C. Soler, La histeria, su lengua, sus dialectos y sus vínculos.*

Curso 2002-2003.* Ed. Publidisa

                                                                                                                                                                                          

La histeria ha estado como pez en el agua en el campo freudiano... Qué decir de la histeria en el campo lacaniano...., en el campo del goce?

(C. Soler)

 

 

Isidre Bosch V.

 

 

¿Qué decir sobre la histeria en el campo lacaniano, que no es el campo del deseo de Freud, sino el campo del goce? Éste es el extenso objetivo mayor del texto: situar la histeria en campo del goce, por la vía de las preguntas, vía escogida por C. Soler, por ser ésta, como señala la autora, la vía más afín a la histeria, pero también porque es la más próxima a los intereses clínicos.

 

Este texto del curso que C. Soler dictó en el Collège Clinique de París constituye un extenso recorrido por los aspectos nodales de la histeria, desde las primeras conceptualizaciones freudianas a las aportaciones teórico-clínicas de Lacan a lo largo de toda su enseñanza. Entre otros méritos, tiene el de situar y desarrollar las principales formulaciones de Lacan sobre la histeria, situándolas en su contexto (dentro de la obra lacaniana). Además, la autora, con sus comentarios y aportaciones,  hace "más comprensibles" estas fórmulas ( que, repetidas a menudo, pero fuera de contexto, son "leídas" erróneamente). Por otra parte, C. Soler manifiesta opiniones (argumentadas); opiniones "contra corriente" (por lo menos respecto a muchos analistas), en temas como la predominancia o no de lo escópico en nuestra época o en temas tan fundamentales como las condiciones de posibilidad del mismo psicoanálisis en la llamada post-modernidad globalizada.

 

Situar la histeria en el campo de los goces, a partir de las últimas aportaciones de Lacan, analizando las características que definen el discurso actual (en donde el S1 ya no estaría en el puesto de mando) y su incidencia en los sujetos (cambio a nivel de las identificaciones) así como sus comentarios a nivel de diagnóstico diferencial entre histeria y psicosis hacen de este curso un texto de primer orden para repensar, no sólo la famosa conversión histérica, sino la histeria en su conjunto, para repensarla a la luz de nuestra contemporaneidad (con el análisis que C. Soler hace del discurso de la época).

 

Finalmente hay que destacar que, con Lacan, C. Soler hace aportaciones que van más allá de la clínica -en un sentido estricto-, aportaciones que sirven para interpretar cuestiones de orden político (aunque clínica y política tengan sus puntos de conexión), para comprender mejor nuestra época, caracterizada entre otros aspectos por los "productos" como decía Lacan (plus-de-gozar); por la prevalencia del discurso de la ciencia y por la proliferación de especialistas (de los "psi", entre otros).

 

En el capítulo 1 (“La conversión histérica repensada”), la autora tratará sobre la conversión histérica, empezando por los textos en los que Freud construyó la "neurosis histérica" y su teoría sobre las psiconeurosis de defensa. Irá mostrando cómo las primeras tesis sobre la conversión tienen una línea de continuidad con lo que más tarde Lacan formulará, sobre todo en el Seminario “Aún”, cuando dice"hablo con mi cuerpo". Colette Soler destaca cómo muchos lacanianos tienen ideas falsas sobre lo simbólico lacaniano: “...lo simbólico lacaniano no tiene mejor lugar que el cuerpo(...) Lo simbólico sólo es si toma cuerpo para un sujeto. En este sentido, la ley simbólica de la cual se habla tanto está inscrita corporalmente o ella no es”. Todo lo anterior para destacar que la conversión histérica no es más que el caso paradigmático del hablar con el cuerpo. Así pues, la conversión no es lo propio de la histeria.

 

En la etiología, a parte de la causa sexual, Freud añade lo que la autora llama "causa civilizada ", destacando la impresión que la relectura de estos primeros textos de Freud le causó, por el hecho de que ya desde el principio Freud percibió la solidaridad del síntoma y del discurso como lazo social regulado por el lenguaje. En este sentido, destaca cómo para Freud la noción de defensa no depende ni de la pulsión ni de lo sexual, sino del Ich (del sujeto), siendo aquélla poderosamente solidaria con los imperativos del discurso que se transmiten en la educación. La defensa anti-sexo en la histeria vendría de ahí; ésta sería una enfermedad (para Freud, no para Lacan) vinculada a las exigencias de la cultura.

