CLINICA DE LA PRIMERA INFANCIA: ATENCION PRECOZ Y CONSTITUCION SUBJETIVA

 

 Pietat Abizanda

 

“Toda formación humana tiene como esencia y no como accidente, la de refrenar el goce. La cosa se nos aparece así de desnuda, y no  ya bajo esos prismas o lentes que se llaman religión, filosofía o incluso hedonismo, pues el principio del placer es precisamente el freno del goce”

Jacques Lacan. Discurso de Clausura de las Jornadas sobre la psicosis en el niño.

 

La presentación de este caso pretende exponer una modalidad de la práctica psicoanalítica en primera infancia, atendiendo a lo específico que la atención a la temprana edad comporta. Se trata de ir al encuentro de un sujeto en vías de constitución, y por tanto de poderlo seguir en aquellos momentos cruciales para la estructura que se juegan en los primeros años de vida.

 

Generalmente todo empieza cuando el niño es traído por los padres al psicoanalista como objeto generador de preocupación o angustia, poniendo en juego un goce excesivo que la demanda intenta acotar. Sabemos, a través de las enseñanzas de Lacan, que la constitución subjetiva de todo individuo bascula en 2 movimientos: Uno, el de la ALIENACIÓN a los significantes del deseo del Otro que instalan al sujeto en el campo del lenguaje. En este momento, el niño ocupa la posición de objeto en el fantasma materno. La otra operación que concierne al sujeto en relación con el objeto es LA SEPARACIÓN, que se produce en tanto el sujeto es capaz de inscribir una diferencia con relación a los significantes imperativos del Otro y con ellos le permite representarse como sujeto S1 para otro significante, a través del operador fálico.

 

La separación afecta al cuerpo en la medida en que el sujeto habita en un cuerpo biológico y que es a través de sus orificios (boca, ano, ojos, oídos) cómo entra en mediación con el Otro. Así el seno, las heces, la mirada y la voz se convierten en objetos que entran en resonancia con el Otro y, a través de la separación, van perdiendo su carácter real para inscribirse en una red de significantes. Lacan retoma el juego del Fort-Da de Freud, para describir la operación que simboliza la pareja presencia/ausencia y que introduce la negatividad como factor constituyente del pensamiento diferenciado y regulado por lo simbólico. La separación se produce con éxito cuando el sujeto rompe el lazo de pasividad que lo liga al Otro y se convierte en sujeto deseante en busca del objeto agálmico gracias a la intervención de la metáfora paterna que descompleta al Otro materno. Será la respuesta del Otro a un mensaje oído en el niño y entendido como signo de un sujeto, no como simple grito, sino como una llamada al Otro proveedor de placer. Cuando el sujeto elige el placer frente al goce, lo real se muta en significante, única vía de la demanda del Otro y fundamento de la alteridad humana en el lenguaje. Esta operación de separación no se efectuaría en la psicosis.

 

En clínica de la primera infancia, a menudo asistimos a situaciones de verdadero cortocircuito de dicho proceso en tanto que diacrónico en el tiempo y estructural en sus efectos. Anny Cordié lo expone así:

 

".. cuando hay una detención en el trabajo de separación del objeto y una ausencia de borramiento del cuerpo biológico puesto que no ha sido recuperado en las estructuras simbólicas, hay persistencia de imágenes corporales angustiantes y ello puede provocar trastornos o detenciones en el desarrollo del niño.."

 

 

Por tanto, se hace indispensable la escucha del discurso de los padres, para conocer a qué significantes  imperativos del Otro el pequeño ha quedado sujeto, alienado sin poder separarse. Para ello es necesario que los padres accedan a ceder a su hijo al analista para poner en juego en la transferencia lo sintomático del niño y, a su vez, de la pareja parental. A través del trabajo analítico se propicia que el sujeto pierda la condición de objeto de goce a la espera de que se den los tiempos lógicos necesarios para que un decir se haga posible en la cura y promueva la necesaria separación del objeto.

 

 

 Datos de la historia clínica

 

Éste es el caso de un niño de 3 años y 10 meses que fue traído por sus padres a mi consulta, por derivación de la escuela, a quien llamaré Dani.

 

Más allá de las consideraciones diagnósticas del caso y del desarrollo de la cura, lo he elegido porque las sesiones preliminares ilustran la puesta en juego del síntoma como recurso del sujeto para tratar de separarse de forma fallida de su condición de objeto fantasmático para el Otro. También se puede ver cómo la cura permite hacer posible dicha operación que introduce algo de la regulación simbólica a través de la transferencia.

