Psicoanálisis en el campo del goce, Raúl Courel. Ed. Manantial. Colección “Los ensayos”

 

Raúl Corel es psicoanalista,

profesor regular adjunto de Psicoanálisis,
ex-decano de la Facultad de Psicología de la UBA,
ensayista.

 

Helena Miñarro Simarro

 

Raúl Courel es decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y psicoanalista lacaniano reconocido en Argentina. Es autor de varias publicaciones sobre psicoanálisis, pero este libro que voy a reseñar es uno de los más leídos. La lectura de los textos de Lacan no es sencilla, utiliza un estilo barroco y misterioso, por lo que alguna de sus citas más significativas da lugar a diversas interpretaciones. Seguramente era consciente de ello. De esta forma Lacan analizó con lucidez extrema nuestro tiempo. Por sus aportaciones al psicoanálisis es sin duda el heredero legítimo de Sigmund Freud. Nadie ha sabido analizar de forma tan libre y profunda los temas clave de nuestro tiempo: transformaciones de la familia occidental, el caso de la función paterna, las contradicciones del amor, la subjetividad humana en sus límites, la lógica de la locura.

 

Su teoría y experiencia clínica nos han dejado un gran legado, pero algunas de sus frases y propuestas no están exentas de un contenido enigmático difícil de descifrar. Por esto cuando alguien con una buena formación psicoanalítica hace un esfuerzo de interpretación para explicar las teorías lacanianas, la mayoría lo agradecemos por la luz que es arrojada sobre esos conceptos y formalizaciones, ante los cuales a veces resulta más fácil caer fascinado que comprenderlos cabalmente.

 

A buen seguro que Raúl Courel ha tenido esas mismas dificultades y ante lo que no ha sabido descifrar ha optado por transcribir, con lo cual en su texto encontramos innumerables citas de Lacan en las que bien poco ha añadido. El esfuerzo que sí podemos reconocer es el de efectuar un arduo recorrido lógico por los diferentes escritos y seminarios de Lacan en busca de las explicaciones y aspectos que rodean la clínica psicoanalítica y entran o se implican en el campo del goce del sujeto. Así Courel pasa del goce en su relación al saber hasta el goce pulsional, pasando, por ejemplo por la función que adquiere en la cura, el goce de la presencia del analista. Ese recorrido lógico sí que es muy valorable desde un punto de vista divulgativo y formativo, ya que facilita la búsqueda y lectura directa de Lacan. Puede utilizarse y valorarse como una buena guía.

 

De una manera ordenada intenta aproximarse a esa “sustancia” que impregna cualquier pensamiento, emoción o actividad humana: el Goce.

 

I.                   El psicoanalista ante el goce

 

El psicoanálisis se practica en muy distintos estilos y ello es debido no sólo a las particularidades del binomio analista/analizante, sino también a las propias de las diferentes épocas, culturas, etc. Lacan, sobre esto, escribe en 1953: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época [...] y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes”.

 

La experiencia clínica muestra, sin embargo, como el deseo -motor de la actividad humana- es correlativo, no con el goce, sino con la falta. Así pues, el sujeto se dirige a un psicoanalista para eliminar un padecimiento.

 

Freud pensó  la consistencia de yo como narcisismo y Lacan en términos de registro imaginario, pero los dos conceptos están al servicio del mantenimiento constante de la unidad de satisfacción para resistir las acometidas de las pulsiones parciales que se satisfacen en sus propios circuitos. Esta unidad de satisfacción universalizante del narcisismo se agrieta constantemente. La concepción Lacaniana del sujeto muestra la precariedad de las significaciones en las que el sujeto se acomoda, sea para su bien o para su mal. El sujeto se reconoce en una imagen atravesada y mortificada por las palabras que escucha. El lenguaje, pues, introduce goce pero también lo perturba porque su expansión no apacigua, sino que acrecienta la demanda. La perturbación que el deseo introduce no es tan devastadora como la del goce, del cual el yo sólo puede esperar disgregación. Así pues, Courel destaca que uno de los descubrimientos del psicoanálisis es que el significante y el goce están  indisociablemente  anudados.

 

La difusión del discurso de la ciencia en el mundo de hoy promueve que el paciente contemporáneo posea mucha más información, a veces “desinformada” pero no por ello exenta de impaciencia. Courel afirma que el psicoanalista es interpelado en los límites de su saber.

 

La función del deseo del analista no recibe hoy la misma ponderación que recibía antiguamente; entonces era prueba de la idoneidad del analista. Nos inclinamos ahora a reconocer el goce en el mismo silencio.

