Àngels
Petit Pons
Utilizar en el discurso
psicoanalítico el significante “adolescencia” no deja de producir reservas. La resistencia
de algunos analistas a recibir adolescentes en la consulta puede ser debida al
hecho de que este período de crisis, de movimiento, sería poco dado a la
rememoración histórica, lo cual comporta algunas dificultades en un
tratamiento, dada la inmediatez de su discurso. Los adolescentes tienen la
tendencia a hablar del momento que están pasando, del momento actual, con
dificultades para recordar cosas de su pasado.
La adolescencia es menos
una crisis única que una crisis ejemplar, individual, que a veces el adulto
parece querer olvidar para reforzar más la línea ilusoria que lo separa del
niño. Son raros los textos que no reducen la adolescencia a poca cosa más que
el último estadio de la infancia.
La edad de los 15 años
implica una responsabilidad en tres registros: el consentimiento sexual, la
imposibilidad de la adopción plena y la prisión posible. El adolescente se
mueve en una situación de exclusión entre el límite donde muchas veces se
sitúa, y el período vital que está viviendo (es el doble aspecto de la
adolescencia); entre estas fronteras, y a veces, como fuera de aquello que aún
no puede simbolizar, un poco fuera de la ley, podríamos decir, se encuentran
algunos de los motivos por los cuales entran en sectas, en grupos urbanos o en
bandas.
Los comportamientos
paradójicos de los adolescentes, sus contradicciones, se pueden entender como
“ensayos”, como tentativas de repetir el ciclo real sin tiempo para inscribirse
en el circuito simbólico. Son momentos donde se pueden llegar a dar los suicidios,
las maternidades y las paternidades prematuras, las relaciones incestuosas
entre amigos, etc.
Si la fantasía de la muerte
del padre, habitual en casi todos los niños (fantasía edípica) se resuelve en
el orden simbólico donde él se encuentra situado en estos momentos y asegura
una transmisión, el niño en esta fase se mide con el padre, y el cuerpo del
padre entra en escena, ya no de forma mítica, totémica, sino dentro de una
cadena simbólica.
El adolescente, por otro
lado, descubre, en un segundo momento, que este padre es mortal, es real, y que
esta transmisión se ordena como una pérdida. El padre deja de ser el
representante único del orden simbólico. El padre y el hijo son los peldaños de
una cadena de las generaciones, garantizan la permanencia del Nombre en la
cadena significante.
El parecido del chico
adolescente con los padres se descubre como la posibilidad del acto sexual. La
sexualidad genital, que ordena una identificación sexual, sea heterosexual o
sea homosexual y una diferenciación generacional, pone en acto la subjetividad
del adolescente, y es donde aflora la pulsión de muerte.
Para la chica, el
crecimiento de los pechos adquiere sentido a la vista del otro; la relación con
este otro es del orden de la mirada; para el chico, el signo de la
pubertad es la voz. La voz y la mirada, dos formas pulsionales, permiten
definir la adolescencia como un momento lógico del a posteriori del
estadio del espejo, de la 1ª formación del yo.
El adolescente ha de
confrontarse a la pérdida de la imagen del niño que fue, hacer frente a una
pérdida en ser. El adolescente ha de llegar a asimilar, no solamente una nueva
imagen de sí mismo, sino también que el sujeto no solamente se define por el ser,
sino también por el tener.
La clínica de la
adolescencia no es una clínica fácil. La demanda del adolescente es ser contado
en el pasaje de una imagen del cuerpo (de niño), a otra (chico-chica), y la
única posición que acepta del profesional es la del maestro, no la posición del
analista.
Una teoría de la adolescencia
no es posible más que si el analista acepta exponerse al límite del discurso
analítico, sin caer en el discurso filosófico, como dice Jean Jacques Racial.
En la relación
transferencial, el adolescente pide al analista que se sitúe, como Sócrates, en
el lugar del maestro. Si el analista consigue no situarse en ese lugar, si
puede colocarse fuera de una posición doctrinal y admite que esta crisis
adolescente es esencial, una crisis particular y sin respuesta, puede autorizar
el análisis de un adolescente, en ocasiones.