 

Dani es enviado por la escuela (nivel P-3) por su actitud de extrema inhibición ante los requerimientos escolares. No incorpora los aprendizajes propios de la edad, presenta un comportamiento agresivo con sus iguales, su juego es estereotipado y repetitivo, presenta aislamiento relacional y problemas con la alimentación que se manifiestan en una extrema aversión a masticar cualquier alimento sólido. También destaca su gran capacidad y afición insólita por memorizar los nombres de las marcas de los coches.

 

Los padres piden consulta preocupados solamente por los problemas de alimentación. Es el padre quien lo formula así: “El único problema de mi hijo es que NO MUERDE”, significante éste que, por algún motivo que después en la cura se irá explicitando en su connotación más agresiva, vino a sustituir en ese momento, el de “no mastica”, que hubiera sido el más apropiado. Es así como los padres formulan su demanda, diferenciada de la de la escuela, ya que allá preocupa más su extraño comportamiento.

 

De su historia, destacan algunos datos significativos. Según sus padres, fue un bebé “perfecto”, bueno, tranquilo, sin problemas, del que se podría decir que, en casa, “no había niño”. Nunca evidenció la tendencia típica del bebé de querer llevarse a la boca nada: y por eso no quiso chupete ni tampoco se chupó el dedo. La madre encuentra en ello la posible causa de sus dificultades en la alimentación,  diciendo lo siguiente de Dani: “Siempre ha sido muy bueno, pero muy malo para comer”. Desde que la madre introdujo cambios en la alimentación, Dani siempre ha comido poca cantidad y todo triturado. Rechaza los cambios y deben distraerlo para que coma “sin darse cuenta” o “engañándolo”. Cuando intentan darle alimentos sólidos siempre muestra signos de aversión y asco. Es muy lento comiendo y casi siempre es la madre quien le da de comer en la boca. De tal manera que hasta el momento de la consulta, Dani todavía se alimenta de purés, papillas y biberones nocturnos, despertándose 2 y 3 veces cada noche para tomar la leche.

 

También destaca su obsesión por el orden y la limpieza. Es aprensivo y tiene mucha aversión a ensuciarse, cosa que hace que nunca se haya sentido atraído por jugar con arena, plastilina, etc. Si se ensucia un poco las manos necesita lavárselas de inmediato. Sufre de frecuentes bronquitis que requieren medicación, desde que empezó a asistir a la guardería (2 años) a la que le fue tan difícil adaptarse que, finalmente, los padres optaron por no llevarlo más.

 

Padre y madre afirman que ambos por igual se ocupan de los cuidados a los hijos (Dani tiene una hermana menor de 16 meses). La madre optó desde un principio por la lactancia artificial para que el padre también lo pudiera alimentar, en el caso de que ella no pudiera hacerlo por causas de salud. Durante la primera entrevista con ellos observo muchas dificultades para historizar y sus discursos suelen detenerse en monosílabos o en respuestas breves y escuetas que tienden a taponar de sentido posibles interrogantes acerca de su función o a minimizar la importancia que pudieran tener los trastornos de comportamiento que Dani manifiesta en la escuela. Ambos padres no entienden demasiado los motivos de la escuela puesto que, a parte de “no masticar” ven a su hijo totalmente normal. La madre, especialmente, se presenta como alguien que sabe en todo momento lo que su hijo necesita y asegura que vela por su educación y que es exigente con él. En ningún momento dejan entrever ninguna fractura entre la pareja parental, actitud esta que hace pensar en un Otro excesivamente completo.

 

Contrasta de forma muy significativa el discurso que escucho del Otro social: el de la escuela, donde preocupan mucho sus trastornos de comportamiento hasta el punto de resultar un niño raro y alterado. También recibo información del centro de atención precoz de la zona donde, por consejo pediátrico, Dani fue atendido durante unos meses. Dicha información resulta también inquietante: con 18 meses fue atendido por presentar un comportamiento, según ellos, de alto riesgo: lenguaje correcto pero ecolálico en exceso, relación interpersonal alterada con poco contacto ocular y evitación del contacto físico, violentas rabietas ante las frustraciones con conductas autolesivas (golpes en la cabeza), angustia desmesurada ante los cambios (de objetos en determinadas situaciones cotidianas) y con presencia de juego imitativo pero excesivamente sensorial, sin verdadero interés por explorar el entorno. Todos estos rasgos de cierto cariz “psicótico” me recuerdan el dicho de los padres: el bebé perfecto, el que no da signos de existencia subjetiva.

