TRANSITAR UN DUELO

 

Jesús Caldera Alonso

 

En Duelo y Melancolía Freud nos dice “el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces…”.

 

Hace inventario fenomenológico del duelo: “…cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad…”. Añade que lo diferencial con la melancolía es “una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema pudiendo llegar incluso hasta una delirante expectativa de castigo.” En el duelo normal no hay esta perturbación del sentimiento de sí (o del amor propio, empobrecimiento de su Yo) que puede observarse mediante los autorreproches superyoicos (conciencia moral en esa época), pero en todo lo demás, duelo y melancolía son homólogos. “El melancólico ha sufrido una pérdida de objeto pero de sus declaraciones observamos una pérdida en su Yo.” Empobrecimiento del Yo en el melancólico (goce en el rebajamiento) y del mundo en el duelo. La disminución del amor propio-empobrecimiento del Yo junto al castigo implacable infligido por la crítica conciencia moral es lo diferencial.

 

En la melancolía se trata de una pérdida de objeto sustraída a la conciencia…en el duelo nada de lo que respecta a la pérdida es inconsciente,…sabe a quién ha perdido pero no lo que perdió en él…”. Pérdida de algo desconocido, causa de la melancolía, elección de objeto narcisista, pérdida de una parte de uno mismo. Lacan indica en el Seminario de La Angustia, Clase 8: “Llevamos luto y sentimos los efectos de devaluación del duelo, en la medida en que el objeto por el cual llevamos luto era, sin que la supiéramos, lo que se había constituido, aquello que nosotros habíamos constituido como el soporte de nuestra castración”.

 

Para realizar el trabajo de duelo “normal”, para subjetivar la pérdida, Freud: “Se ejecuta pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y de energía de investidura, mientras la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido”. 

 

A modo de esquema, habría tres tiempos frente a la pérdida de objeto y la redistribución libidinal que implica un trabajo de duelo:

 

- Primer tiempo: negar/renegar la pérdida, no queriendo saber aún sabiéndolo. Si es duelo patológico supondrá/imaginará poder recuperar el objeto aún sabiendo que no es posible.

 

- Segundo tiempo: desinvestidura, detalle por detalle, de los lazos significantes que lo unían al objeto, separarse progresivamente y evidentemente con dolor. Si sólo se hace duelo de alguien que fue importante para uno, entonces algo del narcisismo hubo en esa elección de objeto, y desprenderse de lo que conformó al narcisismo siempre es doloroso.

 

- Tercer tiempo: la energía libidinal retorna progresivamente al yo para luego poder ir a otros objetos. Se toman rasgos del objeto perdido para conservar en un nivel al tiempo que se pierde en otro, o sea, identificación entendida como conservar en lo Simbólico lo perdido en la realidad, pasar del agujero real a lo que sería una falta Simbólica que ya pueda ponerse en serie.

 

Esta retracción de la libido al Yo (para ir hacia nuevos objetos) no es lo que ocurre en la melancolía: empobrecimiento del Yo donde también hay identificación, pero narcisista, dice Freud: “de una parte del Yo con el objeto perdido”, identificación teñida de ambivalencia amor-odio (autoreproches, culpa por haber deseado otrora la perdida del objeto), objeto que no se puede resignar e intenta conservarlo en sí (no elevarlo a falta Simbólica); desde ahí otra parte del Yo en calidad de conciencia moral hace sus reproches al objeto al que el Yo queda fijado/identificado; por tanto, reproches al Yo propio situado como representante-objeto sustitutivo del objeto perdido.

 

El caso que presento se mueve en el intervalo entre el tiempo primero y el segundo. A pesar de las similitudes con la melancolía, se trata de un duelo patológico en un sujeto histérico donde no hay empobrecimiento del Yo; mujer que pasa por momentos de pensamiento “obsesivizado”, con gran sentimiento de culpa, y en el que no existen los gozosos reproches al estilo de la “franqueza en el autoreproche que se complace en el desnudamiento de si mismo”.

 

M. llega a la consulta al año de fallecer F., su segundo hijo, en un accidente de tráfico a la edad de 19 años. Al inicio presentaba crisis de llanto persistentes, angustia, pérdida de sentido vital y rabia - agresividad hacia sí misma y su entorno próximo. Durante muchos meses, la vida de M. gira en torno al fallecido descuidando a los demás. Además de la agresividad, padecía de un incesante trabajo mental; no se trataba de recuerdos que progresivamente pudiesen vaciarse de afecto (se expresaban pero no se vaciaba nada), o de transformar su culpa en reproches a F.; tampoco de tomar de él algunos rasgos que pudiesen apaciguarla; sino que, muy al contrario, e impulsada por la culpa, hacía un esfuerzo para mantenerle vivo, logrando cubrir con esa aspiración, y de forma bastante preocupante, a gran parte de la familia en un intento de que no fuera nunca olvidado.