 

Uno de los aspectos más interesantes del capítulo 2 (“La histérica, mártir de la no relación sexual”), es esta expresión,  que el capítulo lleva por título. Antes, C. Soler destaca algunas cosas que debemos a Freud (y a la histeria): el haber puesto de manifiesto que hay una revelación por la histeria que es histórica, una revelación en cuanto al sexo: “Un efecto de producción de un saber nuevo sobre el sexo. Por el retorno de lo reprimido que en el síntoma histérico se desvela...”; y el hecho que Freud logró hacer entender con claridad, el polimorfismo universal de la sexualidad. Ha sido la histeria, afirma, quien ha permitido construir la serie de pulsiones parciales y de objetos a que hacen referencia, como Lacan recuerda en el Seminario “Aún”: gracias a la histeria, la fragmentación primaria del goce se convierte en cierto modo -aunque no de inmediato- en una evidencia, añade la autora.

 

C. Soler propone la expresión: "el histérico (sujeto) es mártir de la no-relación sexual", por analogía con la expresión de Lacan que se refiere al sujeto psicótico, mártir del inconsciente (mártir del lenguaje, del significante). La autora considera que esta expresión aclara diversos hechos clínicos como, por ejemplo, la confusión diagnóstica entre histeria y psicosis. Así, mientras que el síntoma histérico saca a la luz la acción del lenguaje sobre el cuerpo viviente, el psicótico, mártir del lenguaje, manifiesta sobre todo que el efecto de sustracción que el lenguaje realiza sobre el cuerpo falla: “...Es lo que por otra parte Lacan denominaba los retornos en lo real(...). Los retornos en lo real son siempre fenómenos de goce al mismo tiempo que fenómenos de lenguaje”; así mientras el psicótico, caracterizado por el rechazo del incosciente o del lenguaje, aunque está al mismo tiempo acosado por él, es mártir del inconsciente en lo real; lo que para C. Soler -con Lacan- también quiere decir fuera del cuerpo, en la histeria se trata del lenguaje incorporado en el viviente que hace síntoma.

 

Capítulo 3 (“La histeria del tiempo de la ciencia”). Antes de entrar en la relación entre la histeria y la ciencia, C. Soler utiliza la expresión "bipolaridad de la estructura" (bipolaridad es un término que Lacan utiliza en “Radiofonía”) para hablar del inconsciente como efecto de estructura, para situar el síntoma, en particular el síntoma histérico. Nos recuerda que, cuando Freud interpreta el síntoma histérico con su conversión, lo que interpreta es el deseo: “Así, la interpretación freudiana es una interpretación, quizás por el goce, pero no de goce”. Nos recuerda también que Lacan, a partir del año 74-75 en RSI, redefine el síntoma ya no como metáfora, sino como función de la letra. A partir de aquí, C. Soler llamará síntoma a uno de los polos de la estructura: “...el polo donde el lenguaje ordena el goce, no en el sentido de mandarlo, sino de colonizarlo, organizarlo, ponerlo en orden”. Así, la histeria condensaría y agruparía los dos polos de la estructura en el polo 1; aquí estaría el sujeto barrado, el deseo, la exigencia; en el otro polo, el 2, estaría el S2, el G (goce), el trauma y la letra: “La interpretación del síntoma histérico conduce por un lado a sacar la luz del trauma, y por otro, a la exigencia subjetiva de la histeria”.¿Cuál es esta exigencia?. La autora recoge la fórmula de Lacan: "la histeria, exige ser " y la completa diciendo: “...el sujeto histérico exige ser la falta del Otro”; y, a partir de la interpretación de Lacan del sueño de la "bella carnicera": "ser el falo, aunque fuese un poco flaco", C. Soler desgrana varios comentarios que tienen todo su interés como, por ejemplo: “...ser el falo quiere decir ser la falta del Otro y se opone a ser objeto gozado”.

 

Otro de los temas de interés del capítulo es la conversión de la histeria en la post-modernidad globalizante; pero para ello, primero hace falta cuestionar la relación de la histeria con la ciencia y con el discurso capitalista. C. Soler sitúa lo que Lacan afirmó respecto a la unión entre ciencia y histeria, a saber: 1) que de la histeria a la ciencia hay un lazo histórico; y 2) que hay entre ambas una homología de estructura.

