roles para identificar los lugares sexuados. No lo voy a justificar,
pero sólo les apunto un razonamiento: Si fuese sólo cuestión de roles y éstos
se aprenden en un proceso llamado por la psicología “proceso de socialización”,
entonces, cuando hay dudas sobre la identidad sexual, ¿es porque no han
“aprendido bien”, es decir, hay que reeducarlos? ¡Pero si nunca se enseñaron
porque son tabú! ¿O es que los cognitivistas nos van a proponer que los niños
se entrenen para aprender bien su rol tal como se hace con las matemáticas? No
creo que deba alertar de los peligros que supone tal afirmación. Por contra, la
explicación biologicista, que sostiene que los lugares sexuales son innatos,
aboca a concluir que aquéllos cuya identidad no es la esperada son degenerados;
tampoco comento los fascistizante o estalinizante de dicha proposición. Además,
si fuese algo bilológico, no se hubiese escrito una sola frase sobre el tema y
no andaríamos época trás época discutiéndolo. ¿Cómo no ver que hay ahí, en lo
sexuado, algo de lo más íntimo de los sujetos y que siempre necesita un cierto velo?
Vuelvo entonces al camino más antropológico,
y les recuerdo que si sólo tenemos un símbolo y no dos, para articular nuestro
ser sexuado, tenemos un serio problema. Esto quiere decir que en la cultura y
sobre todo en el inconsciente, no existe, de entrada, masculino y femenino y
por eso podemos significarlo con cualquier par de palabras que funcionen como
antónimos. De ahí lo de azul y rosa, lloran o son fríos, o dan y reciben,
fuertes y débiles, etc. En fin, no les haré el listado, pues es interminable,
sólo hay que recorrer mundo o leer antropología. Son, pues, simbolizaciones de
lo masculino y lo femenino circunstanciales y culturales que no dan respuesta
al problema.
Si ahora volvemos a nuestro momento histórico
y a nuestra sociedad, ¿qué ha sucedido? Pues que es un momento en el que se ha
intentado abolir toda diferencia en muchísimos campos dado que (y ése es el
modelo machista, submodelo del patriarcado), hace de toda diferencia pura
discriminación jerárquica. Entonces ser diferente era una auténtica desgracia.
Insisto: una cosa es marcar en la raza la diferencia pura hombre blanco/hombre
negro y otra hacer de dicha diferencia una esclavitud y una jerarquía de
especies. Eso ya supone algo más que las palabras, supone un discurso concreto
que ahora no voy a abordar.
Pero sí quisiera entrar un poco más en los
conceptos analíticos. Decíamos que la especie humana ha construido un solo
símbolo para anclar el lenguaje con lo real, en particular con lo real de la
sexuación. Pero por otro lado sabemos que hay dos maneras bien distintas de
hacer ese anclaje: la masculina y la femenina. En eso, y sólo en eso, somos
diferentes porque en todo lo demás somos, en tanto sujetos, iguales,
exceptuando las diferencias puramente de cualidades o habilidades que estudia
la psicología diferencial. La diferencia de la que les hablo no es la diferencia
en el sentido del predicado o del atributo, las características, sino la
diferencia en el ser, o mejor dicho, en el nombramiento de nuestro ser:
lo que se conoce como identidad sexual. Estamos entonces dentro del campo del
sujeto y no del predicado, como dirían los lógicos o los gramáticos.
De muchos será conocido el esfuezo, con
aciertos y errores, que Freud hizo para obtener de un solo símbolo dos
posiciones sexuadas. No se lo voy a resumir ahora, no teman. Pero le voy a
hacer una crítica y un vuelco. Freud sigue estando bajo el modelo del
patriarcado, y no consigue salir de él, como corresponde a su época. A mi
entender, desde la segunda mitad del siglo XX, hemos empezado a intentar
construir un nuevo modelo de ley social no basado en el Padre, lo que nos está
costando enormes esfuerzos y seguramente errores en el camino. Los
psicoanalistas hemos sido casi los mayores defensores de dicha cultura del
Padre. No todos, es verdad, puesto que algunos la han eliminado de la doctrina,
pero lo que ha ocurrido es que reaparece en sus instituciones, que funcionan
bajo dicho modelo. Ya se sabe, cosas del inconsciente.