 

Llevaba ya casi un año participando de un “grupo de duelo” sin dirección de personal profesional, donde hacía lecturas que niegan la muerte como pérdida absoluta (primer tiempo) que retroalimentan su querer mantenerle vivo, pasa por momentos en los que diversas situaciones le hacen señal de F. Señales que permitan sostener la idea de seguir en contacto con él, que le confirmen que él se encuentra bien; eso la tranquiliza, aunque también, pero en menor medida, se trata de que le reasegure de que lo que ella hace está bien; en otras ocasiones se trata de interpretar lo que supone que él querría que se hiciese frente a tal o cual situación. Pero sobre todo las señales tienen el objetivo de desculpabilizarla, de sentirse perdonada, por no haberse controlado y haberse atrevido a no readmitirle en casa cuando él lo pidió, lo que ocurre 3 años antes del mortal accidente.

 

Enuncia lo que espera obtener de las visitas: “Necesito poder controlarme, antes de que llegue a romperse la relación con PA (pareja actual)... No controlo mis nervios…”. Aún sin acabárselo de creer, piensa que quizás su pareja le es infiel.

 

M. es hija única, previamente su madre tuvo un aborto prematuro. Nacida hace 43 años en un pequeño pueblo catalán, a los 14 conoce a su ex-marido, Ex., y a los 18 se casa con él, separándose a sus 33 años. Ex. es un multimillonario que le proporcionaba un cómodo estilo de vida. La separación fue muy difícil, él nunca la aceptó e intentó retenerla mediante el manejo a su favor de los familiares comunes; por otro lado, incluso después de llegar a un acuerdo legal y económico en la separación, interpuso todos los pleitos necesarios para dificultarle sus aspiraciones con los hijos. F. permanece con ella hasta sus 16 años para, mediante pleito, pasar a vivir con el padre hasta su mortal accidente.

 

Cuando M. tiene 8 años, su madre quedó de nuevo embarazada: “El médico le dijo que el bebé había muerto enredado en el cordón umbilical…Mi madre no vio al bebé, se puso muy loca… Mi padre se encargó de coger el bebé, meterlo en una cajita y enterrarlo sin decirle a mi madre el lugar; ella estuvo muchos años preguntando dónde estaba su bebé…”. El padre produce la forclusión de un significante: cadáver. “Loca” es el Significante que insiste para la madre, es una forma de decir histérica, fuera de sí, sin control, o sea de lo que ella se queja y a lo que se identifica. Se explica sus dificultades personales quejándose de la falta de una madre que la escuchase.

 

Recuerda que de pequeña soñaba con recurrencia: ”Yo iba a la puerta de casa con un cochecito de niño… Me veía paseándolo… En el cochecito no había bebé…”. Temprana repetición traumática en su identificación materna. Por la forclusión paterna lo que no está, el significante que faltó, no puede llegar a articular el significado.

 

El padre es un campesino con problemas de alcoholismo, poco hablador. A la muerte de F. el padre estuvo con M. y Ex.; “voluntariamente” les eximió de la tarea de elegir la caja y demás trámites, que quedaron a cargo de él.

 

M. siempre pensó que tenía una relación especial con F.: “Cuando nació debió pasarle demasiada anestesia y no pude verle hasta 12 horas después. Incluso llegué a pensar que si no podía verle es que le había pasado algo como ocurrió con mi hermano. Por la noche, estando sola con F. y con mi madre, sentí un malestar, una ansiedad, que era como un picor que pica por dentro, sensación que sólo la he sentido dos veces: la última, cuando murió…”. Se observa que algo de la reactivación del trauma hizo su entrada de forma inmediata. Al igual que ella misma, F. tuvo el segundo lugar en la serie de los hijos para sus padres; he de señalar que nunca habló de dificultades o temores en los otros tres partos que ha tenido.