 

Respecto a la primera homología, señala la idea de Lacan de que la histeria está en el origen del movimiento de la ciencia: “...pero cuando se lee que la histeria ha impulsado la ciencia, se comprende que para él lo importante en la histeria es el impulso a la producción de saber”. Sobre la segunda homología, la autora nos remite a “Radiofonía”: "La ciencia, al tornar amo al sujeto, lo sustrae, a la medida de eso que el deseo le da cabida, como a Sócrates se pone a obstaculizármelo sin remedio".  Para C. Soler, esta segunda homología, que el sujeto está en el lugar del amo (= sujeto barrado sin remedio), es de suma importancia, incluso clínicamente.

 

El hecho de llamar al saber al lugar de la producción (un impulso al saber) y hacer amo al sujeto es lo que tienen en común la la histeria y la ciencia; entramos en el capítulo 4 (“La histeria y la ciencia”). Más adelante, la autora desvanecerá una falsa paradoja, que se refiere a que Lacan dice dos cosas que aparentemente no ligan:

 

1ª) En “La ciencia y la verdad” expone: "el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia.

2ª) En “Radiofonía”: "La ciencia es una ideología de la supresión del sujeto".

 

Esta última afirmación, añade C. Soler, se refiere al cogito cartesiano. De éste, Lacan dirá que a la vez promueve el sujeto de la ciencia, pero solidariamente a esta promoción, abre la vía de la "supresión del sujeto", procede a ella. C. Soler hace una lúcida lectura del cogito y de la aportación lacaniana para deshacer aquella aparente paradoja. Para la autora, el sujeto del cogito está tan reducido, que sólo incluye la certeza, pero no puede afirmar nada más, ninguna aserción: “El pensamiento de la duda es un pensamiento descompletado de lo necesario para poder establecer una aserción conclusiva, fundadora de una acción..., a este sujeto lo que le falta está en el principio de la voluntad, se trate de la voluntad en el campo del registro intelectual o de la voluntad en el registro de la acción”; precisamente aquello que está en estos dos registros no es el sujeto sino el objeto o el síntoma, añade C. Soler.

 

También destaca, a partir de Lacan: " El sujeto, al reducirse al pensamiento de su duda, cede lugar en magnitud del significante amo"; como la reducción del sujeto del cogito va acompañada de una reducción de verdad (componente significante y componente objeto, goce). Su tesis, la de Lacan, consiste en decir que el cogito, lejos de ser subversivo, es el vehículo de un discurso del amo reforzado; transformado, añade la autora.

 

¿Cómo una ciencia que forcluye la verdad y el sujeto puede ponerse en la cuenta de la histeria? Para C. Soler, la clave es...saber por qué verdad se interesa el sujeto histérico ...

 

En el capítulo 5 (“Efecto de lenguaje, efecto de discurso”), tratará de cernir la llamada revolución sexual de nuestro tiempo; para ello volverá al diagnóstico de la época. Pero antes de desarrollar lo que C. Soler ya había llamado "discurso del derecho al goce" (que caracteriza el discurso actual), se referirá a uno de los aspectos de actualidad: al temor -para muchos psicoanalistas- de que la gran Ley mayúscula desaparezca. C. Soler se remite a Lacan, que nos dice que la prohibición del incesto, la gran Ley mayúscula, "es una mascarada": “...la prohibición encubre lo imposible(...). Lacan lo dijo de otro modo: afirmando que el goce de la madre está prohibido por que es imposible, y no al contrario”. Lacan, afirma C. Soler, hace una relectura de la Ley mayúscula: la verdadera Ley es lo imposible, es decir, lo que el lenguaje hace imposible por lo cual la autora -con Lacan- dirá que está fuera de cuestión (si uno es psicoanalista, y más si la referencia es Lacan) deplorar o temer una desaparición de la Ley mayúscula y “...tampoco puede anunciarse el final de la represión porque la represión no tiene una causa histórica, tiene causa lenguajera”.

 

En este capítulo encontramos, también, a partir de qué saber Lacan extrae su famosa fórmula "no hay relación sexual", y lo que a su vez de ella se puede extraer, declinándola, como hace C. Soler.