Lacan va a hacer un excelente esfuerzo para
aclarar los errores de Freud en ese camino. Resumiendo: Freud parte de la
premisa universal del falo, es decir, supone que todo sujeto masculino o
femenino va a entrar en unos complejos que, bajo la dominancia de dicho
símbolo, producirán una posición masculina o femenina, amén de las patologías
que por el camino puedan irse dando, sean éstas feminizaciones en los hombres o
masculinizaciones en las mujeres, pero en el fondo todo se reduce a una simple
idea: falo sí o falo no. Es la única manera de obtener dos caminos partiendo de
un solo símbolo. Eso conduce a Freud a pensar que el patrón básico es el fálico
y que lo femenino debe ser una variación o modificación de lo masculino.
Callejón sin salida que le lleva a postular, erróneamente, que las mujeres
estaban castradas de antemano, ya que no tenían ningún órgano para asentar
dicho símbolo, y de ahí a la famosa envidia de pene que tantos estragos ha
causado en la dirección de la cura de las mujeres. Por contra, el varón se
quedaba en la roca de la castración y sólo le cabía aceptarla, lo que llevaba
muchas curas a que los sujetos entraran en una posición mortífera e incapaces
de actuar.
¿Qué nos propone Lacan? Muy resumido: salir
del falocentrismo, pero sin cargárselo del todo. Me explico, porque esto es muy
importante para entender nuestra época y la subjetividad que en ella se
desarrolla. Lacan hace un análisis que va más allá de la ciencia, en la que se
mantuvo siempre Freud, y postuló al final de su época que el falo no ancla al
lenguaje en lo real más que en una parte, es decir, que una parte de dicho real
es infalicizable o, dicho de otra manera, no va a pasar por el falo ni, por
tanto, por el inconsciente y sus simbolizaciones. Es un avance espectacular, ya
que permite situar lo femenino, no como lo que de entrada no está en lo fálico,
sino como una manera lógica de articular esa imposibilidad de que el falo dé
respuesta a todo; dicha manera lógica se conoce como no-del-todo
en lo fálico. Dicho así no hay porqué suponer a la mujer ninguna posición de
castrada de entrada, lo que simplifica mucho las cosas además de permitirle
estar también del lado fálico sin masculinizarse, lo que tiene como
consecuencia que puede, en lo social, desarrollar cualquier actividad
exactamente como un hombre.
Es decir, el símbolo fálico está disponible
para los dos sexos y sólo cambia la forma de articular esa función fálica con
dos lógicas distintas sobre dicha función. Vean que la solución está en el
registro simbólico y no en el registro del órgano donde se empeña en buscarlo
un igualitarismo mal entendido y que bloquea el desarrollo de la feminización.
Eso permite diferenciar claramente el deseo, en las mujeres, de tener un hijo,
del deseo femenino en tanto sujeto cualquiera.
No comento las particularidades del deseo
femenino y la maternidad, ya que el título es sobre la masculinidad. Si para lo
femenino proclama Lacan esa posición de “a medias fálica”, para lo masculino
Lacan se va a mantener en un “del todo fálico”. Si alguien conoce algo de su
obra, sabrá que lo que hace es una cuantificación en el sentido lógico de la
función Falo. Repito, no-todo fálico para ellas y todo-fálico para ellos.
Abre así dos posiciones donde Freud planteaba sólo una: el todo-fálico. Eso
simplifica la clínica y la hace más acorde con el momento actual de nuestra
civilización.
Los hombres, entonces, serían aquellos que
viven “todavía” bajo la ilusión de un falocentrismo que en cada abordaje de la
mujer se cae a pedazos. Un falocentrismo imposible de sostener por estructura;
la imposibilidad de que la función fálica acometa todo lo real. De ahí que
Lacan postule que los hombres oscilan continuamente entre ese para-todo fálico
y el doloroso encuentro con la excepción a ese para-todo fálico, siendo una de
las excepciones las mujeres a las que aman pero no entienden demasiado.
