BREVE HISTORIA DE LA PSICOSOMÁTICA.
DIFERENCIAS ENTRE LA CONCEPCIÓN MÉDICA Y LA
PSICOANALÍTICA
Ponencia para la Jornada del 16 de diciembre de
2006, organizada por Fort-Da,
“Pulsió, cos i paraula”
De lo “psicosomático”, en un sentido amplio, se
han ocupado y ocupan una heterogénea gama de investigadores y profesionales.
Como consecuencia, la variedad de discursos que se entrecruzan suele tener como
elemento común sólo ese término, aunque sea diferente su significado para los
distintos tipos de encuadres teóricos.
En lo que respecta a la medicina, superada la
concepción mágico-religiosa predominante en sus primeros tiempos, la
observación de ciertas enfermedades originadas en momentos de crisis
psicológica o social hizo proponer la existencia de factores psicológicos en la
etiología de determinadas enfermedades, y consecuentemente despertar el interés
por conocer y dominar esos aspectos causales.
El término “psicosomático” o “psicosomática”
introduce la hipótesis de una unidad funcional somático-psíquica, pero
igualmente y en el mismo proceso, separa dos campos diferentes y heterogéneos,
y cuya interacción ha sido motivo de reflexión para los pensadores de todos los
tiempos.
Si nos centramos en nuestra cultura, de la
indiferenciación que de ambos principios hacía Homero, se pasó a la clara
distinción entre el sōma y la psykhē de los pensadores
presocráticos del siglo VI a.c., en especial Anaxágoras, que fue el que hizo la
primera clara separación entre ambos.
Para esos autores, la psykhē era algo invisible que movía al cuerpo, sentía y
pensaba, y el sōma era lo que
era movido, lo que se podía ver y tocar, y para ellos, como señala Pedro Laín
Entralgo[1],
la diferencia entre ambas no era la equivalente al cuerpo y el alma del
cristianismo, sino la de una materia sutil y otra menos sutil.
En ese sentido, esa realidad material de la psykhē propuesta por los
presocráticos, permitió que un siglo después Hipócrates, considerado como el
fundador del discurso médico occidental, también la incluyera en la descripción
del cuerpo humano como una más de sus partes.
Conectada con el fuego, con el pneuma, el cerebro,
la sangre, o el corazón, crecía a lo largo de la vida y visitaba todas las
partes del cuerpo, y entre otras causas, podía contribuir a su alteración
mórbida. De ese modo, el tratamiento médico obligaba a no tratar sólo la parte
enferma, sino que atendía la enfermedad como parte de un todo, que
condicionaba, a veces de manera decisiva, el modo y la eficacia del remedio
terapéutico.[2]
Como se puede ver, el aspecto integrador y
holístico que tienen algunas concepciones actuales sobre la “psicosomática” era
tenido en cuenta ya en los siglos V y VI a.c. por los antiguos padres de la
medicina.
No obstante, fue Galeno, siete siglos más tarde,
el autor del primero de los paradigmas importantes de la historia de la
morfología humana. Heredero de todo el saber anatómico de los griegos y
verdadero iniciador de la ciencia anatomofisiológica, su saber impregnó la
medicina durante siglos, tanto la de bizantinos y árabes, como la de los
cristianos medievales de Occidente, permaneciendo vigente hasta el siglo XVI, momento
en que apareció el tratado de Vesalio, “La fábrica”, punto inaugural de la
anatomía moderna y del movimiento denominado “mecanicismo”.
Platónico y aristotélico en muchos aspectos, no
lo fue en cuanto a la concepción de la realidad del alma, ya que, para él, no
sería otra cosa que la esencia de la mezcla de los humores correspondiente a
los seres humanos. Nada habría de inmortal e inmaterial en ella, y llegaba a
afirmar clara y resueltamente que el cuerpo era nuestra única realidad. Como él
mismo decía, “la utilidad, la función, el sentido vital de la actividad de
todas las partes del cuerpo, es la psykhē,
y de ésta es órgano el cuerpo”[3]. Por eso, además de los venenos o las
dietas inmoderadas, entre otras, una causa externa de enfermedad podía ser un
afecto del ánimo o una alteración desordenada de la psique[4].
