NI PRÍNCIPE NI PRINCESA

 

Raquel Jiménez Serrato

 

PRÓLOGO

 

Desde el momento en que me hice cargo de este caso, a partir de las derivaciones de las dos analistas que anteriormente lo habían llevado, me interrogué sobre la estructura psíquica que subyacía en él, porque me daba cuenta de que, como E. dirá en alguna ocasión, “se me escapaba alguna cosa”, y esta “cosa” (el goce no anudado a la castración) me ha llevado a ir pensando y pasando de una estructura a otra. Y aún más allá. Trataré de explicarlo.

 

En un principio, desde la neurosis, podía pensar los cuentos de hadas que el sujeto reproduce o reinventa como un círculo cerrado en el que se protegía del deseo materno invasor; pensarlos incluso como solución de compromiso contra los deseos divergentes entre padre y madre, en una especie de estado de pausa que lo mantenía inmóvil, encerrado-atrapado dentro de un cuento, el suyo propio. Pero no encontraba síntoma; los cuentos no hacen serie: se trata de una repetición ad infinitum de las escenas que conoce de memoria y a través de las que habla y se habla.

 

Después, empecé a sospechar si no estaría delante de lo que podría manifestarse, en el transcurso del tiempo y una vez finalizada la fase de latencia, como un tipo de goce que ya no iría en la línea de la polimorfía infantil sino más bien en la de “hacerse pegar”, perseguido siempre por un otro que maltrata. Y finalmente llegué al convencimiento de que se trata de una estructura psicótica, muy florida en su presentación en escena, con un original automatismo mental, unidireccionalidad del discurso y articulación de la contención del delirio a partir de los cuentos de hadas y otros recursos similares, bajo la ilusión formal de significantes enganchados a una cadena discursiva, también en forma de inexistente metáfora.

 

E. tiene 12 años y está en la fase de latencia, aunque más bien parece una latencia voluntaria, necesaria para no “dar el paso”, para no despertar del encantamiento en los brazos de un príncipe o princesa que muestre la cara más terrible del goce: el encuentro con lo real sexual.

 

Para inscribirse en la significación fálica y transformar el objeto ‘a’ como  causa de deseo habría sido preciso atravesar la castración y salir de ella por la identificación a un Ideal del yo más o menos preconfigurado en el seno de la familia. Pero como vemos con Colette Soler, hay dos superyós: el que pasa por el Otro barrado o por el Otro sin barrar.

Cuando un sujeto hace este recorrido y de alguna manera falla, lo situamos en la neurosis, y en el caso de los niños, a parte del caso por caso, éstos acostumbran a recorrer este circuito a partir de la lectura cifrada del síntoma de la pareja parental. No es éste el caso; no encuentro ni punto de capitonaje ni punto de vinculación entre significación i significante en una cadena que articule los tres registros RSI.

 

Los cuentos y las películas que E. reproduce y repite parecen ejercer, y de hecho ejercen, la función de synthome que, como sustitución de la articulación, es capaz de hacer de lazo, a veces muy sólido, y dotar de sentido aquello que, en un principio, parecía no tenerlo. Todo ello me lleva a concluir que la estructura subyacente en este caso es la psicosis.

 

Mi hipótesis de trabajo es, pues, que la articulación entre habla y lengua que subyace en los cuentos en general y en los de hadas en este caso particular, permite a este niño mantenerse dentro de un orden simbólico en el que se refleja como personaje, poniendo así límites a su particular goce invasor que lo lleva a ser siempre el sujeto pasivo que está “como la Blancanieves en aquel momento en que la bruja le da la manzana y ella la muerde y entonces…”. Aquí el niño hace un gesto de desmayo con la cabeza y sonríe.  “O como la princesa Odette, que ha sufrido una maldición y es cisne todo el día y sólo se convierte en princesa si la baña la luz de la luna, y el encantamiento tan solo se deshace si el príncipe Derek le da un beso en aquel preciso momento...”. Que recuerda el empuje schreberiano a ser, fantasmáticamente, la mujer del Otro sin barrar.

