Día de La Lettre Lacanienne

 

LECTURAS PLURALES: la angustia

 

La tentación del objeto

 

Jacques  Marblé APJL-Lyon

 

Voy a comenzar por dar las gracias a los organizadores de esta jornada por esta invitación a intervenir sobre una lectura del Seminario X, una invitación que debe más a amistades sólidas y locales que han resistido a las últimas escisiones que a lazos ya existentes entre La Lettre lacanienne y la Asociación de Psicoanálisis Jaques Lacan a nivel nacional por la participación de miembros de su asociación en varias actividades comunes como Eric Porge en el Medi-Minuite del libro de psicoanálisis; Gilberto Hubé en el Manifiesto; Nicole Bernard y Jean-Louis Meurant en los carteles del pase. Aprovecho esto por otra parte para recordar el carácter exogámico ineludible del más-uno del cartel del pase en la APJL, que participa afortunadamente, como este encuentro, en lo que llamaré una liberalización de la nebulosa, una liberalización gracias a la cual nos dimos cuenta que éramos varios grupos los que leíamos el Seminario de la angustia.

 

Pero primero, ¿de qué manera trabajamos en nuestro grupo, al que bautizamos como espacio clínico, en Lyon? No deja de tener relación con mi introducción precisar que el espacio clínico de Lyon, cuya creación por Jacqueline Ferret, Jean-Pierre Baccara y yo mismo se remonta a hace 3 años, quiere ser transinstitucional, pero que mantiene lazos privilegiados con los Foros del Campo Lacaniano y la asociación de Psicoanálisis Jaques Lacan, de los que unos u otros son miembros, y por lo tanto también La Lettre lacanienne. Este espacio clínico reagrupa a 25 participantes de los que sólo citaré el abanico de las profesiones de origen: psiquiatras, psicólogos, enfermeras, trabajadores sociales, profesores, ostéopatas, grafoterapeutas, coach, el campo de la salud. Los 3 animadores tienen 3 posiciones complementarias: un seminario teórico, una animación de presentación de caso, un taller de lectura. El taller de lectura interviene en cada sesión donde uno de los animadores está encargado de presentar su lectura de uno o de varios capítulos del Seminario; uno de los otros 2 animadores le responde con la suya propia, insistiendo particularmente, esto apareció con naturalidad, sobre las divergencias de lectura. El taller de lectura se articula espontáneamente con la presentación del caso que lo precede, luego se abre a la discusión y/o el seminario teórico. Mientras que los 2 primeros años quisimos leer un Seminario entero con riesgo de acabar a marchas forzadas, este año con el Seminario X hemos adoptado, sin ponernos previamente de acuerdo, un ritmo similar a nuestros colegas lioneses de La Letrre Lacanienne, a saber, un capítulo por sesión. ¿Encontramos así el ritmo propio de este seminario bisagra, encontramos el ritmo propio de nuestro grupo? Debo decir en todo caso que obtuvimos un gran placer al tomarse un tiempo para la lectura sin la angustia de la producción a cualquier precio, y que de golpe la angustia de los participantes delante de la dificultad de la lectura se manifestó, teniendo en cuenta sus declaraciones, muy aliviada...

     

Nada más necesario, en efecto, para los analistas, como dice Lacan desde el principio del Seminario X, arreglarse con la angustia y tratar de intentar ver cómo, para avanzar. Pero Lacan quería interrogar el lugar de la angustia entre los analistas de su época con la pregunta de saber lo que cuidaban en su relación con la angustia. «¿A quién cuidan ustedes? Interroga Lacan. Al otro sin duda pero también a usted mismo; estas dos consideraciones no deben ser confundidas, está aquí una de las finalidades que le serán propuestas al fin del discurso de este año ». El tono está planteado: entre ambos, con esta ligereza mantenida por Lacan sobre el empleo de la mayúscula o de la minúscula, la angustia, que seguramente no es extraña a los diversos procesos de exclusión, del de Lacan en ese momento, para aquellos a los que conocimos en los grupos de psicoanalistas más recientemente.

 