Tras la Edad Media, marcada por el pensamiento
aristotélico vehiculizado por Tomás de Aquino y su separación radical entre un
alma espiritual y un cuerpo material, el desarrollo de una conciencia de la
propia individualidad y el afán de experiencia personal propio de la burguesía
de la época, fue plantando el germen humanista y racionalista que acabó por
encender la llama del Renacimiento.
En el ámbito de la medicina, la
concepción panvitalista de Paracelso, en el siglo XVI, planteaba el organismo
humano vivificado por una “ánima” inmaterial y superior, en el que las
enfermedades podían deberse a un origen somático, pero también a un origen
anímico. Por eso, y entre otros cambios conceptuales, la idea hipocrática sobre
la histeria como acción del útero sobre la psique, quedaba invertida en
Paracelso, considerándola efecto de la acción de la psique sobre el cuerpo, de
forma que tanto hombres como mujeres podrían sufrirla.
Más tarde, y en concordancia con el
progresivo influjo del racionalismo de Descartes y el empirismo de Bacon[5],
se iban desarrollando un buen número de interpretaciones sobre la enfermedad
que también se iban alejando de la concepción humoral clásica. Por ejemplo, la
concepción iatromecánica o iatrofísica, postulaba al ser humano como una
especie de máquina que funcionaba según una serie de leyes mecánicas e
hidráulicas. Otra concepción contemporánea es la iatroquímica, que, basándose
en la biología de Paracelso, consideraba que las funciones vitales eran
consecuencia de diferentes procesos químicos que generaban transformaciones
materiales, todo ello animado a modo de catalizador por lo que llamaban “fuerza
vital”. Producto de esa visión es,
por ejemplo, la concepción de Willis sobre la manía y la melancolía como
efectos de alteraciones de tipo químico sobre lo que llamaba anima rationalis.
Años después, la Ilustración, con su
culto a la razón y su método empirista, hizo multiplicarse las observaciones
sobre la influencia de lo psíquico sobre lo somático.
Ya en 1788, Falconer publicó su Disertación sobre la influencia de las
pasiones en relación a los trastornos del cuerpo, y una década más tarde
Tissot publicó su libro: De la influencia
de las pasiones del alma en las enfermedades, y los medios para corregir sus
malos efectos.
También a finales del XVIII, Pinel escribía que
“se había visto cómo sobrevenía la erisipela después de pesares intensos”, y describió en su nosografía los
procesos denominados “neurosis de la digestión” y “neurosis de la circulación”,
y a su vez, Cabanis afirmaba que “el cuadro general de la naturaleza humana
se divide en dos partes principales: su historia física y su historia
espiritual, y de la reunión metódica y de la indicación de numerosos puntos por
los cuales aquéllos se tocan y confunden, resulta lo que se puede denominar la
ciencia del hombre”[6].
A principios del XIX, Morgagni hablaba de
diarrea, cefalalgias y síncopes provocados por el nerviosismo, y Trousseau
insistía en el origen nervioso del hipertiroidismo y de ciertas diarreas, y a
propósito de la dispepsia afirmaba: “¿quién no sabe cuán a menudo las
preocupaciones morales prolongadas largo tiempo tienen una funesta repercusión
en el aparato digestivo?”[7]
Del mismo modo, se encuentran ideas parecidas en
los tratados médicos en lengua alemana, como en las obras de Schönlein,
Ziemssen, Wunderlich, Traube o Strümpell.
No obstante, el término “psicosomático” como tal
no aparecería en literatura médica hasta 1818, en la obra del internista y
psiquiatra alemán Heinroth sobre la influencia de las pasiones sexuales en la
tuberculosis, la epilepsia y el cáncer.