 

1er CAPÍTULO: LA HISTORIA

 

A finales del año 98 E. fue traído a consulta a un servicio público de psicología. Entonces tenía 5 años. Del protocolo que la primera analista escribió de la entrevista con la madre he podido saber lo siguiente:

 

Desde la escuela se detectaban problemas de relación con los otros niños: “no quiere que le toquen”. Es un niño que habla mucho y “está en su mundo”, dice la madre, haciendo así la primera referencia al mundo de los cuentos. También dice que todo le da miedo “quiere que estemos todo el día juntos, las 24 horas”. E. grita mucho y lo hace para llamar la atención. No quiere hacer ninguna actividad extraescolar porque “yo quiero estar contigo”, le dice a la madre. Del padre no aparece ningún comentario, si no es para decir que trabaja todo el día y que no quiere escuchar nada que haga referencia a los cuentos.

 

No quiere ir a la escuela. Amenaza con vomitar y lo hace. Durante este curso, escribe la analista, continúan los conflictos con los otros niños; con las niñas se lleva mejor. Continúan los miedos y, sobre todo, continúan los cuentos. Y una anotación que será fundamental para mi hipótesis, años más tarde: “Maestra, tengo miedo de que se me escape algo”.

 

Desaparece del servicio en junio del 2001 y reaparece en febrero del 2003. En aquel momento, la analista había cambiado. La entrevista de la segunda analista con la madre transcurre prácticamente calcada de la primera. E. ya tiene 9 años. La segunda analista escribirá: Continúan los cuentos, las muñecas, los castillos y se han incorporado los libros de cuentos desde que el niño empezó a saber leer. La madre dice: “Por la mañana, cuando sale de casa, ya lleva el libro en la mano; me parece que así se siente seguro”. También continua el desasosiego del niño porque “todos seamos una piña”.

 

Del padre dirá que es un hombre nervioso, inquieto, que todo lo quiere perfecto. Extraído de los cuentos aparece el término “bruja”. La madre explica: “Yo soy la bruja, porque le obligo a hacer los deberes, pero también soy la más bonita y a quién más quiere” (la princesa/el hada). “Yo tenía todo el día para contemplarlo”. La madre le leía cuentos continuamente: para desayunar, para comer, para cenar...; juega con sus Barbies y otras muñecas. E. controló los esfínteres normalmente, pero: “la caca se la aguanta; si no se lo digo, puede estar tres o cuatro días sin hacer; una vez se hizo una fisura”.

 

Por un dibujo que E. hace al final de este tramo, yo aún quería pensar que quizá no era más que un niño síntoma tratando de escapar de la posición petrificada como objeto materno y buscar la salida edípica, con la identificación que ésta vehicula (dibujo del cocodrilo). Más tarde me di cuenta de que seguramente representaba la imposibilidad “real” de no poder cerrar lo que debería de estar cerrado, constituido: el velo sobre lo real.

 

 

Cuando conozco a E. en octubre del 2003 tiene 10 años y 5 meses. Cursa 5º de primaria.

En su primera entrevista conmigo, la madre dirá: “antes le veía muy infantil, todo era como un cuento de color de rosa, todo príncipes y princesas... Esto le aislaba de los demás niños, no tenía amigos. Ahora no está tan metido en estas fantasías y se comunica mejor”, afirmación que el propio niño se encargará de contradecir desde la primera sesión.

La característica que llama más la atención en E. es su amplísimo y exquisito vocabulario. Se expresa casi en registro culto, cosa absolutamente chocante en un niño de su edad. El tono de voz y la modulación que le imprime, en cambio, es “de cuento”. E. “tiene pasión por la lectura”. Esta característica hace que los otros niños y niñas le vean como un ser diferente y extraño; le llaman “mariquita”, y la madre añadirá:” todos somos como somos, qué le vamos a hacer”, y lo dice sin otra expresión facial que no sea una sonrisa que mantiene congelada durante tota la entrevista.

 

E. es un niño que se niega a hacer cualquier referencia a la sexualidad; a la suya, a la de los padres: la madre no recuerda si “se tocaba” cuando era pequeño; sí que se da cuenta de que su hijo menor lo hace. Dice: “quizá que ahora lo hace a escondidas”. Ella le enjabona  “a fondo, por todos los rincones” cuando le baña, y también le limpia el culo cuando va al váter.

 

En ésta, que será la primera de una serie de entrevistas que haré con la madre, me doy cuenta de que parece una mujer que no transmite emociones, incluso su voz y el tono que utiliza suenan disarmónicos, como “mal modulados”.