 

 

Sesiones preliminares

 

En la primera sesión de juego diagnóstico veo a Dani con su madre. Tomo los problemas de alimentación como síntoma que ha motivado la demanda de los padres y, a fin de observar cómo se manifiesta dicho desajuste y sus efectos en la relación madre/hijo, propongo a la madre que traiga la merienda de Dani a la sesión. Así pues, la madre decide traer por un lado lo que él siempre come, las natillas y, por si acaso, un bocadillo que es lo que ella querría que comiera, aun afirmando que está segura de que lo va a rechazar. Dani pide su merienda al inicio de la sesión tras los saludos y presentaciones. La madre le ofrece el bocadillo, que Dani rechaza. Al final, ella se propone darle las natillas. Yo le pregunto si no sabe tomarlas él solo a lo que contesta que sí, pero que teme que se manche. Dani también pide que sea su madre quien se las dé, pero yo les animo a que pruebe él solo, ya que sabe hacerlo. Ambos acceden y Dani se acaba las natillas con rapidez y sin que caiga una sola gota. La madre parece verdaderamente sorprendida, puesto que siempre tarda una hora en comérselas y al final se las acaba dando ella.

 

En la misma sesión, Dani juega con los coches, los hace correr, los pone en fila. Yo le animo a que hable sobre lo que hacen esos coches, puesto que todo ello lo hace sin mediar palabra e ignorándome bastante. Entonces me muestra que en la fila de los coches hay uno que “no tira” así que se para y no deja pasar a los que vienen detrás. La acción se repite sin más hasta que yo le pregunto qué pasa cuando un coche no tira, si hay que hacer algo. Añade que está roto. Sucesivamente, se van rompiendo los coches o bien accidentándose. Esta misma situación se repite en las sesiones siguientes, tras la merienda. En ningún momento intenta comer el bocadillo, e incluso se angustia si la madre le insiste más de la cuenta. Cuando los coches se paran, según él porque se rompen (algo que me hace pensar en su extrema inhibición en la escuela) yo le propongo que quizás se pueda hacer algo para solucionarlo. Entonces me da los coches rotos para que yo los arregle y así yo me convierto en el mecánico que arregla los coches, acción que vuelve a repetir de nuevo de forma persistente. Después de que yo arreglo el coche, se vuelve a averiar otro que requiere el arreglo del mecánico. La persistencia de la misma escena en los primeros encuentros me hace captar algo de un intento de formular una demanda por su parte y le señalo que él quizás ya sabe que él viene aquí para que yo “le arregle” su problema de no poder masticar. Me mira y me cuenta no sin dificultades y animado por mi, que no puede masticar porque teme que la comida le “rompa” los dientes y también le dañe el cuello, acercándose la mano a dichos lugares de su cuerpo mientras me lo comunica. La madre queda sorprendida al escucharlo y le trata de convencer para que deje de tener tales miedos.

 

El juego de darme los coches para arreglar me hace pensar en “arreglar” algo que remite a su propio deseo, por el momento suspendido, parado, y que es representado por los coches, como objeto privilegiado para él, puesto que manifiesta una pasión notable, casi obsesiva, por nombrar y recordar las marcas y tipos de cada uno de los coches que van saliendo al mercado. Se pasa largos ratos mirando revistas de coches y nombrando uno a uno los coches que salen en sus imágenes por la marca, incluso desecha aquellos coches que no tienen marca apartándolos del juego en sesión. La marca les da todo su valor. El coche que, a pesar de ser arreglado, se vuelve a romper me hace pensar en un intento por simbolizar algo de la falta en el Otro donde poder alojar su demanda. El analista/mecánico aparece en transferencia como el que puede arreglar los coches, no sin tratar de introducir algo de la falta en el Otro haciendo que no siempre los consiga arreglar del todo, o sea  que, al menos, para el sujeto,  resulte un Otro un tanto impotentizado

 

Otro de los movimientos que ocurren en las primeras sesiones es que Dani empieza a manifestar una evidente angustia ante la demanda de la madre, cada vez más forzada, de probar el bocadillo en sesión. Ante una de sus crisis de angustia a causa de los requerimientos maternos, yo trato de calmarlo y sólo lo consigo cuando le aseguro (a él y a su madre presente) que no voy a permitir bajo ningún concepto que se vea obligado a comerse algo que él no quiera y por tanto él sólo debe decir que “no” para que su mamá entienda que no debe insistir. Mis palabras, como garante de la castración en el Otro, hacen caer la omnipotencia, lo tranquilizan y ponen un límite a la madre para que no insista en su propósito y acepte la negativa verbal de Dani. En la sesión siguiente, éste empieza a usar el “no” de forma sistemática ante cualquier propuesta. La madre me advierte que, en casa, el NO se ha convertido en su palabra favorita para oponerse a los requerimientos que se le hacen, cosa que nunca hasta ahora había hecho puesto que ha sido siempre bueno y obediente. A partir de ese momento, la madre le llama en tono de broma “el señor no” y posteriormente me comunica casi incrédula que desde la escuela le aseguran que Dani mastica su bocadillo y que, día a día, va comiendo más cantidad sin manifestar aversión ninguna, sólo poca habilidad y lentitud al hacerlo.

