JORNADA AePCL: Instituciones de tratamiento
para drogodependientes y vínculo social
Gloria Fernández-Loaysa Romeu
Entre los muchos
objetos que el mercado capitalista ofrece –y promociona con su discurso– a los
sujetos para gozar, están las llamadas drogas, que van a posibilitar acceder a
una modalidad de satisfacción que, en algunos casos, deja al sujeto aislado,
fuera del lazo social con los otros. La clínica de las adicciones nos muestra
las consecuencias en la subjetividad de quienes se abisman en esta modalidad de
goce.
Pero también nos
muestra que el hecho de que un sujeto consienta a ello responde a una lógica,
es decir, el recurso al tóxico cumple una función particular en su economía
libidinal: la de un tratamiento del malestar vía lo real del cuerpo. Sabemos
que la función que cumple la droga puede ser sustituida en algunos casos
mediante la inclusión en una formación colectiva, sea ésta una comunidad
terapéutica profesional, un grupo de
autoayuda o una secta. De ahí la proliferación en los últimos años de las
Comunidades Terapéuticas
para drogodependientes como modalidad de tratamiento.
Estamos en la
lógica de
Y sabemos también cómo el sujeto retorna, con una frecuencia significativa, al consumo de tóxicos cuando se separa de dicha comunidad, dado que sólo se ha producido una sustitución de un tratamiento del malestar por otro, el remedio indirecto de Freud, y no se ha despejado para el sujeto dicha función, lo que hubiera posibilitado la producción de un ciframiento de ese goce.
De ahí que, en
muchas ocasiones, el recurso a esta modalidad de tratamiento pueda tener como
un indeseable efecto secundario el reforzar la segregación de estos sujetos, y
la cronificación de su aislamiento del vínculo social.
He elegido el caso clínico que les voy a presentar porque considero que ilustra claramente la pertinencia del psicoanálisis en el tratamiento de las adicciones y muestra cómo es posible, al incluir la oferta de una escucha analítica en las instituciones de tratamiento para drogodependientes, que algunos sujetos encuentren la vía para romper con esta lógica circular de segregación.
Se trata de un
joven de 26 años quien, antes de ingresar voluntariamente en
Cuando le recibo,
siempre a petición suya, responderá a mis preguntas: “No se... no me acuerdo... para responder tendría que pensar y eso me
cuesta mucho esfuerzo”. Estas pocas palabras, largos silencios y el
sufrimiento de su cuerpo será lo que traerá día tras día a sus sesiones a lo largo
de unos dos primeros meses. En este primer tiempo se negará a hablar de algo
que no sea el padecimiento de su cuerpo. Un cuerpo de extremada delgadez donde
sitúa todo su malestar. Se queja de insomnio, falta de apetito, frío intenso y
constante, fuertes dolores difusos, pérdida de equilibrio al caminar...
Ante la intensidad y la persistencia de sus quejas se le van realizando diversos y sucesivos exámenes médicos a los que se somete de buen grado, incluido un estudio neurológico. Como único resultado anómalo aparece una pequeña lesión: la meseta tibial de la rodilla izquierda está astillada. A partir de este diagnóstico médico su malestar va a ir localizándose gradualmente en esta rodilla – de la que no se quejaba en un principio – y ahí se fijará por más de un año mientras que los demás dolores irán remitiendo muy lentamente hasta desaparecer.
Los educadores del Centro dicen que permanece casi totalmente aislado de los demás pacientes: no habla con nadie, no sonríe nunca y parece ausente, como si fuera un autómata. Yo le recibo, le invito a hablar y espero. Escucho su queja, su sufrimiento y su silencio. “Los dolores no me dejan pensar” dice. “Se me queda la mente en blanco, a veces es como si no estuviera aquí pero tampoco en ninguna otra parte”.
Un día dirá que decidió dejar la heroína porque en una ocasión, hace unos meses, la policía le había preguntado, en la calle, por su nombre y edad y descubrió que no era capaz de responder. “No podía recordar ni eso – dice – aquello me alarmó y caí en la cuenta de que estaba perdiendo la memoria.” Y añade: “Ahora es igual, no recuerdo casi nada, salvo algo que quiero olvidar y no puedo. Y es que han vuelto las pesadillas sobre el accidente”. Hace entonces un primer relato entrecortado de un accidente sufrido hace dos años.