 

Cuando ya había transcurrido casi un curso desde que E. y yo trabajábamos juntos, conseguí que el padre asistiera a una de las entrevistas. Llegó tarde, enfadado y, en un tono que no era precisamente amable y sí excesivamente alto, me recriminó que le estaba haciendo perder el tiempo, que no entendía por qué su hijo tenía que ir al psicólogo, ya que las tonterías de los cuentos y las muñecas eran culpa de su mujer, y que él, de todo aquello no quería oír nada de nada.

 

Pero cuando el niño pide libros y DVD de cuentos de hadas, el padre no dice nada: ni lo permite ni lo prohíbe: “Es cosa de su madre si se los quiere comprar, yo querría que jugase a cosas de niños...”, como hace su hijo pequeño, con quien sí juega a fútbol y “a estas cosas”. Pero comenta, como de pasada, que cuando E. mira los cuentos por la TV, él se sienta con él, y que de pequeño le gustaba mucho disfrazarse de “cosas de niñas, porque todas las criaturas las hacen estas cosas”.

 

Le pregunto si hacen algo juntos. Dice que los fines de semana le dedica un rato -que consiste en reprenderlo continuamente- “para que haga los deberes, para que no lea cuentos, para que no mire príncipes ni princesas...”. “Tiene el ordenador lleno de todo esto”, se queja. E. se llama como su padre. Físicamente parecen dos  gotas de agua. En el transcurso de las sesiones manifiesta a menudo que no le gusta llamarse E. “porque es un nombre feo”. Se quiere llamar Tom. Le pregunto por qué, pero, como siempre, no responderá a mi pregunta.

 

Tampoco no se siente bien con su cuerpo. Se quiere adelgazar, no quiere tener barriga, quiere ser otro, otro distinto de como es, porque no quiere ser un cerdito. El significante cerdito reaparecerá siempre referido a connotaciones físicas de fealdad, gordura, corpulencia y “porquerías” de tipo sexual.

 

 

2º CAPÍTULO: LA FAMILIA

 

La familia de E. está compuesta por padre, madre y dos hermanos más pequeños, una niña, N., de 9 años y un niño, G., de 6. La relación entre los tres hermanos es bastante complicada.

Del pequeño dirá que es un puerco porque va desnudo por encima del sofá arrastrando “aquello, tu ya sabes qué quiero decir”, por la tapicería. Cuando le digo que no sé qué quiere decir, cambia de tema, como siempre. E. no quiere ser el mayor de los hermanos sino el pequeño: “querría haber sido el último”.

 

La madre explica que unos meses antes de que E. naciera, murió la abuela paterna. “Yo estaba embarazada de E. y fue un embarazo muy triste... Entonces tuvimos que traer al abuelo a casa, a vivir con nosotros, porque no estaba bien de la cabeza; nunca lo estuvo del todo”. Murió en seguida, al cabo de unos meses del nacimiento de E.

 

Dice que la relación que su marido mantenía con sus padres era buena, pero que con quien mantenía un vínculo muy especial era con la madre porque “ella era el hombre de la casa”. El padre de E. tiene un hermano menor, soltero, que “no es tan nervioso ni tan inquieto como mi marido”.

 

La relación de la madre con sus propios padres es parecida: “nosotros también éramos de mi madre”, dirá. Ella es la mayor de tres hermanos: dos mujeres y un hombre. Cuando ella y su marido supieron que estaba embarazada, él quería una niña, “era su obsesión”, explica, “y yo quería un niño”.

 

 

3er CAPÍTULO: LOS CUENTOS DE HADAS

 

Cuando salgo al vestíbulo a buscar a E., el día de la primera sesión, me lo encuentro sentado en las faldas de su madre. La va soltando poco a poco de la mano mientras camina hacia mí.

 

Es un niño físicamente fuerte, corpulento, robusto. En contraste, tiene voz de niño pequeño. Despliega una verborrea inagotable y es muy amanerado. También es muy inteligente y sigue sus estudios con éxito. En entrevistas con su tutora, ésta muestra su admiración por la capacidad intelectual y lingüística del niño, pero también la preocupación por lo que llama “la indefinición sexual de E.”: “A ver qué será al final, si príncipe o princesa”.  E. no será ni lo uno ni lo otro.

 

Los niños se ríen continuamente de él, le insultan, le llaman fifí y mariquita, “pero él también se lo busca, con las maneras y los gestos que hace y las respuestas que les da (como por ejemplo: malo, malvado). Se entiende muy bien con las niñas, eso sí”.