 

Volvamos al "discurso del derecho al goce"; éste, nos dice C. Soler, en la actualidad puede asumirse, incluso reivindicarse: “...El goce sólo puede hacerse objetivo de un derecho si está determinado por el verbo o por la imagen, es decir, con una forma transitiva: ‘tengo derecho a gozar de...’.” Contrariamente a otros -incluidos muchos psicoanalistas- la autora no está convencida del prevalecer de lo escópico en la época actual (aunque considera que la mirada ha cambiado de amplitud, lo cual no implica forzosamente un cambio a nivel causal); en cambio sí que está muy convencida de otro cambio, que considera característico de nuestra época: “...cambio de extensión de todos los registros de los objetos parciales”. ¿Qué ha hecho posible este cambio (= perversión generalizada, conocida y consentida a nivel general)?. La tesis de C. Soler es que estos cambios de configuración del goce y su aceptación son solidarios con un cambio mucho más subjetivo a nivel de defensa y de la represión pulsional. Sostiene que ha habido un gran cambio en el discurso científico-capitalista y en el psicoanálisis: “...ambos deshacen los semblantes: Dios, el padre, la mujer, el gran Otro, todos los ideales correlativos al sexo, todos estos ideales tienen dificultades ...”. Su tesis se refiere a que el ataque del discurso capitalista, con respecto a los semblantes, tiene efectos inmediatos en las defensas de los sujetos, y en la represión de la sociedad: “Cuando la I del ideal, cuando la A del gran Otro creíble, se desmontan, ¿de dónde vendría el principio de represión?. Se fragmenta, no desaparece por ello, pero sin embargo, al venir de S1, se debilita”.

 

Aquello que caracteriza a nuestra época, prosigue C. Soler, no es la homogeneización de los modos de goce -propia de cualquier discurso-, sino que es un cambio en el principio de homogeneización, es decir, en lo que está al principio del principio de la colectivización de una sociedad: “...ya no se puede pensar que estamos colectivamente comandados por los semblantes. Sin embargo, estamos comandados por los plus-de-gozar que Lacan denominaba los productos". Contrariamente a muchos psicoanalistas, para la autora, lo anterior no impediría el psicoanálisis, ya que éste no pretende revelar el goce colectivizado, sino el goce singular...justamente el que no entra en esta colectivización.

 

"Los sujetos producidos por el discurso capitalista en su forma actual ya no son analizables"; algunos analistas, según C. Soler lo afirman a viva voz. ¿Está de acuerdo ella?. No sólo no está de acuerdo, sino que opina que, tal vez, sea una opinión éticamente errónea. Estamos ya en el capítulo 6 (“Diagnóstico de estructura”). Lacan -nos dice la autora- ya había previsto esta posición: "el psicoanálisis habrá depuesto las armas ante los impasses de nuestra civilización", anticipando el posible desfallecimiento de los psicoanalistas.

 

Para C. Soler, en el diagnóstico de la época está en juego precisar en qué el psicoanálisis puede responder al sujeto contemporáneo, indicando que una de las guías para esta tarea es la distinción entre los efectos del lenguaje y el efecto de estructura. Así, como que el efecto de lenguaje es a-histórico, dando como principal efecto el inconsciente, a la vez que es solidario de la virtualidad de la transferencia (a partir del rasgo unario) y del impasse sexual (tercer efecto), entonces: “Remarco que no cabe otra posibilidad de que estos tres efectos -inconsciente, transferencia, impasse sexual- desaparezcan a causa de la civilización en la medida en que no los causa la civilización”. Mientras que el efecto de lenguaje es profundamente negativizante, el de la civilización, nos continuará diciendo, es complementante (complémentant).

 

Más adelante, en este mismo capítulo, encontramos unas esclarecedoras observaciones sobre el estado actual del discurso y de los sujetos (sobre el fondo de la pregunta: ¿qué deviene la histeria en las conversiones de la historia? La autora, entre otros cambios -a nivel del sujeto- destaca un cambio a nivel de las identificaciones y de la misma concepción de la identidad: “En realidad, creo que hay un cambio a nivel de las identificaciones, es decir, de lo que garantiza la base social de los individuos: el goce, el ‘quantum de goce’...tiene una función identificatoria directa, es decir no mediatizada por los semblantes”.

 

Al final del capítulo, C. Soler mostrará las diferencias entre la masa freudiana (que se sustenta en el amor), la masa capitalista que ya no se basa en el lazo libidinal...y la masa histérica basada en la identificación con el rasgo de decepción amorosa.