A partir de este momento añadirá a sus quejas sobre el cuerpo otro tipo de queja: insiste en que no quiere recordar y que dedica todos sus esfuerzos a apartar de su mente las imágenes del accidente pero que, cuando lo logra por unos días, éstas retornan como pesadillas de las que despierta espantado. Se queja entonces de la inutilidad de su empeño y me exige “que se las quite”. “¿Acaso no soy su psicóloga?”, dice muy enfadado. Le digo entonces que quizá el único modo de olvidar sea precisamente el de recordar primero, pero que ahora lo haga conmigo, en las sesiones.
Por primera vez
acepta, consiente con mi invitación a asociar y aquí se inicia el segundo
momento de esta cura. Empieza a hablar y a recordar, si bien con enormes
dificultades, frases entrecortadas, retornos al mutismo, insistencia del
malestar del cuerpo. Su tempo lógico, el del sujeto, ha requerido un
largo tiempo cronológico, más de seis meses de tratamiento. Los educadores
observan un pequeño cambio en su actitud y comportamiento: se aísla un poco
menos, habla y responde, aunque con suma parquedad.
El relato del
accidente será retomado una y otra vez, en un intento de apresar en la palabra
algo de un horror indecible. Poco a poco lo irá completando, precisando,
soportando y asumiendo. Viajaba en un coche con sus dos amigos más queridos,
amigos desde la infancia. El coche se quedó cruzado en medio de la carretera y
un camión lo partió en dos. Él sobrevivió casi intacto, apenas un golpe en
la rodilla. Sus amigos murieron en el acto y él vio cómo uno de ellos era
literalmente arrastrado y triturado por el camión, quedando la cabeza entera y
separada del amasijo informe de los restos de su cuerpo. “Miraba y miraba su
cara sin comprender, mientras seguía llamándoles...” recuerda.
Dice que estas
imágenes quedaron impresas en su mente como en un vídeo y que era como si éste
se accionara solo y volvía a verlas de nuevo, una y otra vez, a pesar de todos
sus esfuerzos para olvidarlas, incluido el haber aumentado desde entonces
progresivamente la frecuencia y las dosis de heroína, ahora vía intravenosa.
Pero ni una
intoxicación tan intensa lograban borrar el horror del cuerpo despedazado y
algo más que también insistía: la culpa, que apuntaba a que en ese cuerpo que
parecía deshabitado, había un sujeto. Unos intensos sentimientos de
culpabilidad, unidos a una pregunta que le tortura – dice – sobre cuál había
sido su responsabilidad en lo sucedido, le despiertan de un larguísimo letargo. Unos sueños – las pesadillas – despiertan al
sujeto dormido, casi abolido, en el sueño de los narcóticos, el del borramiento
de la subjetividad.
Fue él quien
propuso el viaje (iban a comprar heroína para los tres), aportó el dinero y
eligió el coche, sabiendo perfectamente – dice – del mal estado de los
neumáticos y de los frenos, en un día de intensa lluvia.
Culpa y
responsabilidad entonces que apuntan a un sujeto, más un real: la escena
traumática, que insiste y una pérdida:”Añoraba a mis amigos constantemente”.
Esta conjunción produce un corte, un límite al goce del tóxico: “La
heroína ya no funcionaba, ya no era completa”.
Aunque sus quejas
continúan y así inicia cada sesión, puede (¿quiere?) ir desgranando algo de su historia. Afirma que
todo comenzó a los 18 años, cuando hizo el servicio militar como voluntario en
Es el mayor de
cuatro hermanos. Los dos varones también consumen heroína desde hace años.
Últimamente viven en la calle y su madre les baja la comida al portal todos los
días a una hora determinada, pues ya no los deja entrar en casa. Sus padres se
separaron cuando él tenía ocho años y su madre lo internó en un colegio. Hasta
los dieciséis años recorrerá diversas instituciones, de las que siempre fue
expulsado por peleas con los compañeros y/o con los profesores.
Dice que su padre,
pastor de cabras, vive en una casa en el monte, aislado. Sólo baja al pueblo
una vez cada dos o tres meses, entonces va al bar y se emborracha hasta perder
el conocimiento. De él sólo dirá: “Tenía mal vino, por eso se separaron, si
no... Lo intentaron muchas veces”.