 

Los cuentos se despliegan en tres versiones:

De la primera versión es el dibujo de la princesa Odette atrapada en su encantamiento por el brujo Rotlan, como un cisne blanco. E. escribe el cuento y, además, explica que dentro del estanque hay dos cocodrilos que pueden herir al cisne (dibujo pág. 5)

 

 

 

Entre el cisne y Odette él elige el cisne y lo hace a partir de la siguiente historia: “L. (compañera de la escuela) me convirtió en cisne. Es muy mala, una bruja. Me dijo que por la noche podría volver a mi forma originaria, que sería cisne de día y de noche volvería a ser niño, mi verdadera forma, exponiéndome a la luna llena en la riera. Una noche conocí a A. (ex compañera de la escuela), que era una princesa y le dije que el encantamiento se rompería si una niña tan bonita como ella me quería. Y L. moriría. Entonces ella me dijo que daría un baile para encontrar esposo. Me dijo: ‘Ven mañana por la noche al castillo.’ Le susurré que sí por la oreja. La noche siguiente me puse en la riera y me escapé allí donde estaba la luna para convertirme en un niño. Fuimos corriendo hacia el castillo antes de que L. me descubriese, pues aun dormía. Empezó el baile. A. bailó conmigo toda la noche. Me preguntó: ‘¿Te casarás conmigo?’ Entonces L. se murió, el encantamiento se rompió y nos pudimos casar”. Pero en el dibujo que hace, el cisne desvela a la princesa.

 

 

 

A E. le gusta mucho disfrazarse. Siempre de princesa, de color de rosa. “Juana de Arco iba vestida de hombre”. Le pregunto por qué. “Porque hacía de caballera.” ¿De soldado, no?” le digo yo, a lo que él añade “Porque hablaba con Dios. Yo también quiero hablar con Dios”.

 

En una segunda versión, aparecen los dobles. La madre lleva a los hermanos juntos a la peluquería. “Yo quiero estar solo, no quiero ir siempre con él; la madre dice que somos gemelos pero no lo somos, ¿verdad?”. A partir de aquí explica que él es “bessons” (gemelos y géminis, en catalán), es géminis de signo (signe, signo en catalán; cigne, cisne en catalán) zodiacal y quiere ser cáncer, cangrejo (cranc, en catalán) como Blancanieves. Peter Pan es gemelos/géminis (bessons) i no quiere ser como él, porque acabó mal (se hizo mayor, en la película). Porque ser géminis trae mala suerte: “Y si no, fíjate, cuando tenía cero años mis padres eran tontos y no me cuidaban; un perro se me abalanzó y desde entonces me dan miedo los perros”.

 

Otro día explica un cuento: “Los sueños de Guille”. “Guille sueña con el duende azul que le persigue. Tiene miedo. Su padre le dice que venga a la cama con su madre y con él, y que por la mañana ya pensarán en alguna solución parar atrapar al duende azul.  Guille tiene un mal sueño; el padre había cogido una escoba para cazarlo. El padre condujo al duende hacia la trampa de los sueños. Guille le pregunta al duende cómo se llama y éste le responde que Guillamet. Era muy, pero que muy pequeño, y le dice: ‘¡No me ilumines con la linterna!’”

 

Se desvela una fascinación por la imagen de su doble en el espejo (¿goce narcisista transexual?). Se queda rato y rato mirándose en el espejo que hay en el despacho. Hace un dibujo en el que “Maron i Jeanne son la misma persona. Se miran a través del espejo. Cuando Maron se mira, ve que en realidad es Jeanne”.

 

 

 

En la tercera versión de sus historias aparecen los animales: los gatos y los perros como representantes del bien y del mal, asociándoles las personas que los tienen. Su profesor predilecto tiene un perro. Dice: “Se lo tendré que decir (que le gustan más los gatos), porque si no me tendré que pasar la vida disimulando que me gustan los gatos en lugar de los perros”. Retoma aquí el tema de Juana de Arco “que quería ser un hombre en lugar de una mujer”.

 

En todas las sesiones aparecen los agravios a los que es sometido por parte de la madre, de los compañeros de la escuela y, sobre todo, de la maestra: el cerdito y el esclavo. La madre le hace merendar y terminarse siempre el último donette, “para que me engorde  como un cerdito; ¿por qué no se lo da a N. o G.?