 

En la siguiente sesión, observo que deja de jugar a los coches que se rompen. En su lugar toma la plastelina, con gran entusiasmo (cosa impensable para la madre), y  la manipula hasta hacer salchichas que da a comer a la muñeca. Yo tomo a la muñeca que come lo que Dani le da hasta que yo hago que ésta se niegue a tomar más. Como él intenta hacerla comer igualmente, yo hago que la muñeca la rechace y la escupa (cosa que él hace con el alimento sólido). Esta escena provoca en él grandes carcajadas junto con un estado de excitación que va aumentando a medida que él hace intentos de “meter la comida en la boca de la muñeca” y ésta sigue escupiéndola. La excitación se transforma en actos violentos en que tapona con fuerza todos los orificios de la cara de la muñeca con “la comida” y le exige que la ha de comer a la fuerza y que si no quiere se tiene que aguantar. El goce se torna tan excesivo, que debo cortar la escena, afirmando con rotundidad que no puede meterle comida sin su consentimiento. Yo le propongo que nos cuestionemos sobre dicho rechazo, preguntándole a la muñeca/niña, qué le pasa, si quiere otra cosa, si se encuentra mal, etc... y así lo hace, cosa que lo tranquiliza. Al salir, la madre, que observó la situación, reconoció que su hijo reproducía un poco lo que a veces hace ella con él, forzarle a comer, planteándose también su exceso en dicha acción.

 

Posiblemente, su exceso por colmar la necesidad no le permite escuchar a su hijo como sujeto de la demanda, aplastando con el objeto comida su deseo e interfiriendo en la erotización del objeto oral que da paso al placer y que conlleva la renuncia al goce interdicto (ello sería el motivo por el cual Dani, de bebé, no dio muestras de placer oral).

 

A lo largo de estas sesiones, se van produciendo rectificaciones subjetivas en el niño y en la madre. En el primero, en el sentido de poder dar algún paso más respecto a una “posible” operación de separación, con la aparición de sus “no” y el surgimiento de su propia subjetividad que le permite la escucha durante el curso del tratamiento. Es a partir de ese momento cuando sus hábitos alimentarios se normalizan: deja los biberones, puede masticar los alimentos, come solo y con más variedad, tanto en la escuela como en casa. En pocos meses, desde la escuela se observan cambios significativos en su comportamiento: la inhibición desaparece, empieza a aprender con facilidad, disminuye la agresividad y mejora la relación con el otro.

 

 

Algunos comentarios finales

 

Partiendo de la cita inicial de Lacan respecto al principio de placer y su función de freno ante el goce, queda ejemplificada en este caso en que el sujeto ha tenido dificultades para acceder al principio del placer (recordemos que, según la madre, nunca ha dado muestras de obtener placer oral) y cómo, debido al fracaso de la función simbólica, lo no simbolizado aparece en lo real (con un carácter  paranoico de cómo el alimento sólido puede representar algo del Goce Otro vivido como una amenaza real para su cuerpo).

 

Otro ejemplo del grave déficit simbólico es la respuesta que el sujeto tuvo ante la primera separación del ámbito familiar con el inicio a la guardería, con la aparición de la bronquitis crónica que se podría entender como un  fenómeno psicosomático.

 

Se puede observar también cómo el “coche”, que aparece como objeto privilegiado (con su multiplicidad de marcas que se exige memorizar) en sesión va adquiriendo la condición de un posible representante subjetivo que quizás le haya permitido estabilizarse en lo imaginario y haya hecho posible la mejora sintomática. Este es el S1 pues le representa a él.

 

En todo caso, queda en suspenso el diagnóstico de estructura de este sujeto, ya que hay rasgos que pueden hacer pensar en una neurosis obsesiva grave, aunque la hipótesis de psicosis no queda descartada. Cabe esperar su evolución en la cura, todavía en curso.

 

Caso clínico presentado en el espacio de Taller de Clínica del Fòrum Psicoanalític Barcelona, el 20-12-03.

 

 

SUMARIO