 

F. pasó por una etapa agresiva e inició tratamiento con psicoanalista que duró de sus 13 a sus 16 años. Lo finalizó en el contexto de un nuevo pleito del padre para impedir que siguiera con ella. Poco antes del juicio, el analista exhortaba a F.: “Di la verdad, sé honesto y no hagas pagar a tu madre una pensión por ti…”. Él aseguraba que testificaría diciendo que se sentía bien tratado por ella y que no quería irse, pero en el momento del juicio eligió al padre. Este cambio produjo gran decepción en M., había luchado por su custodia contra la opinión de todos. Al poco tiempo de vivir con el padre, F. se dio cuenta de su posición de objeto para él, por lo que pidió poder volver con M. Ella, dolida y desconfiada, pidió consejo al analista, acordando no aceptarlo si no se disculpaba por haber mentido, cosa que no hizo por lo que se quedó con el padre. Hasta que se disculpó pasó un año, en el que ella sufría, pensando que le había dejado con el padre; sabía de él por los hermanos, y a pesar del dolor, cansada de luchar y no entendiendo su fracaso, tuvo claros sentimientos agresivos hacia él.

 

Tres semanas antes del accidente mortal, F. había tenido otro pequeño accidente de coche por el que llevaba un brazo enyesado, no obstante seguía conduciendo. M., conociendo su impulsividad, le avisó del peligro y le quiso llevar a una clínica de traumatología para que viese a los accidentados y se refrenase, y obtuvo por respuesta: “Yo no fracasaré…”

 

Ocurrió un fin de semana que junto a sus amigos habían tomado alcohol, dosis cercanas al coma etílico, y algo de cocaína. Murió en el acto junto al copiloto. Había quedado tan destrozado que los médicos aconsejaron que ella no le viera, y así lo hizo, lo que reproduce el no ver materno.

 

M. va desplegando su historia y produciendo una serie de sueños que son un verdadero trabajo significante tendente a elaborar la pérdida, a construir el significante que faltó en su infancia. El primer sueño la tranquiliza, ya lo había tenido antes del tratamiento, pero sin estos efectos y logra por breve tiempo poder sentirse “Espectadora… sin necesidad de meterme en todo…”: Momento fundamental que creo señala un descentramiento, aún parcial, una primera des-identificación del sinthoma; nueva posición que facilita su entrada en transferencia.

 

Primer sueño: “veo a F. cuando tiene 13 años y pienso que tengo que abrazarle porque no sabe que va a morir, pero yo sí lo sé… Le abrazo y siento un gran alivio…”. “Espectadora” implica ver, o sea, posición opuesta a la de no poder ver, que es lo que le ocurrió a ella con F. y a su madre con su bebé. A partir de este sueño se atreve a saber, se despierta el interés por el informe pericial de la muerte, que tiene en su poder desde hace un año sin atreverse a leerlo; pasa más de un mes antes de hacerlo, quiere saber y no saber. Ahora se siente más habilitada para poner límites a otros sin temer tanto las consecuencias de sus actos; sin embargo, en ese momento de mejoría, culpas disminuidas, tiene olvidos importantes respecto de su papel como madre (en dos ocasiones se olvida ir a recoger a dos de sus hijos), de lo que se espera de ella.

 

Ayudada por un médico leen juntos la autopsia y luego la lee sola dos veces antes de “quemarla para evitar recurrir a castigarme releyéndola cuando me encuentre mal”. Ese día tiene un Segundo sueño: “Está F. en una caja de muertos junto a mi abuelo, tiene una línea azul en toda una parte de la cara y veo a mi abuelo que se pone de lado y echa aire… Pienso: ‘¡pero si mi abuelo está muerto, no puede ser!’…” Aparición del abuelo al que tanto temía de pequeña. En el accidente, F. pierde una parte de la cara. Parece que, a partir de leer la autopsia, F. comienza a tener un lugar entre los muertos. Inmediatamente entra en gran apatía: “No sé qué me ocurre, no tengo ganas de ordenar nada… ni limpiar… yo no soy así…Autopercepción de que si avanza en su saber poniendo cada cosa, a cada uno en su lugar, habrá el riesgo de perderlo.

 

Tercer sueño: “Mi madre me llama y me dice que mi padre está muriéndose, tiene órganos vitales muy mal y está en una clínica de Madrid… Cogemos el coche para ir y antes vemos a Alfredo, que fue entrenador de F. y de otro hermano, me dice que pasando tantas horas con ellos es como si fuesen sus hijos… En el trayecto se desvían por Gijón, donde está Adela (madre de un niño que murió a los 6 meses de muerte súbita), después llegamos a ver a mi padre…”. El padre es una representación de F. Para llegar a él ha de pasar por un padre y una madre que padecen. Poco después comienza a compadecerse de su ex-marido. Nuevamente es un trabajo significante que intenta situar-resituar, perder al fallecido.