C (es como llamaré a la
paciente) es una chica de 16 años, que llega a la consulta acompañada por su
madre. Esta señora cuenta que, el junio pasado, una prima de C de 21 años murió
de un accidente de moto.
Fue una situación muy
difícil y traumática para toda la familia, pero a C, teniendo en cuenta que
habían vivido juntas de pequeñas y que de mayores habían llegado a ser amigas
íntimas, le está resultando difícil sobreponerse.
C, que ha empezado 2º de
bachillerato, siempre ha sido una chica muy interesada en los estudios y
brillante, pero ahora no quiere ir al instituto, tiene mucho miedo, le pide
dormir con ella, le resulta difícil levantarse por la mañana, llora.... Y ella,
la madre, no sabe cómo ayudarla.
La madre, mientras habla de
la sobrina muerta y de la afectación de su hija, llora; me dice que hace lo que
puede con sus sentimientos, mira de pasar y va insistiendo en que no puede
ayudar a su hija. Mientras la madre habla, C se muestra callada, reservada.
Me fijo en ella y en la
manera como va vestida. Viste toda ella de color negro, desde el pelo a los
zapatos, con pulseras y cinturón con púas, pantalones caídos con agujas
imperdibles a la altura de las rodillas, rosarios colgando y una cruz en el cuello
como si fuera un collar, piercings en los labios y en la lengua y
completamente blanca de cara, en la que se destacan unos ojos negros que me
miran fijamente. La mochila que lleva también es de púas y, por descontado,
negra.
Después de hablar con la
madre (C no ha abierto la boca), hago que la señora se espere en la sala de
espera. Al quedarnos a solas, C cambia de actitud, se muestra muy interesada en
explicarme que sí, que le ha afectado mucho la muerte de su prima: “Éramos
amigas y necesitaré un tiempo para hacer el duelo. La encuentro y la encontraré
a faltar porque era una persona que sabía escucharme y yo la quería
mucho; es normal que me sienta afectada.”
Seguidamente me dice: “Sin
embargo, lo que no es tan normal son los miedos que tengo; miedo he tenido siempre, pero ahora es exagerado;
además tengo muchas fantasías extrañas. Veo personas allí donde no hay nadie,
escucho ruidos, voces... Sé que son fantasías, pero no puedo evitar ver y
escuchar cosas extrañas. Me puedo quedar mirando un cuadro y de golpe veo una
cara. No hay nadie, pero la veo y escucho cosas; si me haces decir qué me dicen
no lo sé, pero tengo la sensación de que me dicen cosas. Miedo a la oscuridad
he tenido siempre, pero ahora es demasiado.”
Continúa diciéndome:
“Tampoco tengo amigos, conozco a mucha gente, pero no tengo; me ven tan extraña
que nadie se acerca. No quiero ir al instituto porque en 2º de bachillerato me
han cambiado de grupo y no conozco a nadie,
y cuando alguien se acerca, no sé qué decirle y se aleja.”
Me dice que hace unos meses
que fue a visitar a una psicóloga, pero no le gustó, porque no le decía cómo
debía solucionar el problema; fue dos días y lo dejó.
Vemos claramente que la
demanda de la madre es una y la de la paciente, que había solicitado ser atendida
por un profesional, es otra y, además, clara. Pregunta por sus miedos, por qué
ve y escucha cosas a las cuales no encuentra explicación; este miedo, difícil
de contar a nadie, le está haciendo sufrir mucho.
C es hija única. Su padre
murió de un tumor cerebral cuando ella tenía 2 años. La madre, como tenía que
trabajar y no podía cuidar a su hija, fue a vivir a casa de la abuela materna;
en esta casa vivió hasta los 10 años, cuando la madre encontró una nueva pareja,
y se marcharon para ir a vivir los tres en una nueva casa.
En la casa de la abuela,
una casa oscura, tétrica y extraña, según la paciente, estaba el
espíritu de la bisabuela, según le contaba la abuela. En esta misma casa
también vivía su prima, la chica muerta en el accidente: la madre de esta chica
la había dejado con la abuela para hacer su vida.
