El saber del psicoanalista:

Construcción del modelo mediante fragmentos

 

Pierre Bruno

 

I

 

 

Si tuviese que resumir en dos frases este seminario, serían éstas: 1) cuando un analizante, al término de un psicoanálisis didáctico, accede al saber de lo que es un análisis, es una “aberración” que quiera a su vez convertirse en psicoanalista; 2) sea lo que sea este querencia aberrante, es el pase el que permitirá o no saberlo, y no es más que al nivel de este saber, que separa, hasta oponerlos, didáctico y pase, que podemos hablar de “saber del psicoanalista”. Anunciando esta oposición, no hago más que seguir a Lacan cuando dice (1 de junio 1972): “Si lo que he llamado el pase se malogra o falla […] se reducirá a eso, a que habrán tenido un psicoanálisis didáctico”. Puesto que, por otra parte, la didáctica es “la exigencia mínima para pretenderse psicoanalistas”, ¿es demasiado decir que, sin el pase, sin esta elucidación, que se deposita en saber, sobre  la anormalidad del objeto que causa el deseo del psicoanalista (el objeto a-normal), no puede el psicoanálisis más que transmitirse didácticamente, en suma, repetirse? Esta crisis de esterilidad del psicoanálisis, la observamos cotidianamente, pero también sub specia aeternitatis. Ésta no traza un frontera, felizmente, entre verdaderos y falsos psicoanalistas, pero sí entre un psicoanálisis sometido a la compulsión de repetición y un psicoanálisis que apela al deseo -lo que, por supuesto, no deja de tener importantes consecuencias clínicas de alcance.

 

 

II

 

 

¿Qué es la repetición? ¿Qué es lo que hace que Da siga siempre a Fort y Fort, Da? Es el estigma de que el goce es siempre fallido y, sobre todo, que es fallido de la misma manera, hasta el punto que podríamos pensar que es en ese fallo mismo donde el sujeto, en definitiva, goza -goza por pasar al lado del goce. Es en el nivel del fantasma donde podemos efectivamente deducir, de la repetitividad de los escenarios fantasmáticos, que el sujeto goza de la irrealización del fantasma –quiero decir por el hecho de que, incluso realizándolo en su comportamiento perverso efectivo, queda siempre una insatisfacción, un irrealizado inabordable como cuando queremos clavar un clavo en un chorro de agua, tomando prestada esta imagen a Robert Musil. El cumplimiento del anhelo onírico es otra cosa, puesto que hace pasar el goce, ese mismo que no cesa de ser fallido en la repetición, al inconsciente, por medio de la figurabilidad. En lo que acabo de decir, el registro de la realización del fantasma es la vigilia. El del cumplimiento del deseo es el sueño. Supongamos que la operación específica del discurso analítico sea invertir las correlaciones: consideremos el fantasma en el sueño; no cesa de buscar su realización sin conseguirlo, pero por este hecho ofrece al deseo (Wunsch) la oportunidad de una figuración que evita al sueño ser traumático. En cuanto al cumplimiento del deseo (Wunsch), encuentra una salida en la vigilia desde el momento que, extraído del síntoma que lo encubre, resulta coincidir completamente con una circunstancia contingente de la historia del sujeto– preferentemente de la historia infantil. Así, por proponer dos ejemplos, tal analizante se siente sustraído de la vida, no muerto en vida, sino muerto; escapa por ahí al cuadriculado parental tan implacablemente reticulado como ejerciéndose mediante medios lo menos traumatizantes que sea posible; tal analizante se descubre  nacida por el azar de una contracepción fallida, lo que  le aligera de la influencia del destino que imputaba a su padre por imponérselo. Minúsculos acontecimientos, pues, pero que son exactamente los que pueden evocarse para graficar lo que dice Lacan el 4 de mayo de 1972: “Hacer modelo de la neurosis, es en suma la operación del discurso analítico. ¿Por qué? En la medida que quita de ahí su dosis de goce […] Toda reduplicación mata el goce. Éste no sobrevive más que si la repetición es vana, es decir, siempre la misma. Es la introducción del modelo lo que acaba con esta repetición vana. Una repetición acabada disuelve el modelo en cuanto sea una repetición simplificada”.

 

Es un proceso cuya rareza debería sorprendernos. El pintor, por ejemplo, parte del modelo, al menos eso dicen, para reproducirlo en la tela, según, decimos aún, su subjetividad. En el psicoanálisis partimos de la neurosis, es decir, de la tela, y construimos el modelo hasta que el elemento fallido en lo que hace de la tela una repetición emerge en el modelo. A partir de entonces efectivamente, la repetición de la tela cesa, y el modelo se disuelve. Este elemento emergente es la única definición posible de lo real.