Aunque su uso no se extendió hasta el 2ª tercio
del siglo XX, Pavlov y Cannon volvieron a tratar el tema de lo
“psicofisiológico” a finales del XIX, en relación a sus investigaciones sobre
el condicionamiento animal y sobre la muerte vudú provocada por “métodos
mágicos”. También a finales del XIX, Maudsley, en su libro Fisiología de la mente publicado en 1876, escribía que “si la
emoción no se libera, se fija en los órganos y trastorna su funcionamiento”, y añadía: “la pena que puede
expresarse mediante gemidos y llantos se olvida con rapidez, mientras que la
pena muda que roe el corazón continuamente acaba por romperlo.”[8]
No obstante, y en plena época de
fascinación por los grandes avances anatomopatológicos, fisiopatológicos y
etiopatogénicos, y a pesar de que la experiencia clínica obligaba a los médicos
a seguir prestando atención a los oscuros factores psicológicos de sus
enfermos, en general estos temas quedaban fuera del interés científico
dominante. Sin embargo, y al mismo tiempo, la “rebelión del sujeto” de finales
del XIX, como
En esa época, interesados por ese
fenómeno, médicos de la talla de Briquet, Bernheim,
Charcot o Janet, entre otros, ya habían apuntado que el sufrimiento corporal de
la histeria resultaba de la encarnación plástica de una idea, o más
exactamente, de la traducción a la lengua del cuerpo de una idea, siendo
considerada una “enfermedad por representación”.
Para Charcot, esa idea
era implantada desde fuera a raíz de un incidente traumático, mientras Bernheim
consideraba que la representación aparecía por autosugestión. Janet, a su vez,
pensaba que la dificultad estribaba en una debilidad del yo para hacer una
síntesis mental entre la sensación inconsciente y el reconocimiento por el
pensamiento consciente.
Para Freud, otro de los neurólogos
ocupados en el estudio de la histeria, los síntomas neuróticos eran la
consecuencia y el testimonio de lo que ocurría en un lugar desconocido y
conflictivo, donde se enfrentaban instancias diferentes e incluso opuestas, y
en 1893, comparando las parálisis motoras orgánicas e histéricas, se separaba
de la idea de “lesión dinámica” de su maestro Charcot. Para Freud, la
característica distribución de las alteraciones histéricas demostraba que no
podían deberse a ningún tipo de lesión orgánica transitoria o permanente, y más
bien respondía a la lógica de otra anatomía diferente de la anatomía oficial
del sistema nervioso, lógica que se situaría en lo denominó originariamente
“segunda conciencia”, apoyándose en
un concepto de Charcot, y finalmente, inconsciente.
Aunque para Hipócrates la psykhē era una parte material del cuerpo, y por tanto
susceptible de influir en él, a la vez recomendaba no prestar atención a la
opinión y la palabra del enfermo por ignorante, en favor de la correcta doxa del médico, sentando de ese modo
las bases del discurso médico, con el exilio de la subjetividad como parte
protagonista de su estructura.
Para Freud, sin embargo, indicio y sustituto de
una moción pulsional reprimida (formación metafórica, como
Freud, con su talking cure, reintroduce el tema de lo subjetivo, separándose de
ese modo del discurso médico. El discurso de la ciencia habría puesto las
condiciones para el nacimiento de un nuevo discurso, esta vez “envés” del discurso médico: el psicoanálisis.
No obstante, en propiedad, el tema psicosomático
nunca interesó demasiado a Freud. En 1923, en una carta dirigida a Von
Weizsäcker, aunque reconocía la existencia de factores psicógenos en la
etiología de algunas enfermedades, decía que prefería ver a los psicoanalistas
limitarse, por razones de aprendizaje, a la investigación en el campo de las
neurosis.