Con la pareja de la madre,
que califica de buena persona, tiene una relación distante, le resulta difícil
acercarse, y a él también. Según la paciente, la madre quiere formar una
“familia feliz”, pero a ella este hombre le resulta indiferente. “Las cosas son
como son”, me dice ella. “Pero además, mi madre y yo discutimos por todo. Antes
no nos pasaba, pero llevamos un tiempo que no hay día que no ocurra”. Esto le
preocupa y no sabe cómo cambiarlo.
El trabajo terapéutico con
esta chica hace poco que ha empezado. El diagnóstico de estructura aún no se ha
hecho por este despliegue de “fantasías”. Por estos motivos, la voy escuchando
cuidando mucho mis intervenciones e interesándome por todo lo que me quiera
contar, sin dar ninguna opinión, ni orientación, ni sentido a nada de lo que me
va contando. Todo lo contrario, le doy a entender que comprendo su sufrimiento
y que es ella quien ha de decidir en las cosas que me va contando. Solamente en
una ocasión, que señalaré más adelante, afirmé un no de la paciente.
Lo que se puso en primer
lugar fueron sus miedos, miedos que ya tenía en la casa de la abuela. Era una
casa extraña, allí ya veía y escuchaba cosas extrañas, los objetos caían sin
motivo aparente... No sabía por qué ocurrían aquellas cosas.
Cuando hubo de marchar de
la casa de la abuela porque la madre quería vivir en pareja, para ella fue
difícil. La abuela es una persona muy cariñosa con la paciente y a C le costó
mucho estar sin ella.
Cuando la paciente cumplió
los 13 años, su madre le dio completa libertad de movimiento. Entraba y salía
cuando quería, hacia lo que quería, nadie la paraba ni le preguntaba dónde iba;
se introdujo en un grupo marginal, los “gothics”.
Este grupo tiene su propia
estética, siempre van de negro, visitan cementerios, tienen ideas extrañas,
metidos siempre en cosas “oscuras”. Hay algunas personas dentro de estos grupos
que hacen de vampiros, chupan sangre. Un chico en concreto le estuvo chupando
sangre durante un tiempo. Toma drogas y ha mantenido relaciones tanto con
chicos como con chicas. Respecto a una de ellas, se sintió especialmente
atraída y aún se siente atraída, aunque al mismo tiempo también le gusta un
chico. Pero no ha tenido nunca relaciones plenas; no le gusta desnudarse. Le
resulta difícil separarse de la chica con quien mantuvo relaciones: es muy
afectuosa y cariñosa (son los mismos rasgos de la abuela).
En la actualidad, no quiere
que le chupen más sangre y tampoco toma tanta droga, pero sí mantiene
relaciones con chicas, que ella define como “rollos”.
Ha decidido no ir al
instituto y trabajar. La madre lo ha aceptado, han llegado a un acuerdo, pero
de este acuerdo se quejará: no entiende cómo su madre no se preocupaba de los
horarios cuando salía a los 13 años, como tampoco de las cosas que hacía.
“Ahora no quiero ir al instituto y no me obliga; si tuviera una hija y me
dijera lo que yo le he dicho, la obligaría a ir”. “¿Por qué mi madre no me
ponía normas y horarios? ¿Por qué?”.
De la muerte de su padre,
su madre no ha querido hablar nunca. Ella tampoco lo ha hablado. ¿Por qué? No
lo sabe.
En una de las visitas le
pregunto por su nombre. Me cuenta que su nombre lo escogió su madre. La madre,
reiteradamente, le ha contado con qué mito está relacionado. Se trata del mito
de Core-Perséfone[1].
Los miedos de C tienen que ver
con los muertos, cosas extrañas que a ella la aterrorizan. Habla de diferentes
películas que ha visto sobre este tema con el grupo de “ghotics”; ella se
siente identificada, a pesar de que no le gustan.
Un día me cuenta que tiene
un amigo normal, un amigo de toda la vida. “Es con el único que me siento a
gusto, nos conocemos muy bien. Últimamente voy algún día con el grupo de él;
son un grupo de ‘pijos’, no son marginales. Se dedican a ir a la moda, llevan
camisetas de marca, escuchan música máquina o rock; pero vestida de esta
manera, y con lo ‘borde’ que soy no me dicen nada. Me gustaría ser como ellos,
porque tienen normas, horarios y unos padres que se preocupan”.
En este punto intervine
diciéndole: “A veces, los grupos marginales sirven de refugio para escapar de
alguna cosa”. “Sí”, me respondió, “pero, ¿de qué?”