 

Una de las  presentaciones que el ideal tiene ante el sujeto es como indicador de dónde podrá obtener el mejor goce posible. El ideal en sí mismo carece de toda consistencia; como sabemos, el sujeto no encuentra consistencia (valga la redundancia), en él, con lo cual sólo la encuentra en el goce. Así, la consistencia de los ideales se reduce al goce que generan, que prometen.

 

Para intervenir en la cura hace falta el deseo. Courel explica que para Lacan el dispositivo analítico lidia con lo real mediante lo simbólico. Lacan produjo el concepto de objeto “a” teniendo en cuenta que lo simbólico no constituye un universo consistente y completo. El objeto “a” cuya función es esencialmente activa, es situado por Lacan en el polo opuesto del significante del ideal. Courel insiste en que la dimensión ética del psicoanálisis precisa que la intervención del analista no se inscriba en una perspectiva idealizante; el goce debe mantenerse a distancia del ideal.

 

Freud nos enseñó que las neurosis son maneras de evitar la angustia de castración y de engañarnos con respecto al deseo. En esta perspectiva Lacan denominó “deseo del analista”  a la función que sostendría esa experiencia capaz de actuar sobre el “corazón del ser”. Así pues, un analista puede ser reconocido como alguien bien plantado en sus deseos que no se desvive en esconder y de los que puede hablar franca y claramente si el caso lo requiere. Estas características pueden representar mejor garantía para un analizante que la importancia de un gran nombre dentro del mundo psicoanalítico.

 

 

II.                Entre goce y responsabilidad

 

La atención psicoanalítica enmarcada en las instituciones públicas genera debates en torno a que esa  atención gratuita ofrece un espacio de goce libre de condiciones, que no favorece para nada la asunción de responsabilidades subjetivas allí donde la intervención de  un analista las convoca. Ciertamente, estas instituciones, sus tratamientos y especialistas están financiadas por “todos”, pero el usuario lo percibe como gratuito. Véase que incluso se expresa así: servicios públicos  de los que “gozan” los ciudadanos. Efectivamente, si el sujeto se constituye a partir del Otro, ello hace que su existencia  tome el valor de un bien recibido, fuente tanto de obligaciones como de derechos. En ese punto el sujeto ha de asumir las consecuencias de sus actos, en la vida propia y también el significado y valor de los mismos en el campo del Otro. Courel ha subrayado cómo Lacan afirma que esencialmente el sujeto se arma en esos actos singulares que escapan a toda previsión  y que reclaman una elección o una actuación cabal; es entonces cuando la responsabilidad inalienable de sujeto entra en juego y la ejerce, o entrará en posición de haber cedido sobre su propio deseo, que de otra parte  ya sabemos que para Lacan es la peor opción que puede tomar el sujeto.

 

Volviendo a la atención en centros públicos, Courel los articula a la demanda histérica porque apelan al padre ideal y buscan su protección y su refugio frente a la angustia. Tampoco hay que confundir gratuidad con ausencia de costo para el sujeto. Es preciso señalar también que favorecen  la “inocentación” y el alivio de responsabilidades del sujeto. Después de estas advertencias, Courel autoriza estas atenciones, pero remarcando esas  diferencias con respecto a la consultas privadas.

 

 

 

III.             Del goce del padre al deseo del analista

 

Es la renuncia al goce, la condición del deseo.”La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo”. Nuevamente Courel cita a Lacan para aclarar el concepto de goce del analista: “Como debe preservar el analista para el otro la dimensión imaginaria de su no-dominio, de su necesaria  imperfección”. Por tanto, la función de la falta, la castración del lado del analista. En primer lugar, el analista no ha de satisfacer su escucha con lo que oye. Eso es indispensable para que el analizante vaya en pos de esa verdad no sabida, una verdad atada al goce del sujeto en la elección infantil de objeto  y las fantasías a ella enlazadas. Courel manifiesta que si el sujeto encuentra alivio en la verdad es sólo el alivio de dejar de buscarla, pero yo añadiría que hay también satisfacción en poder vislumbrarla, cual verdadero tesoro, a sabiendas de su parcialidad, de su transmutabilidad, de su evanescencia.

 

 

IV.            Cuestiones del amor y del goce en la transferencia

 

Courel nos recuerda que el sujeto recibe del otro su propio mensaje invertido y que toda enunciación habla del deseo y es animada por él. “Y que el amor de transferencia está en el inicio de la experiencia analítica.”

 

El objeto “a” es “objeto causa” nunca la mira del deseo, es decir, no reductible a representación objetal alguna. Ya que el soporte del deseo es el fantasma, no el objeto.