Sale dos días a
casa de su madre, la segunda salida en los siete primeros meses de estancia en
El paciente
regresa al Centro y dice que tiene que
irse porque ha realizado un consumo. Antes de marchar me dice que está
recuperando la memoria y que tenemos que hablar de ello. Dice también que el
encuentro con sus hermanos fue insoportable, se sentía él el culpable de su
estado, por ser el mayor y además el primero que comenzó a consumir el tóxico.
Reingresa en
Y algo se repite,
en parte, de la secuencia del primer tiempo de estancia en
“Como no puedo moverme bien, no puedo pensar
ni hacer nada, si no estaría perfectamente” me responde muy irritado cuando le invito a hablar.
Pero retornan las pesadillas y sigue hablando del accidente. Ahora puede decir
que siempre se había negado a admitir la muerte de sus amigos: “Ni fui al
entierro ni he ido nunca al cementerio”. Confiesa que se sentía sin derecho
a haberles sobrevivido. Y a partir de una serie de sesiones en las que dice
estar sintiendo una inmensa tristeza, dolor e impotencia por lo sucedido
cesarán las pesadillas y no retornarán más obsesivamente las imágenes del
accidente. Al tiempo remiten las quejas del cuerpo.
Ha transcurrido
más de un año de tratamiento,
desde su primer ingreso. Aparece entonces
una nueva queja. Se golpea de nuevo la rodilla lesionada y se hace una rotura
de menisco. Debe utilizar muletas por prescripción médica hasta que sea operado
y no puede participar en muchas de las actividades grupales del Centro:
excursiones al campo, deportes, invernadero... Dice sentirse excluido y se
queja de no ser atendido suficientemente, ni por el equipo de educadores, ni
por los mismos pacientes con quienes convive. Dice que cree todo el mundo
quiere que se vaya. Se aísla una vez más y retorna al mutismo. Sólo puede
plantear insistentemente esta queja, negándose a asociar nada más.
Hasta que le digo
que quizá esa queja tiene otros destinatarios a lo que responde: “si te estás refiriendo a mi madre, te equivocas, no es así”. La
madre del paciente vino una sola vez a visitarle, en casi dos años de estancia
en el centro. Y las llamadas telefónicas para interesarse por él fueron
mínimas. Era una mujer con muy pocos recursos (trabaja por horas como
limpiadora) y casi analfabeta.
Finalmente es
operado de la lesión satisfactoriamente, durante unas navidades. A mi regreso
de unos días de vacaciones, dice en una sesión: “He estado pensando mucho en
estos días. Lo he pasado muy mal con el problema de la rodilla. He llorado por
primera vez en muchos años. Me he sentido desatendido y necesitado y me he dado
cuenta de algo y es que en mi familia siempre fue así. Violencia, voces y más
voces. Mi madre siempre trabajando y cuando venía, voces. Y mi padre, siempre
violencia. Estaba mejor en cualquier sitio que en mi casa. Empecé a beber
alcohol, a fumar hashish muy pronto, eso me calmaba. Y cuando encontré la
heroína me dije: esto es lo que buscaba. Había olvidado que todo empezó por
eso. Ha sido muy doloroso recordar todo esto.”
A partir de este
momento los educadores constatan un cambio importante en el paciente: participa
activamente en la vida cotidiana del Centro, deja las muletas, no se queja más
de la rodilla, se ríe, empieza a enfadarse si las cosas no se hacen como él
cree que es mejor, empieza a pedir...
Y sucede también
algo muy importante para este sujeto. Se entusiasma con una de las actividades
de la comunidad: el taller de cerámica. Y dice que es la primera vez en su vida
que algo le gusta y le interesa. Le pide al monitor del taller, quien además es
artesano ceramista profesional, apasionado por su profesión, y con quien
establece un intenso vínculo, que le enseñe más y más, le pide libros sobre el
tema, va a exposiciones y a ferias de artesanía...
Empieza a preparar
su marcha de la institución. Decide instalarse en otra pequeña población donde
viven unos tíos maternos, relativamente cercana a su pueblo de origen. “En
mi pueblo todo el mundo me conoce. Allí soy un personaje y además están mis
hermanos. No puedo soportarlo todavía, necesito más tiempo y tener yo un lugar
propio”.
Con el trabajo
coordinado entre las dos trabajadoras sociales –de
Posteriormente
prosiguió trabajando como artesano ceramista, continuó visitando