Doblemente marginados, por la ciencia
predominante en aquel momento, y por la nueva disciplina analítica recién
aparecida, y salvo algunas honrosas excepciones, aparecieron pocos trabajos
sobre psicosomática desde la perspectiva psicoanalítica en el primer tercio del
siglo XX. Entre ellas, en 1913, Federn presentó un caso de asma en
Pero quizás fue su colega Alexander, también en
EEUU, quien más desarrolló el concepto de “psicosomática”, intentando fusionar
la concepción psicoanalítica con los métodos científicos. En su obra plantea
introducir el pensamiento psicoanalítico en el discurso psiquiátrico,
intentando aplicar los efectos psicoterapéuticos de aquél sobre las
enfermedades del cuerpo y las alteraciones de sus funciones, logrando con ello
que la llamada “medicina psicosomática” hiciera un cierto lazo entre la
psiquiatría americana y el psicoanálisis europeo[9].
Con su escuela de Chicago, elaboró un sistema complejo sobre la especificidad
de las enfermedades psicosomáticas, situando paralelamente conflictos
específicos en el sentido psicodinámico, con ciertas modificaciones
fisiológicas. De ese modo, consideraba que las “neurosis del sistema visceral
neurovegetativo”, como las denominó,
serían los correspondientes fisiológicos de ciertas emociones patológicamente
crónicas, que darían como resultado una inervación errónea ligada al sistema
neurovegetativo encargado de preparar al sujeto para la lucha o
Siguiendo con otros autores de inspiración
psicodinámica, Dunbar, contemporáneo de Alexander, planteaba la existencia de
determinados “perfiles psicosomáticos de personalidad” específicos que se
asociaban a determinadas patologías psicosomáticas. Por otro lado, la frecuente
observación clínica sobre una correlación entre acontecimientos vitales
importantes o traumáticos y el desencadenamiento de los brotes psicosomáticos,
junto a un marcado contraste con la falta total de percepción o insight por parte del enfermo, para
quien el acontecimiento carecería de significación alguna, abrió el camino a
los estudios de Pierre Marty y M’Uzan sobre la “personalidad operatoria”, y de
Sifneos y Nemiah sobre la “personalidad alexitímica”, todos coincidentes en destacar la pobreza de los contenidos
mentales, de la vida fantasmática y de la capacidad de simbolización de los
esos enfermos. El fracaso de esa función mental compleja produciría una
reacción que podría concebirse como una defensa encaminada a proteger al
individuo de un sufrimiento mental insoportable o un posible desencadenamiento
psicótico[10].
Para acabar este recorrido histórico, uno entre
otros muchos posibles, Reiser, un psicoanalista dedicado simultáneamente al
psicoanálisis y a la investigación fisiológica, afirmaba que había una
correlación entre los rasgos de personalidad característicos y los
condicionantes genéticos, de modo que por ejemplo, en los pacientes con úlcera
duodenal, sus rasgos de personalidad se explicarían por una tendencia genética
a la hipersecreción que comportaría una mayor necesidad de satisfacción de
tendencias orales y por tanto de dependencia, condicionando de ese modo la
relación con la madre ya desde recién nacido, generándose de ese modo los
problemas de personalidad. Así, para éste y para otros autores, el conflicto
entre psicogénesis o somatogénesis desaparecería, recuperando la concepción
psicosomática el matiz holístico de su primera fase histórica.
Las antiguas reticencias de Freud parecerían
cobrar aquí todo su sentido, al comprobarse que, poco a poco, la especificidad
de su descubrimiento se va diluyendo hasta desaparecer en un discurso que
vuelve a exiliar la subjetividad, abrazando de nuevo el ideal de la
universalización científica.
Por último, sólo una referencia a las teorías
conductistas sobre la incidencia del estrés de Cannon, Seyle, Wolf o Beck,
entre otros autores, que, negando ya la especificidad del conflicto de
personalidad, consideran que sólo la importancia de la situación estresante y
el condicionamiento operante actuando sobre una especie de aprendizaje
visceral, era suficiente para provocar lesiones orgánicas. Para ellos, las
técnicas de relajación o de bio-feedback serían
suficientes para modificar los síntomas y las disfunciones.