Es por eso que recordaré en seguida lo que está posiblemente al fin de camino que Lacan hará durante el Seminario X, a saber, el seguimiento del objeto a, la búsqueda de un lugar para el objeto a, que él situará en el Seminario XI, el objeto a, en un esquema simplista en la intersección de dos círculos de Euler, a título de la intersección y de la separación entre ambos, con la teoría de la alienación-separación, lo que nos devuelve al punto de arranque de este Seminario X sobre la angustia, al principio de este camino, con otra perspectiva... Porque, sobre lo que Lacan se basa desde el principio del Seminario sobre la angustia es sobre la necesidad de ir más allá de la noción freudiana de angustia-señal, de esta señal que designa un lugar, una escena donde se juega la relación del uno con el otro, sea el pequeño otro a partir de la experiencia del estadio del espejo o el gran Otro de la otra escena, del inconsciente. Pero haciéndose este lugar donde uno es lo más extraño para el otro resulta paradójicamente que es para encontrarse con lo más familiar, lo más íntimo, en la clase de Heim del Unheimlich, convertido en el extranjero en casa. Esto implica que por rechazar el Heim el sujeto no puede llegar a nada más que al Horla de Maupassant, su destrucción de uno y otro, del uno por el otro. Esto invalida de hecho el término mismo de más allá porque se percibe rápidamente en el seminario que este objeto se tendrá que buscar más bien del lado de un mas acá, un objeto mas acá del objeto. Podría decir rápidamente: más allá está la muerte, más acá, el deseo. Y Lacan nos dice bien que en este punto Heim, la casa del hombre, se manifiesta el deseo bajo dos aspectos: el deseo como deseo del Otro, aquí deseo en el Otro, y el deseo en el objeto que soy, es decir, exiliándome de mi subjetividad. Por eso el concepto mismo de objeto para el otro, léase objeto a... en una reflexividad, una bijectividad, en cierto modo del eje a-a' que Lacan propone rehaciendo el esquema óptico.

 

Para lanzarse tras el objeto a, Lacan propone de entrada seguir la vía del deseo porque allí la clínica habla de ella misma: no es tanto porque el hombre está faltante por lo que experimenta la angustia sino más bien cuando es colmado o pasa de serlo. De donde una definición magnífica del neurótico: «ante lo que el neurótico retrocede no es delante de la castración, sino de hacer de su castración lo que falta al Otro, es hacer de su castración algo positivo». Dice más adelante que el neurótico no dará su angustia, lo que plantea siempre problemas en el dominio del amor (dar lo que no se tiene) y en análisis; pero allí, nos dice Lacan, puede siempre comenzar por dar su equivalente: el síntoma: «ésa es la primera entrada en análisis, como usted no le pide nada, comienza a modular sus demandas que vienen al sitio Heim».

 

 

Así como Freud parece decir que la angustia es la señal de una pérdida, la angustia no es para Lacan la señal de una falta sino la señal de un defecto de apoyo, del apoyo que da la falta. «¿No sabe que no es la nostalgia del seno materno lo que engendra la angustia, sino su inminencia? Lo que provoca la angustia es lo que nos anuncia que se va a volver al regazo». Lo mismo que para la pérdida del pene, apoyándose en el comienzo de la fobia del pequeño Hans (un participante en nuestro grupo nos señaló haber puesto en escena, una vez convertido en escenógrafo, una obra de Schoenberg particularmente ilustrativa sobre la comunicación de la angustia), para la “pretendida pérdida del pene», dice Lacan, no se trata tanto de una angustia ligada a la prohibición de prácticas masturbatotorias como de una tentación: «no se trata de pérdida del objeto, sino de la presencia de que los objetos no faltan».

 

Es a partir de esta observación que nos podemos preguntar cómo se puede reconocer el objeto a en los productos de la civilización, ya que éstos no faltan y someten al sujeto a una tentación permanente, si se define el objeto a como el objeto que falta: los objetos que atestan nuestras vidas son objetos de sobra, plus-de-goce, o ellos mismos producen un objeto por defecto que hay que imaginar bien para mantener la insaciable exigencia que se observa en nuestros días. Una vacilación podría venir del equívoco entre el plus-de-goce y la falta de goce. En el discurso capitalista en efecto, el proletario no goza de la plusvalía ya que se le sustrae (es el mismo principio del IVA), mientras que los productos le atestan y hasta le explotan, pero el capitalista no goza de eso tampoco, ya que el principio de la economía es revertirlo al capital. En este mundo totalmente hecho de proletarios, los objetos ofrecidos a la tentación son en lo sucesivo unos objetos comerciales, sean del lado del arte, de la religión, de la cultura, o del cuerpo y de sus órganos (Lacan añade a eso el niño lathouse). Cuando la civilización pone todo sobre el mismo plano, con el dinero como el único valor, el sujeto responde que no es esto lo que quiere por el rodeo de sus síntomas, de ahí los síntomas de rechazo y los síntomas de competitividad, con el éxito de la anorexia-bulimia, los cuales orientan vía la nada hacia un objeto horadado, un vacío.

 

Si se vuelve a Lacan en 1963, es reconociendo la necesidad del sitio vacío (abertura hacia el interior) pero también la del marco (abertura hacia el exterior, el marco de la ventana, no el de la casa, por el que el melancólico puede pasar si llega el caso) por donde se puede aprehender la angustia: «es el surgimiento del heimlich en el marco lo que es el fenómeno de la angustia, este corte que deja aparecer lo inesperado, la visita, la noticia, la certeza del presentimento y incluso del pre-sentimiento» nos dice Lacan. Podríamos multiplicar los casos de la angustia, los azares del deseo del sujeto confrontado con la muerte del deseo, cuando justamente corre peligro de ser satisfecho, o a su puesta en posición de objeto del deseo del otro. Todo esto no nos dice por qué Lacan persigue esta idea de un objeto, que dice por cierto ser inasequible pero a pesar de todo: ¿por qué hablar de objeto?