 

Freud señaló que el amor de transferencia era auténtico amor. Así que el analista puede engañarse, ya que el equívoco reside en poner el objeto de amor, narcisista, en el lugar de objeto del deseo, como señuelo. Es preciso que el analista esté advertido y posibilite que permanezca vacío el lugar de la causa, de modo que el deseo del otro entre en la cuenta. Para Lacan, el amor de transferencia está dirigido al saber. Al “Sujeto Supuesto Saber”.

 

Así llega Courel a la siguiente formulación: “la transferencia es el concepto que da cuenta del punto de donde el despliegue de la demanda de amor y de saber dirigida al analista encuentra un límite vinculado, precisamente, a la irreductibilidad de la pulsión sexual al orden del amor y del saber”.

 

Siguiendo en la línea de lo anteriormente tratado, podemos decir que la presencia del analista en la cura ofrece la posibilidad de que allí se encuentren instancias de goce que pueden representar un obstáculo. Pero ciertamente ¿existe algo que no esté “contaminado” por el goce? En este sentido, el psicoanálisis no iba a ser una excepción. Pero ya sabemos que el trabajo reside en asumir la castración y poder rechazar el goce para alcanzarlo en la escala invertida de la ley del deseo.

 

Para concluir este apartado, Courel escribe un párrafo sobre el deseo del analista; la interpretación es muy interesante: “La contradicción metonímica de la interpretación expresa justamente el carácter de deslizamiento antes que de afirmación de sentido. Por eso no representa sino evoca, no explica sino remite, no aclara sino rectifica y antes que alertar, provoca”. (Pág. 76)

 

 

         V.      El analista entre la angustia y la libertad

 

Es habitual identificar la angustia con el miedo o considerarla producto de procesos neurobiológicos. Esto se debe a que la manifestación de angustia puede pensarse como demanda, pero la angustia no constituye una demanda, como demuestra Courel en su recorrido sino, precisamente, su fracaso.

 

Courel dice que para Lacan la angustia está anudada al fantasma, en definitiva al deseo; la angustia es inabordable, intentar comprenderla no lleva a “nada”,  justamente el objeto “a”. Curando la función del objeto “a” está en juego, la comprensión necesariamente falla.

 

 

V.               El problema de la autorización

 

Courel declara que, para Lacan, la escuela de psicoanálisis se preocupa y garantiza que un analista surja de su formación, pero al mismo tiempo Lacan declara que “el psicoanalista sólo se autoriza a partir de él mismo”.

 

Estos dos conceptos (autorización y garantía) se diferencian pero no se excluyen, aunque deberá entenderse que lo esencial no es la acreditación de un título profesional. La formación, para Courel, no puede concluir con un “ser analista” ya que éste sólo puede situarse a nivel de la “falta en ser”. Tal es el plano donde se ubica el concepto psicoanalítico de deseo. De manera que las cuestiones de la autorización del analista y de la garantía de su formación se relacionan directamente con el concepto que conocemos como “deseo del analista”.

 

La función de los otros analistas es clave. Courel afirma que aquello que sucede en la cura bajo transferencia debe ser apreciado en los términos que corresponden al psicoanálisis por quienes se encuentran inscriptos en su discurso.

 

Courel apunta que hay un vacío de reflexión en lo concerniente a la autorización garantía y establacimento de los analistas por sí mismos y en las entradas en agrupaciones, etc. En todo grupo, asociación, escuela, etc., existe desde el principio algún mecanismo más o menos formal de ingreso. No hay tampoco, según afirma Courel, ninguna asociación de psicoanalistas que haya logrado afirmarse en el tiempo, crecer y proyectarse hacia el futuro, sin encarar los problemas de la autorización y la garantía y afrontar las responsabilidades que ello conlleva. Porque la autorización que se concede él mismo no es fuera del vínculo social, no es sin el Otro.

 

Courel agrega que no hay agrupamiento. No hay vínculo sin amor. El amor tiene dos vertientes: una es la idealizante, la otra es la del deseo.

 

En la vía del ideal, una agrupación universal que abrace a todos los psicoanalistas. Pero ¿es posible unir a los hombres sin apoyarse en la función del nombre del padre? La otra manera, por el lado de la faz del deseo y la parcialidad de objeto, cultiva los vínculos con las limitaciones pulsionales. Ideal por un lado, pulsión por otro. Courel, frente a esto, espera y aspira a encontrar satisfacciones sublimatorias. Para Courel, el malestar en las asociaciones es historia. La histérica quiere un amo, para poder comprobar que está castrado. El amo no se lleva bien con el objeto “a”. Para Courel, es mejor que los grupos sean reducidos, pequeños y que los que vayan llegando sean tan iconoclastas como él.