Empieza a decir que se nota
que está haciendo un cambio: pone color en su ropa (azules, calabazas...), se
pone tejanos. En la relación con los demás, alguna cosa está cambiando, se
siente mejor; pero los miedos persisten, sigue viendo cosas extrañas. La animo
a que me las siga contando.
Entre las cosas que ve
(señoras que la miran, niñas silenciosas...) hay una figura negra, grande, que
no tiene ninguna actitud hacia ella, pero nota que la tiene a la espalda
siempre. “A veces no pienso en ella, pero en otros momentos se me hace muy
presente”.
Dos sueños:
1r sueño: “Me encontraba en
una construcción; el suelo estaba lleno de agujeros, y alguien me decía: ‘Ve
con cuidado’. Caí en uno de los agujeros y de golpe me di cuenta de que era el
agujero donde ponen a los muertos. Tenía miedo de caerme y de encontrarme con
los muertos”.
Después de explicarlo, me
dice que por Fin de Año tomó cocaína: “Todo el mundo tomaba, la amiga también;
yo no quería, pero dije que sí.” Intervine diciéndole: “Tú también puedes decir
que no, no es necesario que caigas”
El 2º sueño: Se encuentra
en la casa de la amiga con los padres de ésta, todo está destruido. En un
segundo momento, se encuentra en su casa; al mirar por una ventana se ve
reflejada en ella y, a su espalda, la imagen oscura. No le quiere hacer nada,
pero se encuentra allí. Se tira por la ventana y la figura la sigue: “Siempre
me sigue”.
Seguidamente me dice: “A mi
edad todo el mundo hace de todo: salen, fuman, esnifan.... ahora que lo podría
hacer todo -repite-. Ahora que lo podría hacer todo...” Intervengo diciéndole:
“Todos no, todo no”
1º. La historia de esta
chica está marcada por una pérdida fundamental: la muerte del padre a los 2
años. El julio pasado, la muerte de la prima reactualiza la primera. La muerte
del padre no fue elaborada por la paciente a causa de su corta edad. El duelo
no se ha hecho y la falta de palabras de su madre la deja con dificultad para
hacerlo, reactualizándose y agudizándose con la muerte de la prima y aumentando
sus crisis de miedo.
2º. La marcha de casa de la
abuela a los 10 años y una entrada en la adolescencia traumática, la falta de límites...
No ha habido ninguna figura primordial que la acompañase poniéndole normas y
escuchándola. Vive en un mundo de mujeres, no hay figuras que sostengan de
manera adecuada una función paterna.
3º. La ambivalencia sexual;
va de los chicos a las chicas, le gusta todo, pero no se escucha ningún deseo:
diría que son relaciones fraternales incestuosas.
4º. Las identificaciones
son débiles; va de los “gothics” a los “pijos” sin encontrar un posicionamiento
estable, una identidad propia.
5º. ¿Por qué el grupo
marginal? En estos grupos hay rituales, unas normas a cumplir. La paciente no
lo ha dicho explícitamente, pero podemos pensar que encontró en el grupo un
lugar, un refugio, una identificación; pero, además, una marca de goce: lo
oscuro; este rasgo se articuló imaginariamente.
6º. Lo oscuro se
podría pensar como la marca de goce del deseo materno, a partir del nombre
propio de la paciente, y también una marca de goce para C del cual aún no ha
podido separarse.
Ponencia presentada en el Taller de clínica del Fòrum Psicoanalític de Barcelona el 24 de Enero de 2004
[1] Core-Perséfone fue secuestrada por el dios Hades enamorado de ella, que reinaba en las tinieblas. Éste, forzado por su hermano Zeus, se vio obligado a devolver a la chica a la tierra. Core llora constantemente, se niega a beber y comer los alimentos que Hades le ofrece. Éste le dice que la dejará libre porque ve que no es feliz y su madre llora. Core deja de llorar y acepta la comida que Hades le ofrece. Retorna con Deméter, la madre, ésta acaba sabiendo que Core había comido en el mundo de los muertos, quedando para siempre más vinculada a Hades. Core se verá obligada a pasar medio año en la tierra y medio año en las tinieblas.