¿Cómo mantienen los hombres esa ilusión del
para-todo fálico? Pues rebajando a la mujer a la posición de objeto. De todos
es conocido que la sexualidad en los hombres funciona muchas veces mejor a
condición de que la mujer no aparezca demasiado como un sujeto deseante ni
gozante y sí como un objeto de deseo para él. Mientras no estén en juego la
paternidad ni el compromiso ni el goce femenino, es decir, cuanto más la mujer
se camufla como sujeto, cuanto más desaparece, como exige el modelo patriarcal,
y más sostiene el objeto del deseo del hombre, éste va mejor. Esto lo comentan
las mujeres en consulta diciendo “en cuanto le dices que estás enamorada de él,
sale despavorido” ¿Es ésta la solución para el varón? Creo firmemente que no.
Nos encontramos en nuestra época a cielo
abierto bandadas de hombres que sólo pueden abordar a las mujeres desde dicha
posición, que podríamos titular de fálica-narcisista, en la que se han quedado
al nivel de los adolescentes, UNOS ADOLESCENTES ETERNOS, y que deben consultar
en cuanto su pareja les pide un compromiso como partenaires o la paternidad.
Podrían decirme que hay una contradicción en lo que les explico, ya que si los
hombres están en esa posición del para-todo fálico y justamente les indicaba
que era la posición derivada del patriarcado, todo debería ir estupendamente.
Sin entrar en la diferencia entre las posiones narcisistas y el falo
imaginario, sí quisiera justificarles esta contradicción y hacerles ver que la
doctrina necesita aún una mejoría para superar el falocentrismo en los varones.
Si los hombres se mueven en una oscilación entre el para-todo fálico y sus
excepciones, tanto Freud com Lacan proponen como salida lo que llaman la
castración, que no deja de ser un término algo escatológico, pero que indica
que acepten que ese para-todo no es posible.
En la vida cotidiana y sus acontecimientos
aparecerán derivados de lo que para el sujeto masculino se impondrá como
renuncia del “todo”. Para unos aparecerá a través del dinero a gastar en un
proyecto común que impide seguir viviendo como si se tuviese más nivel de vida
del que se dispone; para otros supondrá dedicar tiempo a otras cosas que no sea
su trabajo; para otros será comprobar dolorosamente que no pueden, sin ayuda de
la ciencia, engendrar un hijo; para otros, afrontar el llamado “gatillazo”, es decir,
que no se está totalmente estupendo siempre; para otros, aceptar que el deseo
de sus mujeres no sea del-todo fálico, es decir, no-todo pase por su relación
de pareja y en parte pase por la relación con los hijos e incluso por una
relación con ella misma, siempre mal sentida por los varones.
¿Y cuándo aparecen estas dificultades en las
parejas actuales? Pues muchas veces, volviendo al principio, cuando se pone en
juego la diferencia. Con cierta regularidad, esta diferencia aparece en parejas
de treinta y tantos años que siempre han vivido en común como dos iguales, los
dos con sus respectivos lugares sociales y sus inquietudes, cuando de pronto
aparece un mandato, que proviene de
Volviendo a la contradicción que aparece en
la posición masculina basada en el modelo patriarcal y su dificultad con el
para-todo fálico, iré directo al grano: el error es pensar que el modelo
masculino es el estándar y el femenino una modificación de él. A partir de aquí
les hablo en nombre propio y no de Lacan. Como ustedes saben, en el sexo
biológico se partió durante mucho tiempo de la base de que el patrón macho era
el estándar y que el sexo femenino era una variación. ¡Cómo no iba a ser así,
si
Apliquemos la misma idea a lo fálico. La
tesis lacaniana más importante al final de su obra es darse cuenta de que, a
diferencia del discurso científico, el lenguaje no da cuenta nunca del-todo de
lo real; entonces el patrón normal es que el falo, (función de anclaje de uno
en el otro) sea asumido en una posición de no-todo, siendo entonces el patrón estándar
el femenino. Sólo el modelo patriarcal y en su caso machista nos ha conducido
al error de pensar siempre lo femenino como variación. Entoces tenemos que
pensar el lado masculino como una variación de lo femenino, en su empeño
en falicizarlo todo, lo que nos explica muy bien sus fracasos y angustias
cuando, como dice el patron básico, no es posible. ¿No les parece que esta
posición nos resume muchas de las discusiones y desencuentros entre los dos
sexos? El uno empeñándose en lo que ellas denominan “tozudez” y la otra
intentando hacer comprender que las cosas no son siempre así de “científicas”.