 

 

VI.            Psicoanálisis y liderazgo político

 

Para Courel, en su consistencia discursiva, el poder político se descubre esencialmente acéfalo. Por eso, la cabeza que se confunde excesivamente con él, está destinada a caer. Como ejemplo menciona que no es casual la intervención de la guillotina. Freud nos explicó que la relación de la masa con el líder tiene vinculación de amor, por ello la elección de un líder guarda relación con los enigmas del amor. ¿Qué hace a alguien amable? Frecuentemente la elección amorosa no se orienta por el criterio de lo mejor, sino de lo deseable, por ello la elección del líder trasciende razones de preparación, sensatez, conveniencia.

 

Courel hace también una interesante incursión por el mundo de la moda y subraya que cada vez menos apela a buenas razones, sino esencialmente lo diferente; se vale del adorno, de la distracción y de la máscara. El éxito en estado naciente revela una estructura similar a la del chiste, tanto que sorprende incluso al que es objeto del mismo. Finalmente, Courel nos recuerda, acerca de la figura del líder, que es alguien que permite que los demás se solacen a cambio de ser reconocido como jefe.

 

 

VII.         El goce entre el significante, el matema y el nudo

 

Courel nos avisa de que las conceptualizaciones psicoanalíticas no son formulables en una secuencia cronológica de argumentaciones donde las posteriores superan en valor de verdad a las anteriores, es decir, no es un saber que progresivamente crece y se completa. Lacan opone la dialéctica del deseo a la dialéctica hegeliana del saber. Así, el psicoanalista y su saber, mejor, su no saber responde a la dialéctica del deseo que acaba por enfrentar al sujeto con el límite de lo imposible. De que el saber tenderá a reducirse. Tanto es así que Lacan aspiró a poder formularlas en matemas. Lacan define el campo del psicoanálisis como campo del goce (Seminario VIII). También se plantea la inconmensurabilidad del goce, es decir, la imposibilidad de su contabilización. Para aproximarse a la acotación, lo inconmensurable del goce y del objeto, Lacan se vale del matema. Para Courel, el saber del psicoanalista no es como el saber del científico. Pero el matema podría permitir un cálculo de la acción. La acción del analista no puede equipararse a la de un chamán, no actúa a ciegas, aunque los efectos de sus intervenciones sólo puedan leerse après-coup, responden a la formalización lógica de la experiencia.

 

Para Courel, el psicoanálisis no es una ciencia, pero al mismo tiempo aboga por la conveniencia de permanecer a su lado. Las razones que da son que el psicoanálisis debe permanecer muy próximo a los discursos científicos que dominan nuestra época y cultura. Así, para él, el interés lacaniano por el cálculo infinitesimal era para estar inmersos en la discursividad moderna. Cita a Lacan en el Seminario XX “Aún”, en un sentido y en otro, en las que Lacan parece contradecirse para finalmente, apoyándose en la que Lacan menciona que el “truco analítico no será ‘matemático’” vuelve a decir que el psicoanálisis no es una ciencia.

 

Es sabido que la experiencia enseña que no hay saber sobre el goce sexual, pero Courel observa que desde que hablamos estamos empeñados en hacerlo posible. Lacan precisa: a intentar escribirla. Entre sujeto y objeto no hay relación, sino fantasma.  

 

Courel puntualiza que, debido a que el goce (goce del cuerpo) no se deja significar cabalmente, se articula “otra relación”, relación sexual que no es  (falo y castración). En definitiva, goce fálico, que para Courel está fuera del cuerpo.

 

El psicoanálisis describió que la sexualidad no se agota con el significado fálico, queda un real más allá de la ley del significante; Lacan lo concibió como imposible lógico. Courel explica que Lacan recurrió a la topología y particularmente a los nudos buscando consistencia. La consistencia entre imaginario, simbólico y real reside en el nudo. No se trata del espesor de la cuerda en sí misma como sostén, sino en que esté anudada. Se trata de la estructura del nudo. Courel pasa a expresar que, aunque Lacan trabajó con estructuras de nudos cuaternarias, él piensa que funciona mejor con estructura terciaria, ya que con los tres del nudo se puede perfilar con mayor precisión la función del objeto “a”. Habla finalmente de la reubicación de los modelos cuaternarios sabiendo que el cuarto anillo se refiere a la realidad psíquica del inconsciente, es decir, la subjetividad.

 

 

 

Bibliografía:

-Lacan en el Seminario XI. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, BCN Paidós.

-Lacan Seminario XX. “Aún”, BCN Paidós.

 

 

SUMARIO