 

Un día sucedió un hecho  que significó un punto de inflexión: Tres niños de la escuela “me miraron el culo; son cerditos, los tres cerditos. Yo estaba sentado en un banco. Vinieron por detrás y ¡pum!, se aprovecharon” (a bajarle los pantalones y mirarle el culo). Según E. los compañeros de la escuela le atacan siempre, le insultan y quieren hacerle daño, “pero yo les adivino los pensamientos”. Los niños siempre son mas fuertes o están protegidos por la maestra, que “le obliga” a dejarse agredir o insultar por los otros niños, “porque me tiene como un esclavo”.

 

“A. dice que yo seré su esclavo; yo no quiero ser un esclavo (el sujeto), un criado de todo el mundo..., pero A. es valiente y yo muy cobarde porque cumplo las órdenes y no me gustan los castigos”. “Yo deseo la libertad pero no quiero tenerla. La libertad no es buena para mí. La maestra me hace trabajar como un esclavo, yo soy un esclavo..., yo no tengo nada en contra de ella y ella lo tiene todo en contra mía”.

 

Los niños de la clase no se dejan tocar pero a él sí que le tocan “y esto es trampa”. Mientras tanto, va haciendo un dibujo: es una princesa y la luna. Después borra la luna y en su lugar hace un sol. Va borrando y transformando la figura haciéndola más delgada y más pequeña. Dice que es la Fiona de Srek. Al final, lo borra todo mientras dice: “F. me convenció para que me engordase.”

 

 

 

 

 

 

Un compañero ha sido castigado: “Se hizo una mancha en la escuela y yo quisiera salvarlo de la mancha, del castigo, haría de criado de su madre, le haría la ropa, la comida, todo; yo cargaría con el castigo y que me castigase a mí”.

 

Otro niño “me romperá todos los huesos y tendré que ingresar en el hospital.” “Yo quisiera matarlos, matar a alguien, pero la policía me detendría...”. Un niño “me quería hacer disfrazar de caperucita roja.” “Te puedes negar”, le comento. “No, porque me puede picar.” E. siempre utiliza este verbo cuando se refiere a agresión física. Lo asocia (?) a un cuento y dice: “¿Los lobos comen carne, comen cisnes?” Porque cuando está muy enfadado con los compañeros, él también se los comería.

 

 

 

4º CAPÍTULO: FENÓMENOS DE LENGUAJE Y OTRAS CONSTRUCCIONES  LINGÜÍSTICAS

 

Tiene “una molestació” (debo conservar el original catalán para mantener el neologismo, pero equivaldría a molestia, en castellano) de cuerpo” Le pregunto qué es y me responde que “hay alguna cosa dentro de tu cuerpo que te molesta”. Cuando le  pregunto qué es lo que le molesta, cambia de tema, como siempre (porque no puede volver sobre sus significaciones porque no hay otro que se redoble para hacerlo ya que no hay Verdrängung del falo).

 

Hace un dibujo de una niña mirándose en el espejo. La figura que se refleja es un niño. “Un kamikaze.” “Qué es un kamikaze?”, le pregunto. “Es alguien que se renueva”, dice. “Qué quieres decir, ¿que tiene otra oportunidad de ser otra cosa?” le pregunto. “Eso mismo”, responde.

 

En una sesión explica que el padre le ha “picado” (pegado en catalán) “porque no entiendo las bromas. Los hijos no se entienden mucho con los padres, ¿verdad?” Y añade: “Cuando más bromas coja más cosas perderé” (“Quan més bromes n’agafi més coses perdré”). Le pregunto qué quiere decir y explica que es un refrán, “cuando más bromas elijo para reñirla (a la hermana) ellos me sustituyen durante ocho días el ordenador, las películas…” (“quan més bromes trio per renyar-la (a la germana) ells em substitueixen durant vuit dies l’ordinador, les pel.lícules...”), es decir, le castigan, y “yo tengo mucha envidia de ella”, de la hermana. Como se va haciendo evidente, la sintaxis es correcta pero las frases son semánticamente inconexas.

 

También aparecerán las antonimias: corazón puro, que significa ser bueno, generoso, amable; corazón impuro, que quiere decir ambicioso, malo, malvado. Él se define como corazón puro y a sus compañeros, los que le quieren mal, corazones impuros.