Ya para acabar, como reflexión final, si bien
las críticas sobre la exclusión de lo psíquico por parte de la medicina en su
concepción sobre la enfermedad parecerían excesivas, aunque sólo sea a la luz del somero recorrido por su historia
que acabo de relatarles, sí es cierto que ya desde sus orígenes, su concepción
objetivante y fenomenológica de la psique humana deja fuera de la estructura de
su discurso lo más específico de la naturaleza del ser hablante.
El lenguaje, el significante y sus efectos sobre
el cuerpo, incluso más allá de la eficacia simbólica descrita por Levi Strauss
y destacada en todos los tratados psiquiátricos que se precien, es
constituyente del ser, o mejor dicho, de la falta en ser que habita en el organismo
humano.
Para los seres hablantes, su cuerpo no es
exactamente equivalente a una suma de órganos tal y como lo entiende
Desconocer esto, excluir lo que es específico
del ser hablante, ser sujetado y atravesado por el significante, “animado” por
el deseo, habitado por el goce, diferencia radicalmente el discurso médico del
psicoanalítico, ya sea en lo concerniente a la comprensión del sufrimiento
neurótico o psicótico, como en lo referente a lo que hoy nos ocupa: la afección
del significante sobre la carne.
Y ahí, cada sujeto con su nombre, con su propia
historia, con su exclusiva articulación simbólica, imaginaria y real, con sus
marcas intransferibles, tendrá o no en su cuerpo los particulares efectos de
los afectos, que por eso los son. No habrá para el psicoanálisis, pues,
“enfermedades psicosomáticas”. No cualquier asma ha de ser psicosomática, por
ejemplo, como tampoco una alucinación es patognomónica de una psicosis. De
nuevo el “caso por caso” es la única vía posible.
En el fenómeno psicosomático, un órgano rompe la
homeostasis del resto del organismo y, por decirlo así, se vuelve “loco”. En la
concepción psicoanalítica, no es ya sólo el efecto de una estimulación nerviosa
u hormonal “tóxica”, como ocurre en ciertos “trastornos funcionales” aceptados
plenamente por la medicina, sino una “estasis de libido”, como diría Freud, o
una “holofrase” o “condensación de
goce”, como diría Lacan, y esta vez
ya no será portadora de un sentido dispuesto a ser convertido en mensaje
consciente.
No habrá ahí un sujeto dividido por la palabra,
probablemente no habrá pregunta, tampoco demanda, sólo algo mudo, no
descarnado. Pero quizás nos interrogue a nosotros, como un jeroglífico escrito
con unos rasgos desconocidos, medio enterrado en la arena, en mitad de un
desierto.
16-12-06
[1] Laín Entralgo, Pedro. El cuerpo humano en Oriente y Grecia Antigua.
Madrid, (1987). Editorial Espasa Universidad. Pág. 93.
[2] Laín Entralgo, Pedro. Historia de
[3] Kühn, C.G. “Claudii Galeni Opera
Omnia”. K III, 2. Hildesheim, (1965). Citado por Laín Entralgo en El cuerpo humano en Oriente y Grecia Antigua.
[4] Laín Entralgo, Pedro. El cuerpo humano en Oriente y Grecia Antigua.
Madrid, (1987). Editorial Espasa Universidad. Pág. 149.
[5] Jose Mª
Álvarez, Ramon Esteban, François Sauvagnat. Fundamentos de psicopatología psicoanalítica’.
Editorial Síntesis. 2004. Madrid. Pág 58.
[6] André Haynal y
Willy Pasini. Manual de medicina psicosomática. Barcelona (1980). Editorial
Toray-Masson. Pág. 12
[7] André Haynal y Willy Pasini. Manual de medicina psicosomática.
Barcelona (1980). Editorial Toray-Masson. Pág. 12
[8] André Haynal y
Willy Pasini. Manual de medicina psicosomática. Barcelona (1980). Editorial
Toray-Masson. Pág. 4
[9] Yemal, D. “El lugar del fenómeno
psicosomático en la práctica analítica”. Estudios
de Psicosomática. Vol. 1. Comp. de Vera Goreli. Buenos Aires (1993). Ed.
Atuel Cap.