 

Este modo de goce actual, expresándose únicamente sólo en términos de plus-de-gozar ¿cómo gobierna el modo de conducta de los individuos?. Entramos en el capítulo VII (“Los mandatos del goce”). Este querer ser siempre tratándose del goce -que algunos creen característico de nuestra época, según la autora- es estrictamente solidario con lo que Lacan llamó "la sed de carencia de gozar": aspiración a la falta y goce van a la par; su lectura es: “Creo que los excesos que se constatan en nuestra época (ya se piense en las drogas, en las prácticas sadomasoquistas o en variadas violencias) se clarifican en parte como tentativas para mejorar un poco, para sazonar (...) la pobreza del modo de gozar como el plus-de-gozar”; ello indica que "el deseo de otra cosa"( Lacan) lejos de desaparecer se reparte, para la autora, entre dos polos: 1) el querer gozar más y mejor, de otro modo -porque querer gozar ya es una forma de deseo-, y, por otro lado, 2) un deseo de otra cosa, vacío. Este deseo de otra cosa ya no mantiene la perspectiva política de otras épocas, (como por ejemplo, en el 68, que tenia forma de deseo de revolución). Ahora estaría vacío: “Entiendan vacío, colectivamente, porque cada uno puede inventarse sus ‘otras cosas’.”

 

Otro de los aspectos a destacar en este capítulo viene por los desarrollos que C. Soler hace en relación con los fenómenos inducidos por el modo de goce actual; uno de ellos es en relación a la culpabilidad ¿Estaría en vías de extinción -como algunos temen? se pregunta la autora. Para responder se remite a la tesis de Lacan según la cual la culpabilidad está ligada a insuficiencia de goce, y no al hecho de que haya goce. Por otra parte, destaca que esta tesis es completamente coherente con el lazo que hay entre superyo y culpabilidad, que Lacan traduce con la fórmula: "el superyo ordena: goza". Entonces, continúa C. Soler, cuanto más lo dice, más el sujeto se siente culpable. Por eso esta última no cree en absoluto que la culpabilidad desaparezca.

 

Los desarrollos precedentes le llevan a la temática de la relación de la histeria con el goce, empezando por recordar la tesis que atraviesa toda la obra de Lacan en su enseñanza sobre la histeria: la que opone, incluso excluye, lo que hace la histeria y lo que hace la mujer.

 

"La histérica no es una mujer" es la fórmula a partir de la cual C. Soler precisará la función y el destino de la histeria en el campo de los goces, en el capítulo VIII (“La histeria en el campo de los goces”). Nos dirá que la fórmula anterior tiene tanta consistencia, peso clínico, que Lacan llegó a preguntarse si un análisis puede hacer de una histérica una mujer. Por otra parte, según C. Soler, a la importancia clínica de esta fórmula hay que añadir una importancia política. Ya en 1958, Lacan se refería a la incidencia "social" (=política) de la sexualidad femenina (entre otros aspectos -nos dice la autora- porque los semblantes que se inventan tienen asimismo poder, incidencia sobre los goces).

 

Después de referirse a la lógica del no-todo y a la temática de la mascarada, precisa que el juego de la captura del deseo por esta vía (la de la mascarada) no dice nada de lo que rige el goce efectivo y sobre todo el referido a la copulación. ¿Qué es, pues, lo que rige al mismo ser de goce? Antes de responder nos recuerda, con Lacan, que cuando se dice que la histérica no es una mujer hay que situar esta predicación en relación con el goce del cuerpo viviente y de lo que queda de él para el hablante ser. Por eso, cuando Lacan dice "una mujer" sólo se sitúa a nivel de la mujer como sustancia gozante o incluida en la pareja del cuerpo a cuerpo sexual.

 

¿Cómo enfoca Lacan el ser de goce sustancial? C. Soler le hace responder con otra de sus fórmulas (1974, “Los incautos no yerran”): "el ser sexuado no se autoriza más que por sí mismo". De su lectura de esta fórmula, la autora concluye que este "autorizarse por sí mismo" - a nivel de sustancia gozante- quiere decir que el goce viviente parece escapar a todas las formas del significante-amo.