 

El caso es que Lacan viene de lejos, de Freud, que opone miedo y angustiar (el miedo tiene un objeto, la angustia no; Freud incluso dirá que la angustia es un miedo sin nombre) pero, una vez no crea hábito, para oponérsele y a la tradición psicologizante (como lo dice en el seminario único el NDP de noviembre de 1963) que hace, sin razón según él, esta distinción, de donde sale esta frase simple que vuelve repetidas veces en el Seminario X: la angustia no es sin objeto. No resisto la tentación de acercar esta frase a la de su maestro Clérambault que había enunciado más o menos en los mismos términos una definición, convertida en un clásico de la psiquiatría francesa, la de la alucinación: la alucinación es una percepción sin objeto... para percibir: de donde la proposición reactiva de Lacan: la angustia no es sin objeto (¿a completar de uno que hay que percibir?). El objeto que hay que percibir como mucho sólo será entrevisto…

 

El objeto a es de hecho un objeto doble sobre el cual Lacan usa equívocos: un objeto funcional: tomado como fin, se señala por la angustia cuya función precisamente es señalar la proximidad de lo real. Un objeto lógico: no especularizable, no imaginarizable, a situar pues sobre la otra escena, no funcionando más que en correlación con la angustia, de la que no se puede hablar mas que por el intermedio de la angustia.

 

Si se sigue esta idea paralela con la alucinación, no es porque no haya objeto para percibir por lo que el sujeto presa del delirio no percibe nada, su imaginación le muestra un objeto. En el fenómeno de la angustia, la tentación está allí, de ver allí un objeto (¡escuchemos Erwartung de Schoenberg y leamos el libreto para ver al otro materializarse!). El sujeto, con arreglo a su estructura, resistiría a la tentación o no, es decir va a ver este objeto de vuelta de lo real, o justo va a imaginarlo, pero como lo dice Freud en la boca de Lacan (Cf lección 32 de la introducción al psicoanálisis): «Si la satisfacción se encuentra en el interior, el objeto tiene que situarse en el exterior, antes de toda distinción del yo y del no-yo». Es en la ida y vuelta entre interior y exterior, que hace pasar el objeto de más allá a mas acá, por lo que hay que comprender, me parece, la búsqueda de Lacan de figuras topológicas conteniendo como el cross-cap o la botella de Klein un interior exterior (y viceversa), de donde la revisión de la misma noción de causa a partir de Husserl (que resumo sumariamente en esta circunstancia: el objeto-causa precede, el objeto-fin excede). Vemos así que el objeto causa está detrás del deseo, incluso lo empuja.

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Lacan nos da en el capítulo VIII, en cuanto al objeto causa el deseo, el ejemplo del fetichismo, porque por muy sorprendente que esto parezca, como él dice, no es el zapato lo que es deseado, el fetiche está justo allí para causar el deseo que se va a otro lugar a agarrarse donde puede. «Es a este exterior, lugar del objeto antes de cualquier interiorización, al que pertenece la noción de causa». El sadismo y el masoquismo son utilizados como ejemplos, refiriéndose por supuesto al neurótico, para apoyar una sentencia lacaniana bien sentida: reconocerse como objeto de deseo es siempre masoquista. En el masoquismo, el fin mismo del sujeto es hacerse objeto: esto parece bastante evidente. Lo que lo es menos es cuando Lacan sostiene que en el sadismo no es tanto el sufrimiento del otro lo que se busca sino su angustia, y que por esto el sujeto procura ponerse de manifiesto él mismo como objeto puro, como un fetiche negro, añade. En los dos casos, el sujeto tiende a su identificación de objeto, al objeto a por supuesto, este grado 0 de la identificación que Lacan anota S0. De ahí la demostración de la sentencia de más arriba, que ilustra mucho más que la clínica de la angustia en el sujeto que se hace objeto: a saber, la necesidad lógica del objeto a por el objeto advertido (para percibir) detrás del deseo vía la señal de la angustia, y la tentación que él ejerce… 

 

Lacan nos obliga mediante este pasaje "perverso" a recordar que la angustia tiene la misma estructura que el fantasma S losange a, S "losangeado" por el a tal como el billete de metro del "picador" (poinçonneur) de las Lilas. El sujeto afectado por la angustia, este afecto que no engaña, es el sujeto marcado por el deseo del Otro, sujeto siempre tentado por una posición de objeto, o sea por una posición masoquista...

 

Por lo tanto, la conclusión provisional es que, por querer perseguir demasiado su objeto, precediéndolo, el sujeto corre el mismo peligro que Orfeo cuando no puede resistir la tentación de volverse hacia Eurídice de vuelta de los infiernos: verla desaparecer. ¿No le queda pues más remedio que reunirse con ella?

 

Lyon - Sábado, 24 de junio de 2006

 

SUMARIO