El curioso incidente del perro a medianoche, Mark
Haddon. Ed. Salamandra, Barcelona, octubre de 2004
Begoña Matilla
Esta novela es una joya. Hay que felicitar a la editorial
Salamandra, pequeña editorial que no sólo logra mantenerse en pie a pesar de la
fuerza de los grandes monstruos editoriales, sino que no deja de sorprendernos
con sus excelentes propuestas, temporada tras temporada.
El curioso incidente del perro a medianoche
conmueve, emociona, arranca la carcajada con su fina ironía. Sorprende la audacia
del autor al tomar como protagonista principal de la novela a un chico autista
de 15 años y hacernos ver el mundo y las relaciones con los seres humanos a
través de su peculiar pensamiento. Y, aún con ello, obtener un éxito increíble
de ventas, sin promoción ninguna, salvo aquélla impulsada por el entusiasmo de
los que lo han leído.
Mark Haddon, nacido
en el 63 en Inglaterra, es ilustrador, pintor, poeta, profesor de escritura
creativa, guionista de TV, medio en el que ha ganado varios premios, y ahora es
también novelista. El curioso incidente
del perro a medianoche se ha traducido a 35 idiomas y se ha convertido en
unos de los libros más vendidos en Francia, Italia, Inglaterra, USA y también
en España.
Iniciar la lectura
sin más conocimiento del autor ni de los datos de la contraportada, sólo por el
gusto de adentrarse en un regalo, me llevó a reír en los primeros capítulos y,
de pronto, a decirme a mí misma: este tipo sabe de lo que está hablando… ¿De
dónde ha salido ese saber tan fino del pensamiento de un autista? Interrumpí la
lectura y me fui a buscar datos del autor: después de licenciarse en literatura
inglesa por Oxford trabajó durante un tiempo con chicos con problemas mentales. ¡Acabáramos!
Ya en los primeros
capítulos, Christopher nos cuenta que él no entiende los chistes. Sabe por qué
hacen gracia, ya que un día preguntó sobre ello, sabe que existen juegos de
palabras porque las palabras pueden querer decir dos cosas a la vez, pero para
él resulta insoportable esa característica del lenguaje: “Es como si escuchara
dos piezas de música al misma tiempo, y eso es confuso y desagradable. Es como
si dos personas te hablaran a la vez de cosas distintas”.
Tampoco soporta las
metáforas, porque en realidad las considera una mentira y porque cuando trata
de hacerse una imagen en su mente de lo que significa una de esas frases se
siente perdido, razón por la cual él siempre dice la verdad. Él siempre dice la
verdad porque en realidad no puede mentir en tanto que está exiliado del doble
juego del lenguaje.
Respecto a su nombre
propio, el protagonista nos cuenta que su nombre es una metáfora que se refiere
a la historia de San Cristóbal que cruzó un río llevando a Jesucristo, y su
madre le ha contado que es una historia que tiene que ver con ser bueno y
servicial, pero él no quiere que su nombre tenga que ver con esa historia, ni
con ser bueno y servicial, sino que quiere que su nombre se refiera solamente a
él.
Con este trepidante
inicio, el autor nos explica de qué modo el autista se relaciona con las
palabras, ilustrando magistralmente que el lenguaje no es solamente un
instrumento de comunicación o una herramienta, sino que el lenguaje mantiene
fuertes vínculos con la constitución de cada individuo. En el caso de nuestro
protagonista, Mark Haddon nos muestra cómo existe lenguaje para él, lenguaje
entendido en su función constituyente e identificatoria, pero no existe, por el
contrario, campo de la palabra.
Por esa relación
difícil que mantiene con el universo simbólico de la palabra, a Christopher le
gustan los números, en especial los números primos porque “son los que quedan
después de eliminar todas las pautas. Yo creo que los números primos son como
la vida. Son muy lógicos, pero no hay manera de averiguar cómo funcionan, ni
siquiera si pasaras toda la vida pensando en ellos”. Y esos números son los que
serán utilizados por el protagonista, realizando mentalmente infinidad de
cálculos matemáticos complicadísimos para calmar su mente cada vez que aparecen
problemas en las relaciones con los demás y con la organización del mundo,
simbólica y metafórica, que le confunde.
La peculiar lógica de
Christopher, sin el doble juego del lenguaje, le lleva a desarrollar
extraordinariamente la dimensión imaginaria. Esta faceta del pensamiento
psicótico está presente a partir de la descripciones de objetos, sentimientos,
realidades que realiza el muchacho utilizando gráficas y dibujos que se
despliegan a lo largo de la novela. De este modo ilustra la ausencia de
relación de equivalencia lógica que para él existe entre las palabras y las
cosas y remarcando por el contrario la
relación de mismedad.
Verdaderamente, esta
novela es un alegato a favor de un lugar en el mundo y de posibilidades para
las psicosis, y también para aquéllos que trabajan con ellos. Desde la primera
frase está presente una educadora del centro-escuela al que acude Christopher,
como si ella fuera verdaderamente la que cumple la función de conseguir un
código que le permite al chico establecer un puente con los códigos de sentido
del mundo.
Es a su educadora a
quien Christopher le confía su deseo de escribir un libro, con quien comenta el
avance del mismo a lo largo de la novela, con quien discute que desea que sea
un libro de investigación al estilo de Sherlock Holmes. Él quiere dilucidar un
misterio: el asesinato del perro de su vecina. Un libro de investigación es un
libro que busca la verdad a partir de
pistas y de discernir si son falsas o verdaderas. No es una novela, porque si
lo fuera, sería una gran mentira y él no puede soportar el estatuto de ficción
del lenguaje.
La investigación de
la muerte del perro a medianoche llevará a Christopher a una suerte de viaje de
iniciación que le confrontará con la verdad de su familia y de su historia. En
su viaje, Christopher no se deja vencer por el miedo. Su coraje le permitirá
cuestionar incluso la tendencia de la mayoría de la gente a la negación, a no
interrogar ni buscar la verdad. “La mayoría de la gente es perezosa. Nunca
miran nada.” , dice Christopher.
Christopher, con su peculiar
lógica y su particular relación con el lenguaje, nos muestra de qué modo existe
en el ser humano la dimensión del deseo y la responsabilidad ante las
elecciones, aún en el universo de la psicosis. Su coraje le es recompensado,
sabe que a partir de ese momento todo le irá bien en su vida y en sus proyectos
porque fue valiente y eso le ayuda a pensar que puede hacer cualquier cosa que
se proponga. Sabe que estudiará una carrera y se convertirá en un científico. Y
sabe que puede tener un lugar en el mundo, no cualquiera, el suyo.
Noviembre 2004