 

III

 

 

Acabo de explicitar el proceso por el cual la repetición finaliza mediante la reproducción de su modelo –tomándolo en el sentido “el pintor y su modelo”. El discurso psicoanalítico pone a disposición del analizante esta oportunidad de construir el modelo, es decir el original, del cual la pintura-neurosis no era la copia repetitiva sino porque el original no estaba construido. Una vez presente el modelo, la pintura-neurosis está caducada, porque la pintura se convierte en el original. Podemos, partiendo de ahí, proponer una teoría del arte congruente con el psicoanálisis: el artista pinta para re-producir el modelo, para re-producir lo que es el modelo. Si lo consigue, la pintura  se vuelve caduca, y el modelo se disuelve, simplemente a causa de que la pintura revela ser el modelo. Siendo así, ¿qué es el famoso modelo? Cito a Lacan: “De lo que se trata, es de, este significante, reproducirlo a partir de lo que fue su eflorescencia” (4 de mayo de 1972). Eflorescencia es una palabra más sutil y rica de lo que yo me imaginaba. Quiere decir el comienzo de la floración, su abertura, pero también un proceso químico que se traduce en una pulverulencia superficial de la sal. Esto explica por otra parte la dificultad del psicoanálisis, esta pulverulencia del significante. Rabelais imaginó las palabras heladas. He aquí ahora los polvos de palabras[1]. Siendo así, helado o pulverulento, el significante, sorprendentemente, queda como significante. ¿Por qué? Porque, nos dice Lacan, “y a d’l’Un” [2] (Es gibt eines Ein(¿)). Es por lo que todo el esfuerzo de Lacan, en esta lección,  apunta a establecer, vía recurso a las matemáticas, cuál es el estatuto del número un que permite fundar este un significante de partida –este S índice 1, el significante maestro[3] o denominado primero. Es un un muy particular, “ése que separa el Uno de dos”. La referencia que usa Lacan es Frege. El un es el nombre del conjunto vacío, Æ, o también de cero. Es el nombre del un el que es preciso quitar del conjunto con un solo elemento para obtener el conjunto vacío (luego -1). Dejo de lado la observación que hace Lacan, a propósito de ello, sobre el continuo de Cantor, aunque su interés sea inmenso por plantear qué es el infinito. En efecto, lo que cuenta aquí es ver que el significante permanece como significante únicamente en tanto que fundado en ese número un. Incluso en el atomismo físico, en el que nos las vemos con partículas cada vez más pequeñas, hay siempre un indivisible que es este un (no es necesario insistir sobre el hecho de que no tiene  medida común con el un de la unificación, Vereinigung) que Freud adjudica -equivocadamente- al Eros.

 

 

IV

 

 

Volvamos sobre el saber. Saber sobre la verdad y no verdad del saber –que no interesa al psicoanálisis. Eso no interesa al psicoanálisis porque la verdad no se puede decir toda. Es lo medio-verdadero de la verdad y, por lo tanto, se tiene el derecho de preguntarse en qué consiste el a (privativo) medio-verdadero – el a medias verdadero. Lo que se dice de la verdad, o lo que se medio-dice, tiene forzosamente estatuto de significante. E incluso, originariamente, de S índice 1, el significante que se impone como verdadero por simplemente preceder al saber. ¿Qué es, en estas condiciones, lo a-medias verdadero? Lo que de la verdad consiste en la mitad que no se dice. ¿Que ocurre con esta mitad no dicha, una vez que el significante índice 1 ha sido articulado en un saber{Æ, S1}, es decir articulado al conjunto vacío que lo funda como un, mientras lo  inscribe como substituible en una cadena? Respondo: esta mitad no dicha es el elemento cuya emergencia hace cesar la repetición, pero esta emergencia sustrae al mismo tiempo la verdad a la lógica de lo necesario y de la existencia para obtener la contingencia: yo podría estar muerto – yo hubiese podido no estarlo. En esta balanza, la verdad en su parte dicha no pesa nada y en su parte no dicha ya no es mas verdad. Pueril reverso del significante: me habéis deseado muerto para que yo no escape a vuestra métrica (medio-verdad). Ahora bien, estoy muerto y escapo de ahí. Tú me has deseado no-nacido, para que yo permanezca incluido en el destino en tu deseo de que yo sea no-nacido. Ahora bien, dándome cuenta, escapo de ahí. El a-medias verdadero se obtiene de un saber que toma el sitio del medio-verdadero de S1. Es por lo que, en la línea inferior del discurso analítico, hay, entre el saber a la izquierda y el S1 a la derecha, un agujero sin fondo. Dicho de otra manera, remontando a S1 a partir de su eflorescencia, lo re-produzco, pero lo reproduzco como S2 que lo desposee, o más bien si S1 era una carta para jugar, que la retorna, de tal manera que su dorso sin significante se manifiesta como el signo del azar.

 

 

V

 

Llegamos a la lección del 1º de junio de 1972

Es necesario

Es posible

Es contingente

Es imposible 

(1) Entre   y  , la existencia.

(2) Entre  y , la contradicción (de la particular negativa a lo universal).

(3) Entre   y   lo indecidible (cf. Gödel).

(4) Entre   y , el deseo, el objeto a.