 

En la parte final del capítulo, C. Soler nos muestra cómo Lacan distingue la histérica de la mujer, a partir de la fórmula de éste: "una mujer es síntoma de otro cuerpo"; así, nos dirá que si éste no es el caso, entonces ella permanece síntoma histérico, lo cual quiere decir que sólo le interesa otro síntoma, que a su vez no exige el cuerpo a cuerpo (temática de la "huelga del cuerpo"). C. Soler destaca la importancia de esta frase (fórmula anterior), ya que, en su opinión, Lacan pone los puntos sobre la i: el histérico síntoma no es forzosamente mujer, por eso añade que Lacan decía que el síntoma histérico es el síntoma para "LOM" que designa al humano (hombre y mujer). A partir de ahí podrán encontrar unas puntuaciones clínicas de primer orden sobre la temática: la histérica hace el hombre.

 

 

Con el bagage anterior, en el capítulo IX, (“Retorno a los casos paradigmáticos”), C. Soler hará una relectura de los clásicos. De entrada, señala la identificación del sujeto histérico a lo que Lacan llamó "el goce castrado del amo", fórmula interesante al establecer la articulación entre la problemática del deseo y la problemática del goce: la del amo castrado, que está en el registro del Uno. A partir de ahí hará el retorno a los clásicos, aportando comentarios de gran riqueza clínica. Así, por ejemplo, describe la posición de la "bella carnicera" como: “...‘ser el ágalma de deseo’, este anhelo equivale exactamente  a no querer ser el síntoma, en el sentido del cuerpo gozado por el otro”. Añadiendo que mientras ser el ágalma es una institución subjetiva, ser el síntoma es una destitución subjetiva. Aunque no homogéneos (la "bella carnicera", Dora, Sócrates), C. Soler, a partir de las fórmulas de Lacan, irá mostrando la vertiente deseo-falta y la vertiente síntoma-goce.

 

En cuanto a los aspectos de la  estructura, C. Soler señala que están orientados en el sentido en que la falta del sujeto es primera, constitutiva de la histeria: “Es la falta del sujeto que condiciona, en un segundo tiempo lógico, la relación al goce-síntoma por medio del Otro; así, por ejemplo, Sócrates mostraba que esta relación, este interés por el síntoma no implica necesariamente el cuerpo a cuerpo”, añadiendo que lo interesante en el ejemplo de Sócrates es que la histeria hace huelga del cuerpo, llegando a suprimir el cuerpo a cuerpo sexual.

 

Otra de las temáticas interesantes de este capítulo es la que se refiere a que el problema de la histeria está desunido del de la feminidad, tema de máxima actualidad, puesto que, para la autora, hoy circula entre los analistas un discurso: ya no hay histeria masculina: “Escucharán exponer la tesis: cada vez que se encuentre un histérico masculino es una psicosis (...) en cualquier caso, ellos (los analistas) ya no reconocen la histeria masculina”. Entonces ¿Sócrates, por ejemplo, (recuerden que Lacan evocó también la psicosis al hablar de él), es psicótico o histérico... y por qué? La autora también responde sobre ello. 

 

 

En “La transferencia” (capítulo X) C.Soler comienza sus comentarios por la "histerización de entrada", que entiende como una "subjetivación de la ignorancia" (hace falta que esta tome su función subjetiva), lo cual implica una pregunta verdadera en busca de un saber. Por otra parte, la entrada en análisis excluye que el analista sea interpelado como un especialista (en la actualidad hay un "empuje" a ello, en esta época de proliferación de especialistas varios). “Al dirigirse a un especialista, uno se dirige en realidad al S del significante que tiene la significación de saber. El saber está a su lado y no del lado del analizante como en el matema de la transferencia”.

 

Por otra parte, en la actualidad la histerización, de entrada, vendría dificultada, en su opinión, por la problemática de la "nominación por el síntoma", cuando se presentan con un nombre de síntoma ( "soy alcohólico", “soy bulímica”, etc). La autora relaciona esta identidad sintomática con uno de los cambios producidos por el discurso capitalista. Cambio que se expresa por una identificación por el tener promovida por la revolución capitalista.¿A qué apunta el discurso actual? Para la autora, este discurso desordena los nombres de goce, creando tolerando, volarizando, en definitiva, los grupos sintomáticos. Estos grupos unidos por un rasgo unario, que es un nombre de goce, también dificultarían la histerización de entrada ¿Está por ello el psicoanálisis amenazado? Soler cree que no está fundamentalmente amenazado porque no hay reconciliación posible de los sujetos con su goce.