Por contra, el hombre se empeñará siempre en lo que denomina ser asertivo,
“cerrar temas”, y tomará como indecisión el dejar algo un poco abierto. Este
tipo de discusiones es patente cuando se trata de la educación de los hijos.
Si Lacan deja al hombre siempre oscilando
entre esa posición del todo fálica y las excepciones que le enfurecen y cuya
única salida es la castración, nosotros, sin negarlo (pero para no hacer que
dicha castración sea una roca, como decía Freud), creemos que el varón debe dar
un paso más hacia una masculinización no tan basada en el modelo paterno, sin
descuidarlo. Dicho paso justamente le debe sacar de la contradicción de que
cuanto más está en dicho modelo del para-todo fálico, más difícil le resulta
abordar la responsabilidad de una paternidad más simbólica y menos imaginaria,
como ha sido hasta el momento: era “el que daba sustento económico y transmitía
una cierta ley”. O sea, el viejo guerrero y jefe de su pequeña tribu. Es
conocido por la clínica que, cuanto menos se cree su figura paterna, mejor la
puede desarrollar un sujeto, lo que ha llevado a algunos teóricos ha postular
que el varón, en esa apertura de su posición fálica, se “feminizaría”. Yo creo
que éste es el mal camino y la mala solución, puesto que lleva a la igualdad,
que nunca es deseable en este sentido y que tantos estragos produce en los
vástagos.
Es decir, se trata de que el modelo
patriarcal no sea completo, no de hacer caer la figura paterna al suelo y
encontrarnos sujetos destartalados o violentos o acobardados. Creemos que el
hombre puede salir del modelo patriarcal-fálico y adaptarse a los cambios que
la nueva posición femenina le exige sin feminizarse. Debe, pues, construir un
nuevo cuantificador de la función fálica que desfalicice ese todo. Debe
encontrar un cuantificador que le articule su rotura del todo con las
excepciones y que no le deje oscilando entre los dos polos. Un cuantificador de
la función fálica que le permita asumir además la posición femenina de su
partenaire sin inquietud. Un varón que afronte lo femenino sin sentirlo como
una excepción a la norma, sino como una posición antónima a la suya.
Para ello estamos trabajando en las
direcciones de la cura de varones y en la investigación doctrinal con lógicas
más suaves que la lógica cuantificacional clásica. Una de ellas es la lógica
denominada borrosa o difusa que nos permite muchas más posiciones frente al
falo y no sólo no-todo y su negación: todo. Es una lógica con antónimos y que
permite que masculino y femenino sean un par dialéctico, y no el uno la
negación del otro, pero antes hay que estudiar mejor la figura del padre y
reconvertirla en un padre que nomine y no en un padre del cetro. Como ven, un
trabajo apasionante.
Veamos un cuadro resumen:
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Freud |
Lacan |
Bermejo |
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Todo el goce sexual debe ser drenado por el Falo |
No todo el goce sexual debe ser drenado por el Falo |
No todo el goce sexual debe ser drenado por el falo |
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Varones |
Varones |
Varones |
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Predominancia del pene como encarnación imaginaria de
dicho símbolo. |
Todo el goce sexual pasa por el símbolo y no por el órgano,
pero con excepciones. El órgano es una encarnación del símbolo. |
No-del-todo el goce sexual es no-fálico, luego algo es
fálico. El órgano es una encarnación del símbolo |
|
Temor a la castración, y asunción final de ella |
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Féminas |
Féminas |
Féminas |
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Castradas de entrada, envidia de pene, deseo de hijo.
Investimento de la vagina. |
No-todo el goce sexual pasa por el símbolo pero de
forma que ese no-del-todo es la normalidad. |
No-del-todo pasa el goce sexual por el símbolo pero de
forma que ese no-del-todo es la normalidad. |
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Barcelona, Junio 2004