 

 

5º CAPÍTULO: NO QUIERO HACERME MAYOR

 

Un día E. dice: “No quiero ser un chico, quiero ser... (y hace gestos con las manos: marca cabellos largos, vestido, falda, cintura, etc.); las niñas son más bonitas”, mientras se acaricia la cara mirándose al espejo.

Una vez al año más o menos le dan lo que él llama “pinchazos en la nuca” y le duele mucho la cabeza.

 

No quiere hacerse mayor, no quiere tener 15 o 16 años, “quiero ser como ahora; ¿por qué los niños pequeños de guardería son todos tan buenos y en cambio los de instituto son tan malos?”. “Yo he nacido queriendo ser una niña; yo quiero ser una mujer y no un hombre...”. “Ser un hombre es ser malo...”. No quiere que le aparezcan los atributos masculinos. “Me cortaré la barba, los cabellos, me lo cortaré todo...”

 

 Le pregunto si es lo mismo ser hombre que ser mujer. Me responde que no, que se lo han contado en la escuela. Le pregunto si su hermana y él son iguales. Dice que no porque miran películas diferentes. Entonces, ¿en qué son diferentes el padre y la madre? Pues “en la altura, la piel, las horas en que terminan de trabajar... y para hacer pipí”. Y ¿en qué se parecen él, su hermano y su padre por un lado y su hermana y su madre por otro? Dice que no me entiende. La única referencia que hace a la diferencia de los sexos es para decir que su hermano es muy sucio porque todo el día se está tocando el pene, “yo no, nunca, y mi madre me dice que soy como una perra de estas francesas, una caniche, porque soy muy limpio, y mi padre se duerme desnudo en la cama, sin calzoncillos, y yo no me los saco nunca”. Para E. no hay dos sexos sino uno solo que todavía no conoce: el transexual.

 

 

6º CAPÍTULO: EL FANTASMA DE LA ÓPERA

 

Kire, Erik es el fantasma. Me dice el nombre al revés porque quiere que yo lo adivine. “Erik tiene la cara muy fea. Quiere raptar a Cristina, la mira a escondidas. Cuando se saca la máscara Cristina se desmaya”. “Yo quisiera verle la cara sin máscara.” Lo busca por Internet y encuentra la película antigua: “Es como un monstruo.” Ha tenido miedo por las noches a partir de esta visión. E. dice: “Hay una cosa que se me queda grabada en la cabeza como si fuese de verdad: el fantasma.”

 

Hay tres Eriks diferentes, explica: al primero la mascara le cubre toda la cara, al segundo sólo la parte izquierda y otro, a quien Cristina saca la máscara. Ella, cuando se la saca, es diferente. “Yo quisiera que Erik no hubiese salido nunca de las alcantarillas.” Las alcantarillas son una preocupación recurrente de E.; quiere saber exactamente por dónde pasan (bajo el teatro), porque son un lugar oscuro y húmedo.

 

 

 

7º CAPÍTULO: CONTINUARÁ...

 

Como  analista tengo el dudoso privilegio de acompañar a E. en la construcción de su delirio psicótico que se va metonimizando recursivamente en los cuentos de hadas, las películas, etc., donde, a la manera schreberiana, el goce narcisista tiende a la feminización y se ofrece al Otro no barrado.

 

La prudencia me obliga a no ir más allá de la hipótesis de trabajo que me marqué al principio. El sujeto es de corta edad; sin embargo, se va desvelando un más allá que apunta a la transexualidad. Si LaMujer es una de las suplencias del significante fálico forcluido, y en este caso parece que configura el synthome que comporta la identificación fantasmática del sujeto, ¿es éste el camino que E. transitará?

 

 

                                                                       Taller de Clínica

 

4 de junio de 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

ANDRÉ, Serge: ¿Qué quiere una mujer? Siglo XXI ed. México, 2002

 

MILLOT, Catherine: Exsexo. Ensayos sobre transexualismo. Ed Paradiso. Barcelona,  

                                    1984.

 

CAZENAVE, PRANDI et alt: Infancia-Pubertad. Una práctica psicoanalítica con el Obstáculo. Ed Labrado. Buenos Aires, 1998.

 

SOLER, Colette: La querelle des diagnostics. Cours 2003-2004. París, 2004.

 

 

SUMARIO