 

La segunda parte de este capítulo también tratará sobre cómo la atopía de la histeria no es la atopía de la mujer. De entrada, nos recuerda que la histérica en general interpela al amo como hombre sexuado, con la posición de ir a buscar despertar el punto de deseo. Del lado mujer, independientemente de la estructura (histeria, neurosis, psicosis, etc.) insertarse en la pareja sexual presupone conectarse con el deseo del hombre (en la medida en que el deseo de éste condiciona el acoplamiento). Sirviéndose de los círculos de Euler: a la izquierda lado histeria, a la derecha lado feminidad, en la intersección "hacer desear",  “De ahí se concibe la mayor frecuencia de la posición histérica en las mujeres”. Ahora bien, este “hacer desear” histérico lo que pretende es lo que Lacan llama "una exigencia de ser" y la primera vía para lograrlo, añade C. Soler, es ser el ágalma, forma imaginarizada del objeto. Por otra parte, Lacan especifica la posición mujer, distinta de la posición histérica, sobre todo en las conferencias sobre Joyce, cuando dice: "una mujer es el síntoma de otro cuerpo". C. Soler comenta que es más bien prestarse a "hacer gozar" al otro partenaire masculino. Así, volviendo a los círculos de Euler: lado histérico (= exigencia de ser), y lado mujer, para abreviar (=deseo de goce).

 

Capítulo XI (“El final de lo sexualmente correcto”). Al final del capítulo anterior, C. Soler introduce el tema de la homosexualidad histérica, destacando en los dos casos princeps (Dora y la joven homosexual) el punto en común: es lo que llama el culto: “Las dos adoran a un semblante de mujer”. Y en este capítulo se plantea la pregunta de ver cómo se sitúan los mártires de la no-relación sexual respecto al problema de la perversión. Temática que, junto a la cuestión de la homosexualidad y la heterosexualidad, habría, según la autora, que repensar completamente, a partir de las aportaciones de Lacan después del año 1970.

 

De entrada, C. Soler precisa que el interés de la mujer histérica por otra mujer o por las otras mujeres está regido por el deseo del hombre como deseo del Otro: “...puede decirse que es un interés por lo que causa el Otro, el amo, y en última instancia, un interés por el síntoma de él”. Después, para orientarnos en esta temática (la relación histérica con otra mujer), nos indica que hay que tener en cuenta el hiato de heterogeneidad de lo que es el registro del amor ideal o no, y lo que es del registro del goce. Los dos primeros hacen lazo, a diferencia del goce.

 

En lo que respecta a la diferencia entre la histérica y la homosexual, afirma que la histérica se dedica a sostener la castración del otro, mientras que la dedicación de la homosexual es la de sostener el goce de la mujer, dejando al tercero, al hombre... con un palmo de narices.

 

En la parte final del texto, C. Soler tratara de demostrar, a partir de “El atolondradicho”, de la construcción de las fórmulas de la sexuación y del Seminario “Aún”, la aparición de una tesis propiamente lacaniana sobre la vida amorosa. Destaca cómo a partir de estos textos, hombre y mujer se redefinirán completamente, independientemente de la anatomía, pero también de los semblantes e incluso del semblante fálico: “...encontramos aquí la identidad sexual redefinida. Podría decirse incluso que, con sus fórmulas, Lacan nos dice "no hay otra identidad sexual que el modo de goce, la manera de insertarse en la función falo simbólico (x)”. Encontramos aquí la cuestión de la identidad sexual renovada. Para C. Soler, Lacan no rechaza la identidad sexual (a diferencia de alguna corriente homosexual actual que rechaza la idea de que alguna actividad sexual haya tenido jamás alcance de identidad); Lacan no la rechaza, pero, para la autora, la reduce al núcleo de la modalidad de goce. Pero además considera que las fórmulas de la sexuación representan el final de cualquier norma sexual, señalando la fórmula de Lacan: "El ser sexuado se autoriza por si-mismo", concluyendo que no se autoriza de ningún Otro (S de A tachado)...

 

Lo que se ha expuesto son algunos de los temas que más me han interesado del texto, con parte del desarrollo que C. Soler hace de los mismos..., pero hay más.

 

iboschva@copc.es        

Tarragona, diciembre 2004

____________________

* Formations cliniques du Champ lacanien. Collège clinique de Paris. Traducción: Montserrat Pera y Matilde Pelegrí.

                                                                                                       

                                                   SUMARIO