 

En la posibilidad de perderlo, tiene síntomas físicos, piensa que ella misma puede perderse, morir. Pasa de autoinculparse por haberse separado a pedir ser reconocida como no responsable de todos los males de los hijos, ni tampoco de sus propios padres, quienes desde la infancia la colocaron, especialmente su madre, como testigo de las desavenencias entre ellos, posición tercera, pero en realidad de objeto ya que lo que le demandaban era ver y nada más. Lugar de testigo pero sin palabra, ya que nunca fue escuchada; aún hoy día la madre le explica sus dificultades con el padre para luego, obviando sus sugerencias, pasar a hacer lo que le parezca. Ahora que se plantea salir de esa posición y abrirse a algún deseo propio teme que ocurra un accidente.

 

El día de Reyes, 8 meses después de iniciado el tratamiento (a sus 8 años fue cuando su madre quedó embarazada), al ver a sus invitados alegres siente mucha rabia y de nuevo deseos de que los hijos ajenos mueran o enfermen gravemente. “Empezó un proceso que no puedo parar… Me fui a pasear y decidí dejar de sufrir sin sentir dolor… Pensé en cómo hacerlo, fui a un descampado con el coche y puse un tubo para tragarme los gases del coche… Al final abrí la puerta…”. Restos de la identificación y pago a la madre interna.

 

Hablando de F: “Cuidaba a los demás pero no se cuidaba a sí mismo”, de repente se da cuenta que: “es como si estuviese hablando de mí…”; en este punto percibe que ese rasgo que les identifica es lo que siempre ha esperado de ella el Otro materno. F ha estado situado en el mismo lugar en el que ella estuvo para su propia madre. Esta comprensión la decide a algunos cambios: en adelante pondrá las reglas: no cuidará de los padres si él no se toma en serio su problema de alcoholismo y dejará de escuchar el imposible de las quejas maternas sobre el padre. Insigth: “…lo que me ocurre no es sólo por la muerte de F...”

 

Se produce un Cuarto sueño: “Soñé que mi pareja había muerto, estaba con él y con U. (el hijo gestado con su actual pareja, 8 años) ante su caja… Pero él jugaba con U, se tapaba los ojos y hacía gracias… Le digo: pero no hagas eso que esto es muy serio…” Este sueño lo asocia de un lado con que su pareja traspasa los límites, casi de forma irreverente. No sólo es la banalización de la muerte tomada como un juego, desmentida de la muerte e inversión de los papeles, pues es el muerto el que se tapa los ojos mientras los vivos ven, es el paso de un padre que forcluye a otro padre que reniega.

 

El Quinto sueño: “Fallece mi suegra y Ex. la quiere enterrar en el lugar donde está F. pero ahí no cabe, entonces a Ex. se le ocurre sacar la caja de F,  y dejar el cuerpo al lado… Le digo (reprocha) que sólo es capaz de hacer eso porque F no era tu hijo… Se lo digo pero como si se lo estuviera diciendo a mi pareja…”. De donde asocia:

 

1- “Un padre no hace eso…no ve al hijo putrefacto”.

2- “Recuerdo que al enterrar a mi abuela sacaron a mi abuelo que estaba momificado… Lo pusieron de pie y luego los pusieron juntos…”

 

Sueño que habla de la muerte de la madre y donde aparece un resto inasimilable. Esta vez es la madre quien no tiene un espacio, e impostura de un padre.

 

El tema del hermano muerto fue algo de lo que nunca se habló, lo no dicho que quedó como lo que está bajo la barra de la “locura” de la madre, pero bien presente. No obstante, son evidentes sus efectos traumáticos, los sueños representan un trabajo sobre su dificultad de ubicación del hijo fallecido, de situarlo en un lugar, parece que nunca hay un lugar propio para él, como tampoco lo hubo para quien iba a ser su hermano menor y que le representó el sufrimiento y la falta que “enloqueció” a la madre, señalada por un padre que no permitió ver ni saber. Así como a ella tampoco le permitieron ver y de entrada se negó a saber. En su tratamiento, los avances más importantes se producen a partir de señalarle las similitudes entre su posición y la de su madre, a partir de denunciar esa identificación.

 

Al abrirse a un deseo de saber, M puede ir más allá de su estancamiento y acercarse al 2º tiempo de duelo descrito por Freud; posiblemente en el trabajo de desinvestidura de los lazos significantes que la unían a F logrará pasar por un estado depresivo “tramitable” que implica todo duelo.

 

 

SUMARIO