Lo necesario: es necesario que al menos uno diga que no a la castración: “la castración […] quiere decir que todo [] deja desear.” La aplicación dedeja desear, lo que quiere decir que la castración no prohíbe el deseo, pero tampoco lo causa. La causa del deseo se sitúa en la hiancia entre la sub-asunción bajo y la no-sub-asunción bajo . De ahí el contrasentido de un psicoanálisis que crea hacer emerger el deseo por la castración del goce. Por otra parte, lo necesario de  reenvía a la función decisiva del padre real. Opuestamente al legislador, él es el “que debe [é-pater] dejar pasmada a la familia”[4].

 

Podría extenderme más y comentar más detenidamente, pero no voy más que a retener de pasada esta formidable definición de la semántica, que se debe a que “las lenguas no son del-todo”: “La semántica es eso gracias a lo cual un hombre y una mujer no se comprenden más que si no hablan la misma lengua.” Explicito: porque el sentido sólo nace de la traducibilidad de una lengua en otra.

 

Para concluir, se plantea la pregunta ordinal: ¿en qué orden es preciso leer el esquema? En la versión que yo dispongo, este esquema es:    

 

En cuanto a la necesidad de la existencia, partimos justamente de este punto que hace un momento he inscrito, el de la hiancia de lo indecidible, es decir entre el no-todo [] y el no-una [pas-une] []. El punto de partida en la estructura se sitúa, pues, a la derecha de esta flecha superior horizontal cuya punta, en 1, es designada por lo necesario.

La llegada es lo imposible, sea “ahí donde la mujer no es unificante” (al contrario de  que unifica los ). Dejo de lado la flecha que remonta de 5 a 8 – que no es comentada.

 

Este esquema, ¿no es el recorrido (el más corto) de un psicoanálisis?

 

Para concluir, quisiera volver a decir, en los términos más simples de los que soy actualmente capaz, los tres puntos de saber que juzgo novedosos en este seminario.

 

1. El didáctico no produce el deseo del psicoanalista. Esta afirmación sorprendente, si no francamente impensable, quiere decir que se puede ser psicoanalista sin ese deseo. El deseo del psicoanalista se identifica en efecto con la aberración de la elección que se hace al querer convertirse en psicoanalista aunque se sepa a lo que conduce un psicoanálisis. Acentúo aún la paradoja: un didáctico conduce al no-deseo del psicoanalista (ese de mantenerse a partir de entonces apartado de todo lo que se podría parecer a esta experiencia al término de la cual he descubierto que yo -sujeto- no sé lo que deseaba saber al empezar un análisis). Sólo el síntoma sabe, ya he recalcado. Entonces, “¿de donde viene la aberración?” es la pregunta planteada sólo en el pase y, si el pase se realiza con éxito, la pregunta da lugar a una respuesta dirigida al otro, y ya no al Otro.

 

2. Lo que se repite no se repite más que por fallar, en cada repetición, el goce. El goce, Lacan nos enseña que no tiene lugar. Repetir el fracaso debe, pues, cesar en cuanto el analizante sabe, al identificarse con el saber de su síntoma, ese no-lugar. Un psicoanálisis, quiero decir una cura, va, pues, a consistir en construir un modelo, un modelo reducido de la vida, (un relato en el lugar de una novela extensa [roman-fleuve] parece que decía Lacan), para permitir al analizante descubrir que, una vez este modelo está terminado, quiero decir con la transferencia resuelta, el goce no tiene lugar. La repetición entonces cesa, y la libido puede protegernos de una cierta satisfacción, porque la disolución no es la victoria del Thánatos, sino de Éros.

 

3. El esquema terminal da a leer, mediante una escritura, estos dos resultados: el punto de llegada de un psicoanálisis se sitúa ahí donde “la mujer no es unificante” –o sea, la imposibilidad de que el Un sea el Otro. En este punto, se descubre que el goce no tiene lugar. Es la escritura esquemática del punto 2. en cuanto al punto 1, el pase como suplementario al didáctico, lo sitúo como una flecha que va de la contingencia del no-toda al reencuentro de lo indecidible que deriva[5]  de lo imposible. El pase, como querencia[6] de la aberración, anticipa el fin antes incluso de la comprobación de que el goce no tiene lugar fundándose en la contingencia percibida del amor.

 

Este texto fue escrito para un encuentro con psicoanalistas alemanes en Bernried. Lunes de Pentecostés del 2004.

 

Traducción: Carlos Bermejo

Revisión: Matilde Pelegrí

 

 

SUMARIO



[1]“Paroles” es decir palabras habladas.

[2] Traducimos “Un” en francés por el artículo indefinido “un” del castellano y no por “uno” como suele ser habitual, dejando así la palabra francesa con sus dos sentido: el artículo indefinido como el número uno.

[3] Optamos por traducir maître por maestro y no por amo debido a los indeseables rasgos de sentido que toma en castellano, reconociendo una cierta pérdida en cualquier caso. N. del T.

[4] El autor usa “é-pater” en vez de épater, apreciendo la palabra “pater” cuyo sentido es “padrenuestro”. N. del T. 

[5] Término que hace referencia a “provenir de…” pero también hace referencia a la pulsión.

[6] El verbo “vouloir” también indica aceptación, lo que ayuda a aclarar más el sentido condensado en esta frase.